
Recuerdo que, ya desde mi niñez, eran muchos los que se preocupaban por mi falta de sonrisas. Mamá solía decirme, creo sin mala intención pero que a mí se me antojaba con ironía , “la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa ?”. Las niñas de mi edad no compartían juegos conmigo. Yo no las divertía. Mis primeras relaciones amorosas fracasaban por mi escasez de alegría.
Intenté varias fórmulas sin resultado... una y otra vez. Pasaban los años y tenía la amargura dibujada en el rostro.
Una mañana al pasar por una tienda de disfraces, compré unas cuantas narices de payasos. Desde siempre me habían atraído. Mientras caminaba pensaba en el porqué de esa atracción. Nunca se me ocurrió consultárselo al psicólogo. ¡Bah... manías, puras manías!, me dije .
Al llegar a casa no hice lo que siempre acostumbraba, guardarlas en una caja de cartón en donde había otras que fui adquiriendo a lo largo de mi vida. Poco a poco las saqué de aquel encierro. Dejé que se desparramaran sobre mi cama. Y allí las observé durante un largo tiempo. Todas rojas, brillantes, de diferentes tamaños y texturas. Y sin apenas darme cuenta, se fueron dibujando imágenes que brotaban desde mi memoria. Y recordé una maravillosa tarde de circo y una figura... regordeta, de gestos torpes, vestida de sedas de distintos colores, de enormes zapatos, calcetines desaliñados de lunares, con un sombrero de arlequín inclinado sobre su cabeza, pómulos intensamente coloreados, sombras blancas alrededor de sus ojos y unos labios pintados de rojos que reían consantemente en carcajadas explosivas, contagiosas, delirantes. Y me ví, riendo. Me reía de sus torpezas, de su ingenuidad que se me antojaba cómplice con mi infancia. Ahora recuerdo cuánto me reí. Y abuela también lo hacía. Era ella quien quería verme sonreir. Ella quien buscaba, con desespero, algo que borrara la tristeza que siempre se dibujaba en mi rostro. Fui una niña triste, desconozco los motivos. Tal vez, ahora lo pienso, porque mi vida no le dio oportunidades al clown que estaba en mi interior para que me enseñara a ser feliz. Recuerdo aquel día de circo como el primero en el que mis mandíbulas se desencajaron y de mi boca abierta brotaban carcajadas, hasta entonces para mí, inconcebibles
Miré otra vez los pompones de colores que aún estaban allí, desparramados sobre mi cama. Cogí varios. Los mas brillantes, los que se parecían a la nariz de aquel payaso de mi infancia que hoy estaba recordando. Pinté mi cara tal como le había visto a él y adorné mi cuerpo con retales de colores. Transformé mi rubia y suelta melena en dos largas trenzas sujetas con lazos azules. Calcé unos viejos y destartalados zapatos de papá y unas medias de colorines que había tejido cuando abuela me enseñaba a hacer punto y salí a la calle con un pompón en mi respingado apéndice facial.
Busqué rostros de sonrisas congeladas, ojos tristes y les invité a colocarse aquel artilugio de color rojo en su nariz. Muchos aceptaban con agrado mi intención de unirse al improvisado “club de las sonrisas recuperadas”
Luego, nos mirábamos, unos a los otros, y sonreíamos. Fue tan simple que bastó con colocarnos un artilugio en la nariz. Aún guardo algunos en la caja de cartón por si acaso alguien necesita recuperar una sonrisa extraviada. No obstante, encontrarla fue para mí la voluntad de buscar estímulos que despertaran el clown que estaba oculto en mi alma.





