"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

sábado, 14 de junio de 2008

ABANDONO


Y por qué hablar de ella, precisamente ahora, después de tantos años, fue tu pregunta. Por eso, padre por eso, te respondí. Porque han pasado ya muchos años ahora hablaré con tranquilidad.
Antes nunca pude transmitirte mis dudas, jamás me animé a decirte lo que sufrí cuando me enteré lo que había sucedido. Tu eras especial y todos te respetábamos. Pero hoy, pasado el tiempo y cuando las cuerdas del sometimiento se han desatado, aunque te moleste hablaremos de ella. No tengas miedo, me irritan los cobardes. Lo que tengo que decirte, necesitará menos tiempo que el que tu ocupaste en apartarla de nuestro lado. Si padre, hoy la he conocido a ella, a mi madre, precisamente ahora cuando ella ya no me reconoce.

2007

15 DE JUNIO-DÍA MUNDIAL DE LOS ANCIANOS ABANDONADO



Uno de cada cien ancianos sufre maltrato en la familia. El Centro Reina Sofía ha dado a conocer hoy en rueda de prensa, con motivo de la celebración el próximo domingo del “Día Mundial de la toma de conciencia del abuso y maltrato en la vejez”, el informe "Maltrato de personas mayores en la familia en España", el primer estudio que se realiza a escala nacional sobre éste tema, y que da a conocer la situación de maltrato que padecen los ancianos. El primer estudio que se realiza a escala nacional sobre éste tema.

Según ésta investigación, una de cada cien personas mayores entrevistadas, ha sido víctima de maltrato por parte de algún familiar a lo largo del año 2005, lo que supone que cerca de 60.000 ancianos en España sufren maltrato cada año. Esta cifra aumenta entre los ancianos que padecen algún tipo de dependencia y entre los de mayor edad. Por otro lado, cinco de cada cien cuidadores reconoce haber maltratado a una persona mayor a su cargo a lo largo del año 2005, siendo los hijos, en un 60% de los casos, los principales agresores.

El informe, realizado por Isabel Iborra, Coordinadora Científica del Centro Reina Sofía, y dirigido por José Sanmartín, director del mismo Centro, es pionero en abordar el problema del maltrato a personas mayores desde el punto de vista de las víctimas y de los cuidadores y recoge, entre otros aspectos, las circunstancias que rodean a las personas que sufren este tipo de violencia. [La Razón Digital, 15 de junio de 2008]

viernes, 13 de junio de 2008

HAY HUMO EN TUS OJOS

Habíamos coincidido muchas veces en la puerta del estanco.
Aquella mañana llovía a mares, y él estaba a punto de cerrar su paraguas mientras apretaba entre sus labios, supongo, el último pitillo que le quedaba. Yo llegaba con el mismo propósito, mi cajetilla de tabaco estaba vacía. Me miró e hizo un gesto para protegerme de la lluvia. Observé sus amarillentos dedos al abrir otra vez su paraguas y escondí los míos en un acto reflejo. Fue en ése momento en el que la complicidad nos hizo sonreír, cuando mirándome a los ojos le oí decir aquellas palabras que jamás he podido olvidar-¿No crees que se te pueden oscurecer los ojos con el humo del tabaco?-. Y caminamos hasta el café más próximo, sin tabaco. Han pasado 20 años. Frente al estanco hoy hay una heladería. Entramos.
-¿De que lo quieres ?- me pregunta.
-De chocolate, respondo -¡No puedo con mi vicio!.
.Nos miramos y otra vez la misma sonrisa de complicidad.

jueves, 12 de junio de 2008

LA OTRA ORILLA



Septiembre en despedidas
septiembre de acogidas
septiembre de ida y vuelta
de noches y de días.
De arraigos y desgarro
de raíces roídas
de dolor en el alma
y de amores en calma.

Septiembre continuados
septiembre separados
septiembre de una orilla
con la barca partida.

Septiembre en el sur
de manos apretadas
septiembre de hasta siempre
de profundas miradas.

Septiembre en mariposas
que vuelan con recuerdos
septiembre de reencuentros
que mueren en septiembre.


septiembre 2005

martes, 10 de junio de 2008

la leyenda del pájaro negro


Sentado en la escalera de la catedral del pueblo se hallaba siempre aquel anciano cubierto, invierno y verano, por una vieja manta. A su lado una jaula y en su interior un pájaro negro. El sombrero que cubría su blanca cabeza tenía el color del viento o ¿del tiempo?. Sus manos arrugadas se apoyaban sobre sus rodillas y con la palma de la mano hacia arriba dibujando un cuenco, yo le recuerdo. Los domingos a la mañana me entretenía mirándole a la salida de misa mientras se formaban los corrillos de familias que comentaban el último casamiento, la muerte de algún vecino del lugar o, entre dientes, si fulana seguía sus aventuras extramatrimoniales.
Aún me suenan sus palabras, cuando descendíamos la escalera. Sus dedos se alargaban y es entonces cuando sus manos parecían dibujar dos alas.
-Una palabra y una limosna, por favor- decía sin levantar la mirada.
Y los lugareños, acostumbrados a su letanía dejaban caer una moneda mientras, quizá también por costumbre todos repetían las mismas palabras por mera cortesía
-Buenos días-
-Adiós--
El siempre entregaba a modo de agradecimiento un papel doblado y viejo que sacaba de su sombrero con una palabra escrita en su interior.” Suerte” .
Cuentan los más viejos del pueblo, que una mañana de un domingo lejano, una niña muy hermosa vestida toda de blanco se le acercó y, a la vez que entregaba su limosna, pronunció casi sollozando.
-Quiero suerte para tanto dolor-
El levantó los ojos, la miró por un instante, puso la jaula con el pájaro sobre sus rodillas, y aquella vez no recibió la limosna ni entregó el papel doblado con la palabra escrita.
-Ven siéntate, eres tú a quien yo espero para contar la historia del pájaro negro- dijo. La niña recogiendo un poco su blanca falda, se sentó y le escuchó con atención.
-Ella es la hembra del dolor- dijo -señalando la jaula. Hace mucho tiempo y en otro lugar sedujo a un pájaro de su misma especie. Aquella relación surgió entre las sombras y sólo volaban de noche para no ser descubiertos. Sus plumas eran de un bellísimo color blanco, como tu vestido, pero en el reino de los pájaros a aquellos que no desplieguen sus alas durante el día eran castigados y poco a poco su plumaje se fue oscureciendo, al igual que su alma.
-Tampoco tiene corazón- dijo el anciano. Por su cuerpo solo circula un líquido rojizo que al desplegar sus alas vierte por sus poros y aquél que fuera rociado con el quedaría sumido en el más profundo dolor. Su elegante vuelo de otrora solo dibuja hoy un horizonte vertical que la empuja hacia el vacío. Nunca jamás podrá ver la belleza de la vida desde el cielo. Es por ello que alguien, hace muchos años me entregó esta jaula pidiéndome que nunca la dejara en libertad.
Aquél pájaro que la acompañaba seducido por su estrategia, al darse cuenta que toda la vida tendría que volar de noche se marchó de aquel lugar en busca de un pájaro de blanco plumaje y vuelo horizontal. Me contaron que desde un mirador en la cima de una montaña está esperando a alguien que sufra de dolor de amor para volver a sentir la serenidad de los buenos sentimientos.
El anciano levantó otra vez su mirada y exclamó-¡Al fin he encontrado a quien debía contar esta historia!-
- ¡Vuela niña, no pierdas el tiempo! , ¿Acaso no sientes su canto?-
La niña se incorporó, acomodó su blanca falda y comenzó a volar .
El viejo del pájaro negro echó la manta sobre sus hombros y esbozó una sonrisa de satisfacción. Había cumplido con su deber.
A partir de aquel día comenzó a oírse a un pájaro de un bello y blanco plumaje, que sobrevolando el cielo canta feliz. Siempre va acompañada de un pájaro negro. El vuelo es relajado y horizontal.



Barcelona,2008 -imagen:george braque/música :astor piazzola, eugenia león"los pájaros perdidos"

domingo, 25 de mayo de 2008

Inmigrantes, ciudadanos de ida y vuelta

Nunca dejaré de ser un inmigrante, lo digo después de recapacitar acerca de las últimas decisiones de la Unión Europea al respecto.
Nací en Argentina, porque mi madre, hija de un español de Almería, y mi padre hijo de un alemán casado a su vez con una hija de padre francés, se enamoraron allá por el año 1943.Mis abuelos habían emigrado en su momento de una Europa en constantes conflictos tales como guerras mundiales, civiles, crisis económicas que generaron la desintegración de la sociedad y por ende muchos hubieron de buscar nuevas formas de vida en lugares desconocidos en los que poco a poco y con la solidaridad de un pueblo fueron construyendo su futuro.

Yo nací y crecí en el seno de esa familia y obviamente soy producto de esa maravillosa mezcla de cultura. Cuando pequeña, quiero decir hasta que fui consciente de las diferentes formas de lenguaje de mis abuelos, el argentino afrancesado de de mi bisabuela materna, las palabras sueltas en alemán que de tanto en tanto pronunciaba mi abuelo paterno o el ¡coño¡ y el ¡ hostias¡ de mi abuelo Andrés Moreno, el de Almería, sólo tenían para mí y para los que nos rodeaban, vecinos y amigos, la lógica curiosidad de descubrir gratamente otras formas de nombrar las cosas y reunirnos para saborear exquisitas paellas españolas ,o compartir una comida italiana desde donde todos fueron aprendiendo otras maneras de hacer la pasta. Y luego aquellas sobremesas en donde cada uno de ellos contaba sus recuerdos de sus respetivos países. Creo que fue en una de aquellas sobremesas, tendría yo alrededor de 6 o 7 años, cuando comencé a darme cuenta de lo que significaba para ellos el haber tenido que dejar sus tierra y su gente en contra de su voluntad.

Abuelo Andrés había enviudado en España. Una bomba durante la guerra mató a la que fue su mujer, y el quedó con sus cinco hijos sumido en el caos de la desesperante situación que por esos años sufría España. Con sus pocos ahorros embarcó con sus cinco pequeños, el mayor tenía 10 años, hacia otro destino en donde pudiera sacar adelante a su familia. Y así llegó a Argentina y conoció a una mujer con la que con el tiempo se casó y tuvo otros cinco hijos, esa mujer fue mi abuela y uno de esos cinco nuevos hijos es mi madre. Fue mi abuela María la que le ayudo a sacar adelante a toda la familia y se convirtió en la madre de aquellos niños a quienes el horror de una guerra había dejado huérfanos. Y allí crecieron con la ayuda de muchas familias que colaboraban para que pudiera sacar adelante ésa nueva vida. Le llamaban cariñosamente, el gallego Andrés y nunca hubo ninguna referencia a que esa forma de nombrarlo tuviera connotaciones despectiva.

Hacia 1950, yo comenzaba mi primer curso escolar, y a partir de ése momento comienza también a ampliarse mi conocimiento del medio. Mis compañeras tenían unos apellidos tan raros de pronunciar como el mío.. Tagliategne, Frattari, Fiore, Cazorla, Milrad , Fizzman, Monge, Pizzicari, etc.Mis vecinos del barrio tenían apellidos tales como Cassarini, Romanelli, Ferrero, Privalizky. En la calle adonde yo vivía había dos familias españolas , dos italianas y otra rusa.
Es decir, y para abreviar, crecí, viví, y me relacioné con gente del mundo aprendiendo de cada uno de ellos lo que me aportaban con sus costumbres, sin llegar a pensar de ninguna manera que eran personas diferentes. Todo se fue dando de una manera natural.

La vida transcurría. Estudié, me casé y siempre tuve alguien en quien apoyarme cuando surgía algún contratiempo y nunca pensé de que nacionalidad era aquel hombro en el que pude derramar alguna lágrima .Sólo tenía que creer en el ser humano no en su lugar de origen. Eso es lo que había aprendido de la sociedad en la que crecí.
Pero la vida me tenía preparada un tropezón, que me pondría en el año 1975, a mí a mi marido y a mis dos hijos, en una situación igual a la que habían sufrido mis abuelos.
Estudiaba por ése entonces una nueva carrera universitaria, mi marido trabajaba como periodista en la radio local, lo que compaginaba también con otros estudios, Mi país atravesaba una difícil situación política en la que el horror de una despiadada dictadura nos iba carcomiendo las posibilidades de desarrollarnos cómo ciudadanos a la vez que el miedo acechaba constantemente coartando las libertades de todos los que nos atrevíamos a pensar.

Una mañana de diciembre del 1975, una poderosa bomba estallaba en una plaza de mi ciudad, Yo me encontraba trabajando con mis alumnos y fue allí donde, no sé porqué tuve la sensación del horror cercano. Y lo que en ése momentos sólo eran presentimientos, se transformaron con el paso de las horas en una locura. La bomba había estallado en una plaza y en su lugar los grupos parapoliciales habían dejado una carta con diez nombres de personas relacionada con el mundo de la cultura y el arte, o sea gente que pensaba, a las que amenazaban de muerte dándoles diez días .para que abandonaran el país. Entre ellos estaba mi marido. No tuvimos opciones, y gracias a la ayuda de amnesty internacional abandonábamos nuestro país, nuestra casa, nuestra vida, nuestra familia y nuestros proyectos que como familia nos habíamos trazado y junto a mis dos hijos salíamos 8 días después del atentado rumbo a España

Y se repetía así la historia de mis antepasados. La huída en contra de nuestra voluntad, que ese es el elemento diferencial que hace que una persona pase de ser un turista a un inmigrante y que parece que hay estamentos que no lo tienen en cuenta. Tratar de integrarnos, desarrollarnos y crecer como personas en una cultura diferente, fue nuestra premisa, aprendiendo, siempre aprendiendo de aquellos que nos cobijaban. Al menos esa era nuestra filosofía, y desde un principio nos sentimos arropados por la gente de la calle, nuestros hijos lograron hacer amigos, comenzaron su vida escolar, y dentro de una economía precaria logramos con dignidad ir progresando lentamente en lo personal y en lo económico. Tuve años más tarde un hijo nacido en Cataluña, quizá fuera una necesidad de sentirme emocionalmente mas enraizada con ésta sociedad.

Pero es hoy ,cuando escucho en los medios de comunicación las nuevas disposiciones que se están planificando para organizar el fenómeno de la inmigración desde los despachos de aquellos que organizan nuestras vidas y las trazan a su antojo, cuando me he dado cuenta que nunca dejaré de ser una inmigrante, cosa que no les sucedió a mis abuelos, ni a mis amigos, ni a mis vecinos de la calle, con los que aprendí el verdadero sentido de palabras como solidaridad, acogimiento e integración .Los inmigrantes no somos culpables de ser inmigrantes. Demasiada carga emocional la que llevamos encima con la sensación, psicológicamente abrumadora, de tener que pensar que siempre tendremos que tener en nuestro bagaje un billete de ida y vuelta. Algún día quiero dejar de sentirme inmigrante. [Inmigrantes, Montoya]

domingo, 27 de abril de 2008

UNA MANERA DE VIAJAR


Vestida de manera llamativa, el pelo rojizo y ensortijado, los labios pintados de rojo promesa y un contagioso gesto de felicidad. Cada mañana a las ocho subía en la parada de Calvet al autobús de la línea 14. Casi todos la esperábamos, era ya como una parte más del trayecto, parte de nuestro paisaje. Los que venían un poco adormilados levantaban la cabeza, y los que aprovechaban el viaje para leer el periódico abandonaban la lectura. Los niños que a esa hora iban prendidos de la falda de la madre refunfuñando se acercaban a Juana al verla llegar. Ella se sentaba casi siempre, salvo que algún turista accidental ocupase su lugar, en el último asiento. Acomodaba la jaula a su lado sobre una especie de alfombrilla que evitaba que el asiento se ensuciase y anunciaba su espectáculo.
- Buenos días, señores pasajeros. Les presento a mi mascota y única compañía en esta vida. Él y yo sólo pretendemos hacerles más alegre el trayecto, ¿verdad, Pedrito? –preguntó a su loro, mientras lo sacaba de su encierro.
Y cuando el espectáculo estaba a punto de comenzar, el chofer disimulaba una sonrisa de satisfacción a través del espejo, como dando el visto bueno a Juana.
- Buenos diiiiias - decía Pedrito, y todo el pasaje le devolvía a coro el saludo.
- A ver, ahora cántales una canción que les alegre la mañana.
Y el loro, con la altivez de un cantante de ópera, estiraba su cuello, se posaba sobre el hombro de Juana convirtiéndolo en su escenario y comenzaba su repertorio.
- Hola, don Pepito! ¡Hola, don José! - y repetía siempre la misma estrofa, pero aquello se convertía en una feria en la que casi todos participábamos. Al llegar a Las Ramblas, Juana y Pedrito se despedían de los que dejaban atrás en el autobús, rumbo a sus trabajos. Yo siempre la imaginé trabajando en algún puesto de venta de pájaros, pero nunca quise averiguarlo. La duda hacía más mágico al personaje que lograba convertir un autobús en un paisaje. Una mañana, siempre en la misma parada del 14 y a la misma hora, Juana subió al autobús sin su sonrisa de siempre, sin su boca prometedora, ni tan siquiera su ropa conservaba el llamativo colorido. Su rojiza melena la había domesticado en una desaliñada coleta. Caminó cabizbaja por el estrecho pasillo, se sentó como siempre en el último asiento y acomodó a su lado la jaula vacía.