"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

miércoles, 15 de julio de 2009

DUELO



Se terminó el trayecto y tuvo la sensación que había hecho un viaje al vacío.
Bajó en la misma estación, como lo hacía cada mañana en las que bastaba sólo un beso de despedida hasta que llegaran de nuevo, momentos compartidos, al anochecer.
Pero no hubo besos.
Y se estrelló con la vida, que seguía, agitándose en la ciudad.
Sólo su tiempo se había detenido. No quería que llegaran las noches por que ellas se adueñarían de los sueños guardados en su memoria. No quería amaneceres que desdibujaran su pasado. Un pájaro negro había cubierto con sus alas el transitar de los segundos.
Se vaciaron sus manos de caricias y su andadura se quedó sin plural desde que la finitud se encajó entre sílabas heladas .
Y el jamás hizo raíz en sus entrañas.
Desde el andén mira como el metro retoma su recorrido habitual. Ve como se aleja.
Nada ha cambiado.
Sin embargo...nada es igual.

miércoles, 8 de julio de 2009

A VECES HOY, ES DEMASIADO TARDE.

Me lo habían advertido ¡ ésto es el infierno!, en un sensato intento de evitarme el asombro. Desde que su calendario fue girando las página hacia atrás, no había vuelto a verlo. El destino me había alejado de su lado hacía ya mucho tiempo. En realidad tengo la sensación que siempre estuvimos lejos uno del otro. Pero había regresado por él. Creía que aún quedaba un tiempo para reconocernos.
Se anunciaba ya la primavera y al traspasar la puerta me encontré con un paisaje sorprendente. El olor de los magnolias inundaba todo el patio. Los jilgueros jugaban en la fuente y sólo se escuchaba el chapoteo de sus alas en el agua y sus alegres cantos. Atravesé el jardín por un sendero bordeado de flores. Al final una enorme casa de fachada reluciente, con grandes ventanales. En sus paredes se enredaban buganvillas de todos los colores. Y alli en medio de aquel despertar le vi..., sentado en un banco verde, con la mirada perdida y su blanca cabeza inclinada sobre su hombro aguantando aún, a su pesar, el peso de toda una vida. A su alrededor, otros que como él miraban hacia la nada. Para ellos ya no quedaban estaciones. No les quedaba ningún placer, sólo el inconsciente gesto de estar incluídos en aquel paraíso.

Inmutables, arropados por un único sonido, el de la naturaleza que despertaba. La contradicción del tiempo despertando en una estación y a la vez estancado en esos cuerpos. En un mismo lugar belleza y decadencia, fuerza y vulnerabilidad. Una estación que abría sus brotes y vidas que cerraban sus ciclos. Comienzos y finales.

Me incliné para saludarlo, esperando un mínimo gesto que lo rescatara de aquel paisaje. Toqué sus manos. Se habían trazado muchísimas arrugas desde que nos alejamos. Le abracé, pero sus brazos no se abrieron para arroparme. Sus ojos empequeñecidos parecían mirarme. Pero no me veía. Me pareció notar la humedad de una lágrima atravesando las grietas de su rostro. Tal vez necesité imaginarla. Muy despacio fui deshaciéndome de su insensible fragilidad. Ya era demasiado tarde para que nos reconociéramos. Me había quedado sin su voz, y sin ella también de aquellas palabras que siempre quise escuchar. De las que no nos habíamos dicho. Al alejarme oí nuevamente el chapoteo de los pájaros que jugaban en la fuente y sus gorjeos. El sonido y el silencio compartiendo un paraiso. O un infierno.

jueves, 2 de julio de 2009

UNA GRIETA EN LA INOCENCIA

Su pequeño baúl estaba alli, al final del altillo. Sus viejos hilos de mimbre se habían resecado con el paso de los años. Pero alli estaba, sumiso, en un oscuro rincón. Asumiendo su función. Guardar, resguardar momentos del olvido. Ella quitó el polvo que lo identificaba con la memoria, con la nostalgia y lo abrió. Cerró los ojos y con su mano derecha empezó un juego. No quería que el encuentro tuviera calendarios. La búsqueda fue sin itinerarios fijados. Al azar. Suavemente la deslizó entre el manojo de momentos que él había retenido. Él, el baúl sería quien la guiaría por los recuerdos. En el primer encuentro, cuando se abrieron sus ojos, apareció aquella imagen.
Ella vestida de rojo, atravesando aquel parque, alegre. Y un instante...
Entonces aún caminaba sin prisas, libre. Sin miedos. Daba pasos de asombro en aquel laberinto. Era una aprendiz de sensaciones. Deslumbrada. Sin experiencias.

Observó detenidamente la imagen y regresó al pasado. Empezó a recorrer lugares repletos de olivos, de acacias, de fragancias y verdes infinitos. Caminos de flores y tierras húmedas. De colores. De trayectos mágicos.
Y se recordó...aún sonriente, desconociendo los entresijos de la vida, arriesgándose, expectante, descubriendo caminos y amaneceres y palabras nuevas, despertando curiosidades. Atreviéndose.
Entonces quería llegar hasta el final. Todavía. A un final aún no imaginado. Era su aventura.

En aquel repaso de sus recuerdos apareció él. Imprevisto en su trayecto. Esperándola.
El prado borró de repente sus colores. Y ella aquel día quedó huérfana de luces.
Él estaba alli, al acecho. Esperándola para devorarle en un instante, con astucias de cazador y de un vil zarpazo, su candidez. Agrietando para siempre su inocencia.
No tuvo valor para mirar la última imagen y cerró el viejo baúl de mimbre con sus angustias dentro.
Siempre le ha temido al último capítulo.
Tal vez, desde que su ingenuidad se enfrentó a los finales infelices.
(Mi recuerdo a Martha, una niña que conocí en un centro de acogida y que le tocó vivir una triste experiencia)

viernes, 26 de junio de 2009

¡NUNCA POR LA ESPALDA!


Ella no la presentía
Sin embargo, allí estaba, como un soplo, sutil, agazapada
Sin mostrarse. Anónima. Invisible. Oculta. Disfrazada.
Jugaba sin apostar. Nada. No arriesgaba, sólo quería ganar...
Sin exponer, sin exponerse.
Con pasos de fiera acechaba, siempre, amparándose en las sombras.
Para quedarse con sus vísceras, para adueñarse de lo impropio. Anulándola.


Y ella... fue haciéndose frágil, frágil, cada vez más frágil. Destruída
Pero cuando el dolor se le hizo irresistible, cuando lo suyo se le fue hacíendo ajeno, la intuyó.
Y buscó la luz para mirarla de frente. Para enfrentarla .
Ya no la encontró.
La débil palabra se había diluido. Su osamenta no resistió amaneceres.

viernes, 12 de junio de 2009

EL ENTIERRO DE LA SOMBRA


Decidió que enterraría su sombra, su propia sombra, a los pies del viejo olivo de la antigua casona de su infancia. Allí durante mucho tiempo fue cavando una calculada fosa para aquel final. Había estudiado todos sus movimientos. Al amanecer cuando el sol aparecia en el horizonte la presentía a sus espaldas, al mediodía con la verticalidad de la luz la veía empequeñecerse al final de su cuerpo, al atardecer y con la luz que se precipitaba hacia el descanso ella se le adelantaba , y por las noches la descubría, entrecortada en el jardín, entre los reflejos plateados de la luna que se asomaban a través del follaje del olivo.
Sabía de su extensión en cada hora del día, de su fragilidad en la oscuridad. Sus diferentes formas las dibujaba en un viejo cuaderno que llevaba siempre consigo. Por las noches, cuando Maria se apretujaba entre los cimientos de su soledad y la luz de la lumbre, observaba su sombra... elegante, estilizada, vestida de un siniestro color negro, impresa, pegada a los ladrillos de su vida. Fue desde siempre la geometría que acompañó su cuerpo. La vió crecer, alargarse, ensancharse y encoger hasta ocultarse como parte de un juego en el que ambas participaban. María no podia separarse de ella y la buscaba, era el ángulo desde el que arrancaban sus días, la línea paralela de su yo desprotegido de otro. Y ella, la sombra, la necesitaba para existir, para ser.
Era la única que conoció los límites de su soledad. A Maria nadie le enseñó el horizonte donde nacen los placeres, las emociones, las sensaciones, las palabras, los sonido, las caricias. Nunca amó, nadie la amó. Cuando su cuerpo ardía entre las blancas y frescas sábanas de hilo, sólo la sombra conocía de sus saciados deseos. Nuca nadie acompañó sus pasos ni su alma. Vivió sin historia. Sin calendarios marcados. Sin tiempos agotados..
Era de decisiones irrevocables. Tampoco tuvo a nadie que se las discutiera.
Se acercó hasta el pueblo, buscó al carpintero más recomendado, lo llevó hasta su vieja casona y a los pies del olivo, allí en donde el tronco se trenzaba a la tierra, le pidió que hiciera un ataud que se ajustara a las medidas de aquella fosa. Eligió la madera más noble y el lustre del barníz más decoroso. No puso reparos en cuestiones económicas.
Poco tardó el carpintero, bien remunerado por el encargo, en terminar aquel trabajo.
Era verano y la noche tardaba en llegar. Hacía demasiado calor. Maria bebió un refrescante brebaje. Enjuagó su cuerpo con un baño y sales espumosas vacías de aromas. Le bastaba el olor húmedo de la noche. Se vistió con una túnica de gasa que dibujaba su sensualidad. Apagó la lumbre de la casona, cerró puerta y ventanas y caminó descalza por el sendero que la llevaba hasta el viejo olivo.
La luna dejaba pasar la luz exacta que necesitaba su cuerpo para que la sombra, su sombra, se reflejara en el fondo de aquel ataúd, y formara con él un ángulo recto.
En el cuaderno, que la acompanó siempre, estaban dibujadas con precisión las formas de su fina anatomía y la hora exacta de la bocanada final, cuando el ángulo se cerraría para convertirse en una recta. Un huracanado viento sopló después. Y la tierra fue enterrando para siempre esta historia. Solo el olivo guarda aún, entre sus robusta y retorcidas ramas, el secreto que unió dos sombras.

martes, 9 de junio de 2009

AQUELLOS OJOS VERDES


Le habían diagnosticado miopia y debía llevar gafas. Y con ellas sus complejos a cuesta. Tenía muy pocas dioptrías, pero suficientes para que su autoestima se empañara. Su madre con desmedido cariño, le consolaba “Tienes unos ojos preciosos con o sin gafas”, y agregaba, “recuerda que los ojos son el el espejo del alma” Más de una vez le oyó repetir esa frase hecha.

Pero aquellas tiernas palabras no le servian como consuelo. Llegó a pensar que lo que le estaba ocurriendo, esa sensación de que todo se había vuelto gris, opaco, también le sucedía a su alma. Necesitaba cristales graduados que pusieran claridades a su tristeza. Pasó mucho tiempo sin mirar de frente a quienes le hablaban. Sin poder asimilarlo.
Antes de usar gafas, era ella la “Marilú” de la escuela. Sus grandes ojos verdes, casi esmeraldas y su pelo negro ensortijado le valieron el apodo. Era el nombre de una muñeca que aparecía en un anuncio publicitario. Hermosa.
Pero una mañana, alguien en la escuela, por aquello de la “agresividad infantil no consciente”, empezó a llamarle “Cuatro ojos”.
¡Sólo por usar gafas había bajado unos cuantos peldaños en el escalafón de la belleza!

Ya no era como la hermosa muñeca, ahora era “la Cuatro ojos”. Y por más que sus padres, sus abuelas, sus maestras, trataban de convencerla de que las gafas le quedaban estupendas y que hacían más atractiva su mirada, su desconsuelo era progresivo como lo era la miopía de aquellos años. Se fue transformando en una adolescente solitaria. Miraba la vida hacia abajo. Sus párpados se hicieron pesados condicionando la capacidad de asombro.
Caminaba sin interrogantes, sin curiosidades. Había dejado de mirar lo que la vida le iba ofreciendo.

Una mañana, paseando por el parque, el vuelo ascendente y descente de una abeja sobre una flor, llamó su atención. Con nitidez observó como sorbía el dulce néctar. Y mientras el insecto volaba, pudo ver la transparencias del amarillento polen suspendido en el aire. Se quedó un largo tiempo disfrutando de esa imagen. Asombrada.
Y recordó las palabras de su madre.

Limpió los cristales de sus gafas. Se habían opacado con el polen desprendido ... y se las colocó.
Levantó la cabeza y comenzó a mirar de frente, a mostrarse, con gafas y sin ellas. A descubrir el alma a través de una mirada. Y a que descubrieran la suya. Y sus ojos . “Aquellos ojos verdes, de mirada serena”...

jueves, 4 de junio de 2009

NOSTALGIA


"Nostalgia", un cortometraje de Mario Viñuela

Tal vez no seamos

tan diferentes.

Tal vez, tú y yo,

necesitemos el sonido

de una voz que nos acaricie.