"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

viernes, 26 de junio de 2009

¡NUNCA POR LA ESPALDA!


Ella no la presentía
Sin embargo, allí estaba, como un soplo, sutil, agazapada
Sin mostrarse. Anónima. Invisible. Oculta. Disfrazada.
Jugaba sin apostar. Nada. No arriesgaba, sólo quería ganar...
Sin exponer, sin exponerse.
Con pasos de fiera acechaba, siempre, amparándose en las sombras.
Para quedarse con sus vísceras, para adueñarse de lo impropio. Anulándola.


Y ella... fue haciéndose frágil, frágil, cada vez más frágil. Destruída
Pero cuando el dolor se le hizo irresistible, cuando lo suyo se le fue hacíendo ajeno, la intuyó.
Y buscó la luz para mirarla de frente. Para enfrentarla .
Ya no la encontró.
La débil palabra se había diluido. Su osamenta no resistió amaneceres.

viernes, 12 de junio de 2009

EL ENTIERRO DE LA SOMBRA


Decidió que enterraría su sombra, su propia sombra, a los pies del viejo olivo de la antigua casona de su infancia. Allí durante mucho tiempo fue cavando una calculada fosa para aquel final. Había estudiado todos sus movimientos. Al amanecer cuando el sol aparecia en el horizonte la presentía a sus espaldas, al mediodía con la verticalidad de la luz la veía empequeñecerse al final de su cuerpo, al atardecer y con la luz que se precipitaba hacia el descanso ella se le adelantaba , y por las noches la descubría, entrecortada en el jardín, entre los reflejos plateados de la luna que se asomaban a través del follaje del olivo.
Sabía de su extensión en cada hora del día, de su fragilidad en la oscuridad. Sus diferentes formas las dibujaba en un viejo cuaderno que llevaba siempre consigo. Por las noches, cuando Maria se apretujaba entre los cimientos de su soledad y la luz de la lumbre, observaba su sombra... elegante, estilizada, vestida de un siniestro color negro, impresa, pegada a los ladrillos de su vida. Fue desde siempre la geometría que acompañó su cuerpo. La vió crecer, alargarse, ensancharse y encoger hasta ocultarse como parte de un juego en el que ambas participaban. María no podia separarse de ella y la buscaba, era el ángulo desde el que arrancaban sus días, la línea paralela de su yo desprotegido de otro. Y ella, la sombra, la necesitaba para existir, para ser.
Era la única que conoció los límites de su soledad. A Maria nadie le enseñó el horizonte donde nacen los placeres, las emociones, las sensaciones, las palabras, los sonido, las caricias. Nunca amó, nadie la amó. Cuando su cuerpo ardía entre las blancas y frescas sábanas de hilo, sólo la sombra conocía de sus saciados deseos. Nuca nadie acompañó sus pasos ni su alma. Vivió sin historia. Sin calendarios marcados. Sin tiempos agotados..
Era de decisiones irrevocables. Tampoco tuvo a nadie que se las discutiera.
Se acercó hasta el pueblo, buscó al carpintero más recomendado, lo llevó hasta su vieja casona y a los pies del olivo, allí en donde el tronco se trenzaba a la tierra, le pidió que hiciera un ataud que se ajustara a las medidas de aquella fosa. Eligió la madera más noble y el lustre del barníz más decoroso. No puso reparos en cuestiones económicas.
Poco tardó el carpintero, bien remunerado por el encargo, en terminar aquel trabajo.
Era verano y la noche tardaba en llegar. Hacía demasiado calor. Maria bebió un refrescante brebaje. Enjuagó su cuerpo con un baño y sales espumosas vacías de aromas. Le bastaba el olor húmedo de la noche. Se vistió con una túnica de gasa que dibujaba su sensualidad. Apagó la lumbre de la casona, cerró puerta y ventanas y caminó descalza por el sendero que la llevaba hasta el viejo olivo.
La luna dejaba pasar la luz exacta que necesitaba su cuerpo para que la sombra, su sombra, se reflejara en el fondo de aquel ataúd, y formara con él un ángulo recto.
En el cuaderno, que la acompanó siempre, estaban dibujadas con precisión las formas de su fina anatomía y la hora exacta de la bocanada final, cuando el ángulo se cerraría para convertirse en una recta. Un huracanado viento sopló después. Y la tierra fue enterrando para siempre esta historia. Solo el olivo guarda aún, entre sus robusta y retorcidas ramas, el secreto que unió dos sombras.

martes, 9 de junio de 2009

AQUELLOS OJOS VERDES


Le habían diagnosticado miopia y debía llevar gafas. Y con ellas sus complejos a cuesta. Tenía muy pocas dioptrías, pero suficientes para que su autoestima se empañara. Su madre con desmedido cariño, le consolaba “Tienes unos ojos preciosos con o sin gafas”, y agregaba, “recuerda que los ojos son el el espejo del alma” Más de una vez le oyó repetir esa frase hecha.

Pero aquellas tiernas palabras no le servian como consuelo. Llegó a pensar que lo que le estaba ocurriendo, esa sensación de que todo se había vuelto gris, opaco, también le sucedía a su alma. Necesitaba cristales graduados que pusieran claridades a su tristeza. Pasó mucho tiempo sin mirar de frente a quienes le hablaban. Sin poder asimilarlo.
Antes de usar gafas, era ella la “Marilú” de la escuela. Sus grandes ojos verdes, casi esmeraldas y su pelo negro ensortijado le valieron el apodo. Era el nombre de una muñeca que aparecía en un anuncio publicitario. Hermosa.
Pero una mañana, alguien en la escuela, por aquello de la “agresividad infantil no consciente”, empezó a llamarle “Cuatro ojos”.
¡Sólo por usar gafas había bajado unos cuantos peldaños en el escalafón de la belleza!

Ya no era como la hermosa muñeca, ahora era “la Cuatro ojos”. Y por más que sus padres, sus abuelas, sus maestras, trataban de convencerla de que las gafas le quedaban estupendas y que hacían más atractiva su mirada, su desconsuelo era progresivo como lo era la miopía de aquellos años. Se fue transformando en una adolescente solitaria. Miraba la vida hacia abajo. Sus párpados se hicieron pesados condicionando la capacidad de asombro.
Caminaba sin interrogantes, sin curiosidades. Había dejado de mirar lo que la vida le iba ofreciendo.

Una mañana, paseando por el parque, el vuelo ascendente y descente de una abeja sobre una flor, llamó su atención. Con nitidez observó como sorbía el dulce néctar. Y mientras el insecto volaba, pudo ver la transparencias del amarillento polen suspendido en el aire. Se quedó un largo tiempo disfrutando de esa imagen. Asombrada.
Y recordó las palabras de su madre.

Limpió los cristales de sus gafas. Se habían opacado con el polen desprendido ... y se las colocó.
Levantó la cabeza y comenzó a mirar de frente, a mostrarse, con gafas y sin ellas. A descubrir el alma a través de una mirada. Y a que descubrieran la suya. Y sus ojos . “Aquellos ojos verdes, de mirada serena”...

jueves, 4 de junio de 2009

NOSTALGIA


"Nostalgia", un cortometraje de Mario Viñuela

Tal vez no seamos

tan diferentes.

Tal vez, tú y yo,

necesitemos el sonido

de una voz que nos acaricie.

viernes, 29 de mayo de 2009

INSPIRACIÓN


Necesito que me arranques de este silencio. Te necesito a tí.
Busco tu presencia .
Quiero escucharte. Que llegues como otras veces, casi en vuelos, sigilosa o repentina .
Y que me digas algo.
Algo que aún no me hayas dicho, sonidos nuevos.
Algo que nos conmueva, a tí y a mí. Que nos arrincone, que nos aisle en un tiempo inventado.
Necesito que rompamos realidades y perderme junto a tí en las antípodas.
Y crear. Imaginar.
Quiero encontrarte y que me susurres algo, algo que en el ayer se reconozca o que presienta el eco del futuro, que se conjugue en el pasado o que ponga adjetivos al presente.
Necesito que te aproximes. Que me sorprendas...que despiertes sensaciones adormecidas.
¡Te necesito, compréndeme!. No puedes dejarme vacía.
Quiero vibrar, estremecerme, emocionarme.
Envuélveme en tu magia, para sentir.
Necesito de tu germen para parir, para engendrar historias, versos nuevos. Y que nazcan palabra, y verbos y metáforas.
No tardes demasiado, mi hoja en blanco te está esperando .

Imagen: Google
.

domingo, 24 de mayo de 2009

UN CAMBIO...ACERCÁNDOSE


Ella era de costumbres fijas y movimientos repetitivos. Desde el momento en que se despertaba, cuando sus azules ojos veían la luz del día, empezaba la ceremonia de sus ritos. Tenía que bajar de la cama apoyándose siempre en el pie derecho para luego comenzar a calzarse el izquierdo. Le era imposible invertir sus movimientos. Desayunaba en el office. Nunca cambió de lugar, ni de silla. Buscaba exactamente el rincón al frente del espejo y allí se veía cada mañana. Ella dibujada, repetida, reconociéndose en el ayer. Ella y su rutina, ordenada, circular, sin transiciones. Bebía un té con leche, luego comía un kiwi. Igual cada día. Nunca cambió su manera de peinarse. Sus labios, maduros, siempre estaban pintados con el mismo rojo pasión, testimonio indeleble de sus noches de placer. Noches fieles, únicas, encarceladas en su memoria. Su perfume, sin embargo, olía a colonia infantil. Seguía usando la misma fragancia, con olor a mañanas frescas, que le ponía su madre cuando era niña. Y como en aquel tiempo, su cuerpo sólo se dejaba acariciar durante el baño por la irremplazable espuma de jabón de coco. Tenía que reconocerse en los aromas.
En el viejo sillón del salón se había grabado la forma de su cuerpo. Allí bajo la lámpara de pié se quedaba horas mirando por la ventana, haciéndo suyo el paisaje, obligándose a desconocer otro destinos. Acariciaba siempre el lomo del libro antes de leerlo. Lo identificaba. Su dedo índice recorría el texto acaso impidiendo que las frases, y las letras y los acentos y las comas y los puntos que hilvanaban aquella historia, se ahuyentaran. Era parca en palabras, las justas, para no cambiarlas por otras. Para no desgastarlas. Austera en ruidos, ningún sonido alteraba sus silencios. Caminaba muy lento, con suavidad, para no borrar sus pasos, para no perderlos. Su mano derecha rozaba cada día, antes de irse a dormir, mi mejilla izquierda. También, a mí, me había hecho intransferible. Luego tímidamente sonreía. El mismo rictus, no le conocí otro. Tal vez porque temía gastar sus gestos. Y cuando el atardecer daba la última bocanada, cuando aún el sol no se había cambiado por la luna, su frágil figura se perdía a lo largo del pasillo. Caminaba en línea recta, repetía baldosas. Y antes de cerrar los ojos, hasta que el sueño la venciera, su vista se elevaba hacia el techo... o hacia el cielo. Siempre igual, todo de la misma manera. Su tiempo tatuado en círculos concéntricos. Igual hasta que llegó, sigiloso y sin su consentimiento, un cambio. Otro trayecto. Definitivo. Irreversible.
(Para "Ella", refugiada en su monotonía, en días sin sobresaltos.)

Imagen : El sueño acercándose-Salvador Dalí

lunes, 18 de mayo de 2009

¡ CUÁNTAS COSAS NOS QUEDAN DE TÍ !


Testamento de miércoles (Mario Benedetti)

Aclaro que este no es un testamento/de esos que se usan como colofón de vida/es un testamento mucho más sencillo/tan sólo para el fin de la jornada/o sea que lego para mañana jueves/las preocupaciones que me legara el martes/levemente alteradas por dos digestiones/las usuales noticias del cono sur/y una nube de mosquitos casi vampiros.

Lego mis catorce estornudos del mediodía/una carta a mi mujer en la que falta la posdata/el final de una novela que a duras penas leo/las siete sonrisas de cinco muchachas/ya que hubo una que me brindó tres/y el ceño fruncido de un señor/que no conozco ni aspiro a conocer.

Lego un colorido ajedrez moscovita/una computadora japonesa sin pilas/ la buena radio en que está sonando/el español grisáceo de la bibicía./ ¡Ah!, la Olivetti y el cepillo de dientes/no los lego por si acaso.

Lego tropos y metáforas de uso privado/que modestamente acuñé en la tarde/por ejemplo el astillero en que reparo mis sueños/el pájaro aleatorio que surge del crepúsculo/la cortina de lluvia que miro y no descorro.

Lego un remordimiento porque es aleccionante/y un poco de tristeza porque es inevitable/también mi soledad con la ilusión/de que el jueves resuelva no admitirla/y me sancione con presencias varias.

Lego los crujidos de mis viejas bisagras/también una tajada de mi sombra/no toda porque un hombre sin su sombra/no merece el respeto de la gente.

Lego el pescuezo recién lavado/como para un jueves de guillotina/una maceta con hierbabuena/y otra con un boniato que me hastía/ya que esta cargante convolvulácea/me está invadiendo el cuarto con sus hojas.

Lego los suburbios de una idea/un tríptico de espejos que me agrede/el mar allá al alcance de la mano/mis cóleras por orden alfabético/y un breve y curioso estado de ánimo/que todavía no sé si es inocencia/o estupidez malsana/o alegría.

Sólo ahora lo advierto/en paredes y anaqueles y venas/en glándulas y techos y optimismos/me quedan tantas cosas por legar/que mejor las incluyo/en otro testamento/digamos/el del viernes.



HOY TAMBIÉN NOS HA DEJADO ROTA LA ESQUINA DE UNA PRIMAVERA.


ADIOS SEÑOR POETA.