"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

sábado, 20 de noviembre de 2010

LONTANANZA

                                                          ...si pudiera
    despertar en primavera
    y asombrarme
    cuando se desperezan
    los pétalos de una rosa
    en tu jardín
    estaría aún contigo.
 
    ...si pudiera,
    si fuera posible
    desandar lo transitado
    acaso, en tu rosal,
    tan sólo encontraría
    el frágil esqueleto
    de la distancia.





domingo, 14 de noviembre de 2010

EN OTRO LUGAR, EN OTRO TIEMPO.

Casi sin darme cuenta envejecimos juntos;
los abriles
el gemido que acunaba la distancia
el pertinaz mordizco de lo ausente
y el camino que retuvo, invertida,
mi sombra entre los álamos.
Y aquel olor a lluvia de otras lluvias
y el columpio en el patio
y el ceibo y el naranjo
mis trenzas y tus besos
y los vientos del sur y mi inocencia
el boceto inacabado del regreso
y las hilachas de mi cuerpo,
sin darme apenas cuenta,
ya se han arrinconado en la maleta.
Allí donde encanece este destierro
y las estaciones extrañan su destiempo
yo envejezco.

lunes, 8 de noviembre de 2010

DÍA DE GUARDAR


Es domingo. Día de guardar. En el pueblo los vecinos desfilan, incesantes, hacia la misa de  once. Mantillas negras cubren a señoras empolvadas y viudas de riguroso luto; blancas y vaporosas, de encajes suaves, adornan las melenas de las casaderas. Los hombres recios y lustrosos se agrupan durante el trayecto para charlas informales. Es el día en que se quitan los pecados del mundo. Domingo de confesiones, Padrenuestros,  Ave Marías,  Credos  y... la Paz está con tu espíritu.

María, la hija de Pedro, el herrero, vive en la parte más humilde y alejada del pueblo. Allí donde los pecados son más pecados sólo por que nacen entre el barro y los techos de zinc. Huérfana de madre y  la mayor de cinco hermanas.   Hoy se levanta más temprano para hacer las faenas y luego ser bendecida por Dios. Se viste de blanco. Absoluto. Algodones desgastados de tanta lavandina. Camina rumbo al templo con la cabeza encogida sobre su pecho. Es bella y la mantilla realza su belleza

Desde la puerta de la parroquia el religioso reconoce la armonía de ese cuerpo que se aproxima. Espera su llegada y anuncia a los feligreses el comienzo del sermón. María se arrodilla en la última fila. Advierte las suspicacias y las miradas. Entre sus manos se deslizan uno a uno los misterio del rosario. Los gozosos y los dolorosos. Nunca se confiesa. No quiere que la comunión borre el recuerdo de su pasado. No pide perdón porque con ese recuerdo vive y sueña. ¿Acaso la felicidad es un pecado?, se pregunta.

Terminada la misa, los fieles, de almas ya limpias y santiguados, se reunen en la plaza a comentar los últimos casamientos y bautismos. Que de amores ocultos, ni  de María, nadie se atreve a hablar frente a la casa santa.

En las calles van enmudeciendo los sonidos del domingo. Ella sigue allí, dentro, cabizbaja. Se acerca al altar mayor y reza tres Ave María y un Credo. El Yo pecador se niega a recordarlo.

Es día de recogimientos. El párroco, Juan, aún la observa mientras apaga las velas y saca brillo al oro del cáliz, se acerca y la bendice.

Ella mira sus manos. Las reconoce...


Nota:  la imagen esta tomada de Google-

domingo, 31 de octubre de 2010

QUEBRANTO

.
 ¡Hace tanto tiempo que mis brazos y los tuyos
encogen sus caricias entre los pliegues de las sábanas!
¡Tanto tanto tiempo que tu espalda y la mía coinciden,
si acaso, en desorientadas ondulaciones!
Anoche, sin embargo,
entre los deseos que se agotan en insomnios
llegué a creer que mi cuerpo y el tuyo se enlazaban.
¡Pero cuán larga es la noche mientras se espera el mañana!
.
¿Sigues allí, inmóvil?...
¿O no?
¿O quizás tan sólo te imagino
mientras palpo la textura de la ausencia?
Se oye ya el día
y en tu hemisferio,
paralelo a mi piel que aún provoca,
se despereza tu pijama que, vacío de ti, encoge de abandono.
Una esquirla de luz atraviesa la ventana y corta mi sombra.
.


domingo, 24 de octubre de 2010

ES ELLA,



  pero el espejo enmascara su quebranto. Extiende abrazos transparentes, carmín en la lividez de sus labios y rubor a su desgarro; regala a sus pupilas un cielo que despierta en azules y un collar de brillos hilvanados con rayos de lunas en desvelos. Una ventana se refleja en el cristal y traspasan soles, amaneceres y verdores. Y ella, niña apagada, desnuda de sonrisas, gira su rostro hacia la noche, resistiéndose a descubrir mañanas. Se encarcela.  Enmudece. Enceguece.
El espejo apaga su brillo, desgasta su luz, se opaca, se quiebra y la imagen se multiplica. Se hace infinita su tristeza. Los estaciones se consumen y desesperan las hojas del calendario. También en ellas se desvanece el alba. Agoniza.


domingo, 17 de octubre de 2010

PIZPIRETA Y CHANGUITO



Al atardecer Pizpireta salía con la silla verde de asiento de paja y se sentaba frente al portal de su casa.
Vestía con el metro y medio de tafetta de cuadrillé en celestes difuminados que sus manos habían convertido en una falda vaporosa, con volantes ansiosos de elevarse, de alcanzar algo que tal vez ella no entendía aún pero que su cuerpo empezaba a notar. Tía Elba lo percibía y le había regalado una blusa de fina organza que insinuaba la tensión de sus decencias. Ella se sentía hermosa. Recogía su negra melena en dos trenzas que remataba con lazos rojos y se perfumaba con colonia fresca. Sólo le  disgustaban los zapatos Gomicuer, de suela de goma y presilla al costado, que daban a sus piernas todavía aspecto de colegiala.
Ella imaginaba sus pies calzados con las sandalias, que usaba su prima, de dedos descubiertos y pulserita en el tobillo. ¡Cuándo cumplas los quince!- le decía siempre su madre.
Era costumbre en el pueblo la charla entre vecinas al final de sus faenas. Mujeres perfumadas y adornadas con delantales de colores. Los hombres solían hacer sus conversaciones en la esquina de la calle bajo las amarillentas luces de las farolas. Y los niños jugaban a la ronda inundando la tarde de canciones infantiles
Changuito, el hijo del carbonero, la veía desde la acera de enfrente. Le deslumbraba su frescura. Pizpireta lo intuía.
Él se ponía un pantalón de finas rayas grises que le compró su madre en la tienda del turco.Le cubrian hasta la mediapierna. Su padre le negaba aún la condición de mayor que le hubieran otorgado los pantalones largos. Calzaba zapatillas Pampero de color azul oscuro.  A él le gustaban las blancas pero la negrura del carbón teñia hasta sus preferencias. La camisa la heredó de su hermano mayor.
Se apoyaba  en la descascarada pared de su casa. Una pierna estirada, recta, pisando con firmeza el suelo, asentando su incipiente hombría en la dureza de las baldosas. La otra, la derecha, formando un ángulo obtuso, encojida como preparada para dar un salto al tiempo. Changuito sentía el ardor de la adolescencia. Su pulsión.
Pizpireta, niña mujer, presumía y saltaba la comba. Se enredaban, entre los giros de la cuerda, el final de su inocencia y el descaro de sus muslos descubiertos en cada salto.
El encendía un cigarrillo a escondidas entre las sombras del umbral. El tabaco o su timidez le secaban la garganta.
Al oscurecer las  mujeres de coloridos delantales recogían  sus sillas y los hombres se iban  acercando a sabiendas de que se aproximaba la hora del sueño y del rezo. Las niñas deshacían la ronda mientras cantaban su última canción, "...estaba la blanca paloma, sentada en el verde limón, con el pico cortaba la rama, con la rama cortaba la flor, ¡Ay, ay , ay ...cuándo veré a mi amor!.."
Y cuando la calle se quedó vacía hasta de las sombras Changuito y Pizpireta cruzaron sus miradas y al despedirse se susurraron el primer ¡hola ! que pintó el anochecer de rubores.
El tiempo fue madurando sus cuerpos, despacito, como lo hacen las cerezas en primavera
Hubo muchas momentos  de miradas insinuantes.Y de atrevimientos en espera.
Pizpireta cambió de vestido, Changuito estrenó sus primeros pantalones largo. Ella no llevaba como antes sus zapatos de colegiala y él había recibido de su padre el permiso para vestirse de hombre.
.Pizpireta le dio color a sus labios, destejió sus trenzas y vistió su intimidad de sedas y puntillas. Y Changuito, educado hombre de arrabales se atrevió, en una noche de recatados acercamientos, a murmurarle un ¡te quiero!  y la calle se fue estrechando y se sintieron.
Pizpireta, atrevida y anhelante, ocultó sutilmente su vergüenza y Changuito dejó que sus manos necesitadas de piel encontraran los rincones escondidos de esos anhelos,
Una Dama de Noche, de una sola noche, enredada entre las rejas de una casa vieja, desplegó la blancura de sus pétalos para iluminar el primer estallido de sus cuerpos.

domingo, 10 de octubre de 2010

MUTACIÓN


La función había terminado. En la soledad del escenario él deambulaba. Sus pasos, lentos e indecisos, reflejaban su incertidumbre. Arrastraba su angustia camuflada aún tras su disfraz. El silencio, único poseedor de su verdad, era roto por el imprevisto vuelo rasante de algún murciélago confuso que habitaba la noche entre bambalinas. Miró el salón de butacas. Allí, inmóviles, despojados de su cuerpo, estaban todos los personajes que había interpretado. Ellos espectadores de su última actuación.
Sintió la mirada de todas y cada una de esas máscaras que habían cubierto su rostro, que habían ocultado su vida, arropándolo.
Debía interpretarse a sí mismo. Reconocerse. Se despojó entonces y para siempre del peso de las alas de Madame Butterflay y dejó fluir su transparencia, su verdad. Sintió el desgarro de la mutación. Y lloró. Y se estremeció. Y sonrió.
El telón desplegó lentamente su terciopelo rojo cubriendo una escenografía en donde quedaba para siempre el guión que había enmascarado su cobardía. El atrezzo de su propio engaño.
Las butacas estaban vacías. Sus personajes habían desaparecido.
Las luces se fueron apagando y allí, entre tinieblas, quedaba el fantasma de una anatomía que no le pertenecía.
Al salir vio su nombre en el cartel. No se reconocíó.
Aspiró el aire fresco de aquella madrugada y sintió el abrazo de la vida. De su vida.