Había llovido en el valle. Olía a tierra húmeda. Los pájaros comenzaban a asomarse entre las ramas vencidas por el peso de las hojas mojadas. El cielo se iba desdibujando de nubes negras y se pintaba con tonos rojizos anunciando que el sol, a hurtadillas, comenzaba a espiar al amanecer.
Esa mañana él se levantó muy temprano y emprendió el trayecto, como cada día, hacia un lugar en donde el tiempo le restaba segundos a la ilusión.
Caminaba hacia el pueblo y en el trayecto dejó que la flores, las hojas, las ramas y las hierbas lo untaran de fragancias y de rocío, recogió gotas de lluvia en el cuenco de sus manos y cerró sus puños. Estaba tan impregnado de vida aquel paisaje, tan lleno de imágenes, tan pleno de recuerdos. Aspiró profundamente, trató de que sus pulmones se llenararan de aire puro. Lo necesitaba. Una mariposa libaba el néctar de una flor. La cogió sigilosamente con sus dedos, y cuidando de no herirla, la introdujo en una cajetilla vacía de tabaco. Sólo quería una partícula de su néctar, luego respetaría la libertad de su vuelo. Una tenue niebla, que el vapor de la tierra caliente había formado, lo envolvió en su camino. Quitó entonces la tapa del botijo, en el que llevaba siempre agua fresca, e intentó recoger en él las partículas del vapor. Todo lo que era vida, todo lo que en ese valle le recordaba felices momentos, lo fue recogiendo.
Caminaba y a sus pasos sólo le acompañaban sus pensamientos y el canto de los pájaros que ya habían abandonado las húmedas ramas desplegando sus alas en busca de horizontes.
Caminaba y llevaba vida, gotas de lluvia en sus apretadas manos, niebla en el botijo, rocío impregnado en su cuerpo, llevaba fragancia de flores de después de la lluvia, el néctar libado de la mariposa y también su vuelo. Y aire, aire puro y fresco aspirado en sus pulmones.
Y quizás, o también, llevaba algo de esperanza.
Abrió la puerta de la blanca sala, despacio, muy despacio, sin hacer ruido. Un rayo de sol se filtraba a través de la cortina y le permitió ver su bellísimo y pálido rostro. Sintió frío.
Apoyó su cabeza en la almohada, a su lado, y la acarició. Mojó su cara con gotas de lluvia.
La besó intentando que el aire puro del valle se introdujera en sus débiles pulmones. Abrazó su pequeño cuerpo para que el rocío se adhiriera a su piel, y la perfumó con fragancia de las flores que había recogido.
Sintió su frío.
Abrió la cajetilla y la mariposa comenzó a revolotear entre las blancas paredes de la habitación iluminándola con sus colores. Hasta que sus alas cansadas se fueron cerrando y despacio, muy despacio, su vuelo se fue apagando dejándose caer exhausta sobre la almohada. Y allí, sobre el fresco hilo de la funda, dejó la huella de su néctar.
Ella tal vez la presintiera y sólo esbozó una débil sontrisa. Ya no había palabras. Éstas enmudecen antes que la vida se apague, como las mariposas pliegan sus alas antes de morir.
Y cuando sus ojos se fueron cerrando, él aún creyó escuchar su voz. En ese silencio volvió a escuchar sus palabras, las que antes habian tenido sonido ...“después de la lluvia tráeme el olor de nuestro valle, tráeme sus humedades ...no esperes a que otro sol vuelva a secarlas”
Salió de la sala, y por última vez cerró la puerta despacio, más despacio que nunca. El camino de regreso no lo hizo solo. La mariposa había reiniciado su vuelo, había desplegado nuevamente sus alas. Tenían el mismo trayecto. Hacia la vida.
Esa mañana él se levantó muy temprano y emprendió el trayecto, como cada día, hacia un lugar en donde el tiempo le restaba segundos a la ilusión.
Caminaba hacia el pueblo y en el trayecto dejó que la flores, las hojas, las ramas y las hierbas lo untaran de fragancias y de rocío, recogió gotas de lluvia en el cuenco de sus manos y cerró sus puños. Estaba tan impregnado de vida aquel paisaje, tan lleno de imágenes, tan pleno de recuerdos. Aspiró profundamente, trató de que sus pulmones se llenararan de aire puro. Lo necesitaba. Una mariposa libaba el néctar de una flor. La cogió sigilosamente con sus dedos, y cuidando de no herirla, la introdujo en una cajetilla vacía de tabaco. Sólo quería una partícula de su néctar, luego respetaría la libertad de su vuelo. Una tenue niebla, que el vapor de la tierra caliente había formado, lo envolvió en su camino. Quitó entonces la tapa del botijo, en el que llevaba siempre agua fresca, e intentó recoger en él las partículas del vapor. Todo lo que era vida, todo lo que en ese valle le recordaba felices momentos, lo fue recogiendo.
Caminaba y a sus pasos sólo le acompañaban sus pensamientos y el canto de los pájaros que ya habían abandonado las húmedas ramas desplegando sus alas en busca de horizontes.
Caminaba y llevaba vida, gotas de lluvia en sus apretadas manos, niebla en el botijo, rocío impregnado en su cuerpo, llevaba fragancia de flores de después de la lluvia, el néctar libado de la mariposa y también su vuelo. Y aire, aire puro y fresco aspirado en sus pulmones.
Y quizás, o también, llevaba algo de esperanza.
Abrió la puerta de la blanca sala, despacio, muy despacio, sin hacer ruido. Un rayo de sol se filtraba a través de la cortina y le permitió ver su bellísimo y pálido rostro. Sintió frío.
Apoyó su cabeza en la almohada, a su lado, y la acarició. Mojó su cara con gotas de lluvia.
La besó intentando que el aire puro del valle se introdujera en sus débiles pulmones. Abrazó su pequeño cuerpo para que el rocío se adhiriera a su piel, y la perfumó con fragancia de las flores que había recogido.
Sintió su frío.
Abrió la cajetilla y la mariposa comenzó a revolotear entre las blancas paredes de la habitación iluminándola con sus colores. Hasta que sus alas cansadas se fueron cerrando y despacio, muy despacio, su vuelo se fue apagando dejándose caer exhausta sobre la almohada. Y allí, sobre el fresco hilo de la funda, dejó la huella de su néctar.
Ella tal vez la presintiera y sólo esbozó una débil sontrisa. Ya no había palabras. Éstas enmudecen antes que la vida se apague, como las mariposas pliegan sus alas antes de morir.
Y cuando sus ojos se fueron cerrando, él aún creyó escuchar su voz. En ese silencio volvió a escuchar sus palabras, las que antes habian tenido sonido ...“después de la lluvia tráeme el olor de nuestro valle, tráeme sus humedades ...no esperes a que otro sol vuelva a secarlas”
Salió de la sala, y por última vez cerró la puerta despacio, más despacio que nunca. El camino de regreso no lo hizo solo. La mariposa había reiniciado su vuelo, había desplegado nuevamente sus alas. Tenían el mismo trayecto. Hacia la vida.
El valle aún olía a lluvia.





