
Se terminó el trayecto y tuvo la sensación que había hecho un viaje al vacío.
Bajó en la misma estación, como lo hacía cada mañana en las que bastaba sólo un beso de despedida hasta que llegaran de nuevo, momentos compartidos, al anochecer.
Pero no hubo besos.
Y se estrelló con la vida, que seguía, agitándose en la ciudad.
Sólo su tiempo se había detenido. No quería que llegaran las noches por que ellas se adueñarían de los sueños guardados en su memoria. No quería amaneceres que desdibujaran su pasado. Un pájaro negro había cubierto con sus alas el transitar de los segundos.
Se vaciaron sus manos de caricias y su andadura se quedó sin plural desde que la finitud se encajó entre sílabas heladas .
Y el jamás hizo raíz en sus entrañas.
Desde el andén mira como el metro retoma su recorrido habitual. Ve como se aleja.
Pero no hubo besos.
Y se estrelló con la vida, que seguía, agitándose en la ciudad.
Sólo su tiempo se había detenido. No quería que llegaran las noches por que ellas se adueñarían de los sueños guardados en su memoria. No quería amaneceres que desdibujaran su pasado. Un pájaro negro había cubierto con sus alas el transitar de los segundos.
Se vaciaron sus manos de caricias y su andadura se quedó sin plural desde que la finitud se encajó entre sílabas heladas .
Y el jamás hizo raíz en sus entrañas.
Desde el andén mira como el metro retoma su recorrido habitual. Ve como se aleja.
Nada ha cambiado.
Sin embargo...nada es igual.
Sin embargo...nada es igual.




