"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

viernes, 26 de junio de 2009

¡NUNCA POR LA ESPALDA!


Ella no la presentía
Sin embargo, allí estaba, como un soplo, sutil, agazapada
Sin mostrarse. Anónima. Invisible. Oculta. Disfrazada.
Jugaba sin apostar. Nada. No arriesgaba, sólo quería ganar...
Sin exponer, sin exponerse.
Con pasos de fiera acechaba, siempre, amparándose en las sombras.
Para quedarse con sus vísceras, para adueñarse de lo impropio. Anulándola.


Y ella... fue haciéndose frágil, frágil, cada vez más frágil. Destruída
Pero cuando el dolor se le hizo irresistible, cuando lo suyo se le fue hacíendo ajeno, la intuyó.
Y buscó la luz para mirarla de frente. Para enfrentarla .
Ya no la encontró.
La débil palabra se había diluido. Su osamenta no resistió amaneceres.

viernes, 19 de junio de 2009

CINCO CENTÍMETROS DE MADUREZ


Mis primero tacones. Mis primeros cinco centímetros de madurez. Mi cuerpo elevándose hacia lo permisible, lo deseable. Mi yo alejándose de la inocencia.
No tengo explicación, pero aquella sensación que tuve al estrenar mis zapatos de tacos altos la relaciono, ahora, con los acelerados latidos de mi corazón avisándome que él existía. Dificil era manejar la altura, la estabilidad de aquellos zapatos de piel blanca con una tira que adornaba mis tobillos. Difícil fue manejar aquel primer amor. Hacerlo estable.
Uno y otro se resistieron a durar toda la vida.
Los dos, mis tacones y el amor se fueron desgastando con los pasos del tiempo y de la inexperiencia en tratarlos.
Inmaculados en el momento del estreno, los zapatos fueron perdiendo aquel brillo, y el amor... la ingenuidad de la primera vez.
Ellos, los zapatos se agrietaron. Él, el amor, mi primer amor también se fue quebrando.
Aún guardo recuerdos de ambos. Imborrables.
Un esguince de tobillo en el desequilibrio de mis coqueteos.
Un beso robado en un zaguán y mis tacones elevándose para ayudarme a alcanzarlo.
Mi primera vez de oscura noche, y sin embargo de luna llena, deshaciéndome de ellos a la orilla de un lago. Necesidades de frescuras para cálidas sensaciones
Tímidos e inestables pasos. Tímidos encuentros de dos pieles palpitando.
La desnudez de mis pies y el roce del cemento cuando el cansancio me vencía, y mis tacones descansando de mí entre mis manos
Y él, el amor, agotado, diluyéndose en la distancia. Reposando después sólo en mis sueños
Intenso y breve tiempo de asombros. En el camino se fueron quedando las huellas de unas suelas desgastadas en las aceras de lo incipiente, y un amor que detuvo su andar en aquellos primeros cinco centímetros de madurez.

viernes, 12 de junio de 2009

EL ENTIERRO DE LA SOMBRA


Decidió que enterraría su sombra, su propia sombra, a los pies del viejo olivo de la antigua casona de su infancia. Allí durante mucho tiempo fue cavando una calculada fosa para aquel final. Había estudiado todos sus movimientos. Al amanecer cuando el sol aparecia en el horizonte la presentía a sus espaldas, al mediodía con la verticalidad de la luz la veía empequeñecerse al final de su cuerpo, al atardecer y con la luz que se precipitaba hacia el descanso ella se le adelantaba , y por las noches la descubría, entrecortada en el jardín, entre los reflejos plateados de la luna que se asomaban a través del follaje del olivo.
Sabía de su extensión en cada hora del día, de su fragilidad en la oscuridad. Sus diferentes formas las dibujaba en un viejo cuaderno que llevaba siempre consigo. Por las noches, cuando Maria se apretujaba entre los cimientos de su soledad y la luz de la lumbre, observaba su sombra... elegante, estilizada, vestida de un siniestro color negro, impresa, pegada a los ladrillos de su vida. Fue desde siempre la geometría que acompañó su cuerpo. La vió crecer, alargarse, ensancharse y encoger hasta ocultarse como parte de un juego en el que ambas participaban. María no podia separarse de ella y la buscaba, era el ángulo desde el que arrancaban sus días, la línea paralela de su yo desprotegido de otro. Y ella, la sombra, la necesitaba para existir, para ser.
Era la única que conoció los límites de su soledad. A Maria nadie le enseñó el horizonte donde nacen los placeres, las emociones, las sensaciones, las palabras, los sonido, las caricias. Nunca amó, nadie la amó. Cuando su cuerpo ardía entre las blancas y frescas sábanas de hilo, sólo la sombra conocía de sus saciados deseos. Nuca nadie acompañó sus pasos ni su alma. Vivió sin historia. Sin calendarios marcados. Sin tiempos agotados..
Era de decisiones irrevocables. Tampoco tuvo a nadie que se las discutiera.
Se acercó hasta el pueblo, buscó al carpintero más recomendado, lo llevó hasta su vieja casona y a los pies del olivo, allí en donde el tronco se trenzaba a la tierra, le pidió que hiciera un ataud que se ajustara a las medidas de aquella fosa. Eligió la madera más noble y el lustre del barníz más decoroso. No puso reparos en cuestiones económicas.
Poco tardó el carpintero, bien remunerado por el encargo, en terminar aquel trabajo.
Era verano y la noche tardaba en llegar. Hacía demasiado calor. Maria bebió un refrescante brebaje. Enjuagó su cuerpo con un baño y sales espumosas vacías de aromas. Le bastaba el olor húmedo de la noche. Se vistió con una túnica de gasa que dibujaba su sensualidad. Apagó la lumbre de la casona, cerró puerta y ventanas y caminó descalza por el sendero que la llevaba hasta el viejo olivo.
La luna dejaba pasar la luz exacta que necesitaba su cuerpo para que la sombra, su sombra, se reflejara en el fondo de aquel ataúd, y formara con él un ángulo recto.
En el cuaderno, que la acompanó siempre, estaban dibujadas con precisión las formas de su fina anatomía y la hora exacta de la bocanada final, cuando el ángulo se cerraría para convertirse en una recta. Un huracanado viento sopló después. Y la tierra fue enterrando para siempre esta historia. Solo el olivo guarda aún, entre sus robusta y retorcidas ramas, el secreto que unió dos sombras.

martes, 9 de junio de 2009

AQUELLOS OJOS VERDES


Le habían diagnosticado miopia y debía llevar gafas. Y con ellas sus complejos a cuesta. Tenía muy pocas dioptrías, pero suficientes para que su autoestima se empañara. Su madre con desmedido cariño, le consolaba “Tienes unos ojos preciosos con o sin gafas”, y agregaba, “recuerda que los ojos son el el espejo del alma” Más de una vez le oyó repetir esa frase hecha.

Pero aquellas tiernas palabras no le servian como consuelo. Llegó a pensar que lo que le estaba ocurriendo, esa sensación de que todo se había vuelto gris, opaco, también le sucedía a su alma. Necesitaba cristales graduados que pusieran claridades a su tristeza. Pasó mucho tiempo sin mirar de frente a quienes le hablaban. Sin poder asimilarlo.
Antes de usar gafas, era ella la “Marilú” de la escuela. Sus grandes ojos verdes, casi esmeraldas y su pelo negro ensortijado le valieron el apodo. Era el nombre de una muñeca que aparecía en un anuncio publicitario. Hermosa.
Pero una mañana, alguien en la escuela, por aquello de la “agresividad infantil no consciente”, empezó a llamarle “Cuatro ojos”.
¡Sólo por usar gafas había bajado unos cuantos peldaños en el escalafón de la belleza!

Ya no era como la hermosa muñeca, ahora era “la Cuatro ojos”. Y por más que sus padres, sus abuelas, sus maestras, trataban de convencerla de que las gafas le quedaban estupendas y que hacían más atractiva su mirada, su desconsuelo era progresivo como lo era la miopía de aquellos años. Se fue transformando en una adolescente solitaria. Miraba la vida hacia abajo. Sus párpados se hicieron pesados condicionando la capacidad de asombro.
Caminaba sin interrogantes, sin curiosidades. Había dejado de mirar lo que la vida le iba ofreciendo.

Una mañana, paseando por el parque, el vuelo ascendente y descente de una abeja sobre una flor, llamó su atención. Con nitidez observó como sorbía el dulce néctar. Y mientras el insecto volaba, pudo ver la transparencias del amarillento polen suspendido en el aire. Se quedó un largo tiempo disfrutando de esa imagen. Asombrada.
Y recordó las palabras de su madre.

Limpió los cristales de sus gafas. Se habían opacado con el polen desprendido ... y se las colocó.
Levantó la cabeza y comenzó a mirar de frente, a mostrarse, con gafas y sin ellas. A descubrir el alma a través de una mirada. Y a que descubrieran la suya. Y sus ojos . “Aquellos ojos verdes, de mirada serena”...

jueves, 4 de junio de 2009

NOSTALGIA


"Nostalgia", un cortometraje de Mario Viñuela

Tal vez no seamos

tan diferentes.

Tal vez, tú y yo,

necesitemos el sonido

de una voz que nos acaricie.