"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

viernes, 7 de diciembre de 2012

NATURALEZA MUERTA




despierta el fauno
                        ruge
y el bosque se estremece
cierran sus pétalos
las flores azules
se desborda el río
 emigran sus aguas
hacia cauces extraños
se oye el crujir de las raíces
el desgarro de la orilla
 y vacía de humedades
la tierra presiente
exilio de huellas
un colibrí
extraviado
detiene el instante
y allí donde nacen
los colores del arco iris
sepulta su vuelo
 enmudece el bosque
el fauno calla
se oye el silencio infinito
la mudez del dolor
que sobrevive
a las estaciones muertas.


IMAGEN DE  GOOGLE

miércoles, 28 de noviembre de 2012

EPIFANÍA





Atendía un tenderete de libros usados en el paseo marítimo. Y Soñaba.
Sólo la separaban unos escasos metros de la orilla del mar. Miró la hora en el reloj de la iglesia, recogió su rojiza y ensortijada cabellera con un lazo y cubrió su cuerpo con un foulard azul que se confundía con el color de sus ojos.
El mar la esperaba, calmo.
 Anochecía.
 La primera estrella, la que acompaña a la luna en su asomo, parecía dibujar un haz de luz sobre la arena. Guiándola.
Iba descalza. Aligerada. Necesitaba esa sensación de levedad. De fundirse en lo intemporal.
De confundirse. De vaciarse y aspirar. De perderse... y hallarse.
Sentada en el espigón la noche la sorprende insomne. En espera.
Y el tiempo se deshace en el silencio.
Al alba una ola le devuelve su sombra extraviada. Reconoce su humedad. La de su piel. La de sus labios. Y el temblor de su cuerpo. 
Siente el gozo que sobreviene a la creación. La epifanía del alma ante el estallido del verbo.
Es ella. Gaviota, mar,  roca, salitre...


IMAGEN: DAMA AZUL - ALICIA IMAS






martes, 20 de noviembre de 2012

VULNERABLE

"Cuando una sociedad está a la espera del acontecimiento que puede extinguirla, cuando el miedo, el desamparo, la pobreza, la desherencia y la envidia de todos contra todos han llegado a un estado de madurez, comparables al de los frutos bajo el calor, una expresión secreta y ávida  aparece en la mayoría de los rasgos de los vivos que se encuentran  por las calles de la ciudad que son las nuevas selvas. Los rostros que nos rodean cargan con esa tristeza y manifiestan ese silencio que se extiende. Ese silencio, a pesar de la Historia, es decir, a causa del mito de la Historia, sigue siendo ignorante de su ferocia. Las sociedades occidentales están de nuevo en ese estado  terrible de madurez. Están en el límite de la carnicería."
PASCAL QUIGNARD   ( RETÓRICA ESPECULATIVA )






He aquí un texto que hube escrito cuando  otros miedos, en otros lugares,  me invadíeron:


ha llegado despacio, en cautela, sutilmente
juro que me había atrincherado tras los muros de lo invencible
que había preparado un brebaje que me ayudase a enfrentarlo 
si hasta oré ante la estampa de no recuerdo quién para ahuyentarlo 
que supuse que sólo era cuestión de fe, de coraje, de escudarse y vencerlo...
pero nada ha servido.

invisible

despojado de sombras que lo delatasen
ha llegado
es un segmento vertical
filoso
hiriente
que traspasa la piel
que la penetra
que aletarga el  cuerpo
e implacable 
hace un nido de espinas en el alma
está aquí conmigo
dentro de mí
y  sin piedad
me   desgarra 
y yo indefensa 
vilmente anulada
no pienso
                no soy 
enmudezco
.



sábado, 10 de noviembre de 2012

ONÍRICO



"Todo lo que vemos no es sino un sueño dentro de un sueño" - Edgar Alland Poe



anoche vi llorar a una mariposa vi la tristeza en miniatura la congoja de su alma entre paréntesis la vi inmutable sin vuelo detenida  y eran sus lágrimas rocío... acaso perlas engarzadas

anoche vi llorar a una mariposa vi la belleza del dolor y puse flores y miel en la ventana inventándole un sol que la alumbrara y apretando entre mis dedos un pétalo de rosa sequé su llanto...
ella no huyó, veló mi sueño.

miércoles, 31 de octubre de 2012

INOCENCIA




hablo de ti
de tu distancia
y la brisa huele
a tu  brevedad
y los girasoles
que abrazábamos
te presienten aún
y lloran,
lloran
lágrimas de polen
bajo un sombrero verde
Hablo de ti
de tu lejanía
y se oye
el quejido silente
del espantapájaros
que imaginábamos
el crujir de su alma
entre  las ramas secas
y de su esqueleto
entre harapos negros

hablo de nosotros 



jueves, 25 de octubre de 2012

Acuarelas




Hoy tenía ganas de salir a la calle y sentirme distinta, cambiar de peinado y oler a fragancia  nueva.  Tenía ganas de vestirme de verde. Y  busqué en aquel armario en el que yo aún guardaba  vestidos de mamá. Quería encontrar uno de color verde, tan verde  como el de las hojas del jacarandá que adornaba el patio de mi infancia y me anunciaba la primavera cuando aún no había echado sus flores violetas. Y mientras removía  aquel viejo ropero descubrí  una  caja de  madera atada con una cinta de raso roja. La caja había pertenecido a ella.  Desaté el lazo  que la envolvía y luego de acariciar su textura,  veteada en ocres y marrones,  la  abrí.  Allí  fue apareciendo, entre asombros, el mundo que mi madre había guardado para mí.  La mañana era luminosa y los colores de esos objetos que aparecían en la caja iban traspasando mi retina. Eran los colores de mis días. De mis andaduras. Colores de gélidas mañanas en aquella cocina pintada de blanco por las manos de mi padre, de  carbones  encendiéndose en el bracero y de  llamas rojizas y naranjas que entibiaban el frío violeta de la humildad y  de aquel humo gris que parecía retener el instante en una fotografía en blanco y negro. Colores de amaneceres  con olor a pan tostado, de  mermelada de fresa, de leche con chocolate  caliente, de días  de lluvia y barro,  de pies mojados y  zapatos rotos difíciles de reemplazar. Colores  de abrazos y miradas y de soles y de girasoles y de batas blanca almidonada y de paisajes  que ya había olvidado y que  redescubria en esa caja de madera guardada por mi madre. Allí estaban, ordenadas por fecha, antiguas tarjetas de navidad en las que me imaginaba entonces corriendo por aquella blancura de la nieve tan deseada por mí y tan desconocida; fotos de viajes en familia y en ellas,  detenidos, todos los azules de todos los cielos de todos los amaneceres y atardeceres juntos... aún.; un libro y entre sus páginas una ramita seca de lavanda y la delicadeza de un aroma que era para mí el olor del amor y el malva de su flor el color  del infinito; una carta con la transparencia de la adolescencia y  un  ”Te quiero hasta el fin del mundo” que asociaba entonces  aquel amor incipiente con la eternidad.   Busqué su firma y descubrí que no la había puesto. Supuse que era la metáfora de aquellos temores a la desnudez.  A los atrevimientos  que anunciaban lo aún no conocido.
 En un rincón de la caja y apenas visible, tal vez negándome la posibilidad de una lágrima, estaba mi primer cuaderno de tapas marrones y hojas lisas, quebradas y amarillentas, en donde unas ilegibles palabras parecían escritas en los peldaños de una escalera invisible. Las letras subían y bajaban en un desesperado esfuerzo por decir algo. Tal vez porque en la infancia los  días  no son  horizontales  y  los desequilibrios, todavía, no acobardan. O porque la pureza de la inocencia acepta como un entretenido juego de esfuerzo aquellos tambaleos que en la madurez nos hacen sentir  tan vulnerables
Guardé otra vez la caja  en el armario. Me puse el vestido verde,  até  mi pelo con el viejo lazo de color rojo que durante tantos años mantuvo recogido mis momentos.  Me  perfumé con una esencia que olía a naranjas recién cortadas y  a  mis siestas de primavera.  Junto a ti.  Y pinté con  rubor rosa  mis mejillas 
Salí  a la calle y sentí que  conmigo iban  todos los colores de la vida. De mi vida.  Era yo y la que fui. 
Y no eramos distintas.
.

miércoles, 17 de octubre de 2012

MÍO



Mi agradecimiento a Rossina que tuvo 
la gentileza de invitarme a este "Encuentro de los jueves"



Bámbola conocía mis secretos, mis gustos, mis aficiones y mis debilidades. Éramos amigas desde muy niñas. Solíamos sentarnos en el patio de su casa y la tarde  se nos iba casi sin darnos cuenta hasta que su madre nos avisaba que llegaba la hora de la cena. Hablábamos, mucho, y nos gustaba recrearnos en las novelas o cuentos que a esa edad nos deslumbraban. Ella me observaba cuando al entrar en el despacho de su padre, un notario muy ilustrado,  mi mirada deambulaba por las estanterías de la biblioteca que cubrían las paredes de aquel salón. Él también sabía de mi afición por la lectura.
Cumplía por aquel entonces mis doce años y dentro de la modesta economía casera y como hija mayor mis padres hicieron lo imposible por agasajarme con una humilde fiesta.Tías, primas, abuelas, algunas amigas y amigos y compañeras del instituto. Pocas, porque era yo más bien solitaria. Rara, según decía mi madre.
Cada uno de los invitados llegaba con algún regalo envuelto en papel brillante y lazos de colores que yo  abría con ilusión. Un álbum para fotos, un portaretrato, el poster de mi actor favorito, adornos para mi habitación, aros de fantasía, y alguna que otra prenda íntima que mis tías presentían que ya empezaban a serme necesarias.
Bámbola fue la última en darme el suyo. Se acercó,  puso su mano sobre mi hombro, me dio un beso en la mejilla y me lo entregó. Era un sobre, de papel apergaminado, atado con una cinta de raso que enmarcaba los vértices y acababa en un lazo en el centro. Una tarjeta y una dedicatoria: “Con muchísimo cariño y que lo  disfrutes" y un “Feliz cumpleaños” en el borde inferior junto a su firma y a la de su padre. La dedicatoria la había escrito él. Reconocí su letra. Eso para mí ya era un halago. La firma de un hombre sabio. 
Abrí, mas bien rompí aquel sobre, y tuve la sensación de ruborizarme mientras lo descubría. Lo apreté contra mi pecho. Lo abracé. Y aunque el bullicio de la fiesta no había desaparecido, por unos momentos yo me sentí maravillosamente sola, con una sensación de placer hasta entonces desconocida por mí. No había tenido jamás ese sentido de la posesión. El gozo que nacía  de fundirme en algo y acariciarlo. Saberlo mío.
La fiesta continuó entre risas, bailes y miradas. Incipientes miradas y algún que otro beso robado. Los mayores miraban de reojo. Nos cuidaban... decían. Finalizó casi al anochecer. 
Luego, y ya en mi habitación, acomodé uno a uno todos los obsequios.
El de Bámbola había quedado sobre mi mesa de noche despojado de adornos y envoltorios. Solos yo y él.  Un libro y mi asombro.  Mi primer libro nuevo.
Hasta entonces los libros que había leído eran los que, semana tras semana, sacaba de la biblioteca de mi escuela. No eran míos. Una vez leídos  se alejaban de mí  o yo me sentía obligada a dejarlos  hasta que otras manos se acordaran de ellos en aquella mudez de la estantería.
Acaricié la textura de la tapa de tela rugosa, recorrí con mi dedos todas y cada una de las letras de su nombre grabadas con tinta plateada. Pero especialmente quería olerlo. Fui abriendo sus páginas como si de un abanico se tratara. Y olía. Era el olor que yo imaginaba cuando recorría con mi mirada la biblioteca del padre de mi amiga. El olor a papel y a tinta de un libro jamás abierto.   Aspiré hondo, muchas veces. Y abrazada a él el sueño me fue venciendo

 Aún recuerdo su título, su autor, el color de su tapa, la suavidad de sus hojas pero me es imposible reproducir una sola frase del texto. A veces hasta dudo de haberlo leído. Y sin embargo me adormecía y amanecía con él entre mis manos. Tal vez porque en mi memoria quedó la sensación primera,  la de su entrega y mi gozo, y su lectura se ocultó muy dentro de mí como la parte más secreta de esa entrañable relación que establecí con él. Tan secreta y tan íntima como las de  una amada y su amante. Negándome la opción de ser desvelada. Acaso por temor a perder su esencia.
Supe por mi padre, que fue quien me lo contó varios años después cuando ya el exilio me habitaba, que alguien lo había enterrado en algún lugar junto a otros muchos libros que se fueron agregando a lo largo de mi vida. Porque  hubo  una época  en que algunos  llegaron a pensar que las palabras hacían más daño que un disparo en la sien. El lugar lo desconozco porque quien enterró mis libros hoy  ya no existe.
Hoy al escribir esta historia he vuelto a ver a aquella niña  de cabellos ensortijados y ojos asombrados, en una tarde de julio, abrazada a un libro. Suyo. La he visto feliz. Todavía.

Convocatoria los jueves un relato