
Él lo encontró allí. De repente, en una calle cualquiera, se enfrentó con esa soledad impuesta.
Un cuerpo cansado, deshabitado de afectos, vacío de voces que le devolvieran su identidad, se había acurrucado en la acera. Cuna de los sin nombre, de los sin nadie. De los sin nada.
Un cuerpo cansado, deshabitado de afectos, vacío de voces que le devolvieran su identidad, se había acurrucado en la acera. Cuna de los sin nombre, de los sin nadie. De los sin nada.
¿Quién lo había arrojado a esa libertad de huérfano?¿Acaso fueron la dulzura de sus ojos, los bostezos a los pies de su dueño solicitando ternuras, merecedores de ése abandono? Hospedado en el desamparo, en noches sin rincones propios, despojado de manos que acariciaran su lomo, sin su manta raída junto a una cama, sin olores reconocibles...se había abandonado. Y desandando caminos extraños, exhausto, había cerrado los ojos a una vida que no le pertenecía.
Él lo encontró allí. Su mirada a través de la lente percibió la tristeza. La cámara captó su desamparo. Sólo unos segundos bastaron para fijar el gemido del alma, el dolor y la belleza de una imagen fundida entre los matices amarronados de una pared que amparaba aquel cuerpo, que disimulaba la intensidad de esa desesperanza.
Fotografía : Pablo Tello
¡va por ti hijo!




