
Cuando se comienza a leer una novela uno es, en ese punto inicial, un equilibrista que atravesará ese hilo conductor que media entre las palabras que nacen de su autor y esa especial curiosidad como lector. Uno es, al principio de la lectura, sólo un mero y ansioso espectador de esa obra que empieza a desentrañarse. Pero si luego la narración nos atrapa y llegamos a sentir que sus personajes nos estremecen y hay lugares comunes, reales o utópicos, donde nos reconocemos y sufrimos, soñamos, luchamos, amamos, reímos o lloramos es, entonces, cuando el alma del lector se enraiza con el alma del autor.
Es lo que he sentido al leer la novela "El porvenir es una ilusión " de Horacio Bautista Beascochea a quien debo agradecer su generosidad al hacérmela llegar y tener así el placer de disfrutarla (otra de las cosas positivas de esta virtualidad que hace que casi nos rocemos a pesar de las distancias).
La novela, excelentemente escrita, nos presenta a los personajes en una época de desconciertos en Argentina en la que luchar por los ideales además de poner en peligro la vida arrastraba consigo también la estigmatización por un entorno que, por miedo o por indiferencia, señalaba a los que se comprometían en la tarea por conseguir una sociedad más digna como terroristas. "Algo habrán hecho " solía decirse cuando alguien caía en las despiadadas garras de los que luego se ocuparían de hacerlo desaparecer "por el bien de la patria". Un lema que intentaba calar hondo en el sentimiento patriótico de un pueblo sometido y tan hábilmente manipulado por las dictaduras.
En ese entorno, el único
camino que quedaba por recorrer era la ocultación de las ideas
hasta en los círculos más cercanos. Convertirse en sombra y enfrentarse a los desafíos.
En "El porvenir es una ilusión" se hace palpable
ese camino entre la militancia y el oscuro camino de la lucha, en
donde nacen relaciones jamás imaginadas, imprevisibles actos
solidarios, encuentros entrañables que hacen que esa marcha
entre el miedo y la responsabilidad por la lucha en favor de los
derechos y libertades de un pueblo se dignifique.
Hay en la novela de
Horacio escenas bellísimas, estremecedoras metáforas del caos de una sociedad en
la que el poder atenaza la libertad y sin embargo todo sigue
transcurriendo dentro de una normalidad tenebrosamente anormal. De un tiempo en el que hasta
las raíces de las hierbas en la pampa se negaban a renacer por el terror impuesto y sin
embargo las calandrias se aferraban a las ramas secas y con su
canto despertaban esperanzas.
Esa metáfora está
hermosamente definida cuando el autor describe una fiesta circense
en el pueblo al que acuden Martín Morales “El Negro”, el
militante montonero prófugo, y el comisario. Allí y durante la actuación de unos enanos malabaristas se mezclan, en el
reducido espacio de una plaza, la alegría, el asombro, los
estruendos, el suspenso, los temores y el recelo asomándose
cauteloso entre los presentes. La vida y sus malabarismos.
La ironía de unos
sentimientos y unas relaciones contradictorias que surgen cuando la incertidumbre sobrepasa los límites del ser humano.
Hay sobre todo en las palabras de Horacio silencios que desgarran y
sonidos que muchos, acaso demasiados, aún intentan no oír.
Gracias Horacio.