"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

martes, 15 de abril de 2008

LA PARTIDA


Aquél niño era yo. Me lo decía casi sin atreverse a levantar la cabeza para que no viera sus ojos empañados por las lágrimas. Cogí la hoja del periódico amarillento y arrugado de tantas dobleces y le vi. El viejo abrigo que cubría su cuerpo, una hilachenta bolsa en donde su madre había conseguido ponerle unas pocas pertenencias y un gorro de lana gorda que sólo dejaba ver sus ojos. Y detrás de él, otros niños. Todos con la misma tristeza en su mirada. Abuelo levantó la cabeza y poniendo su mano sobre mi hombro, dijo- El barco estaba a punto de zarpar, sólo sabíamos que en Rusia hacía mucho frío.

domingo, 6 de abril de 2008

EMILIO Y LA PIEDRA-




Sentado a la orilla de la playa Emilio dejaba mojar sus pies por el agua que desprendían las olas al chocar contra las piedras. Como cada tarde su padre solía dejarlo allí mientras cumplía con su trabajo de refrescar el paladar a los turistas que visitaban Mar del Plata. La venta de helados y refrescos permitía observarlo de cerca para que nada le ocurriera.
Emilio era un niño solitario, observador. Allí estaba relajado. Sus grandes ojos, que asomaban tras su largo flequillo, miraban con asombro el juego que las gaviotas inventaban en el aire. Buscaba piedras y se entretenía haciendo montañitas de distintos tamaños y colores.
Con sus manos en el aire, parecía querer dibujar las diversas formas que las nubes iban tomando.
El cielo estaba rojizo allá donde se unía con el mar. Un solitario velero que asomaba en el horizonte era para él una mariposa sobre el agua. La sensibilidad de Emilio se impregnaba de olores y colores. Cada detalle le servía a su imaginación para inventar historias con las que luego creaba su propio mundo.
La roca sobre la que estaba sentado pareció moverse muy lentamente. Emilio sorprendido se puso de pie y la observó. Era extraño que una roca tan grande se moviera por sí misma. Nadie había a su alrededor que pudiera hacerlo. Puso sus manos sobre ella y creyó oír un sonido. Tampoco había allí nadie que pudiera emitir sonido.
Trató de no darle importancia a lo sucedido y se sentó nuevamente. Pero, poco a poco, fue notando un calor especial que lo envolvía. Se quitó la camiseta, mojó su cuerpo con el agua del mar y con sus manos regó la superficie de la roca para refrescarla. Tenía sueño. Se acostó. Creyó que se dormiría. Mientras, siguió mirando el cielo. Una mariposa jugaba sobre su cabeza. Cerró los ojos y entonces escuchó una voz muy especial que casi hace volar a la mariposa.
Se incorporó nuevamente. Miraba a la roca y esta vez, como entendiendo su lenguaje, la acarició. Sintió un compromiso muy especial con aquel objeto sin vida. La roca, agradecida, le ofreció su amistad y le contó largas historias que Emilio escuchó con atención. Le dijo que las gaviotas eran sus grandes amigas y que al atardecer dormían sobre ella y le hablaban de sus largos viajes; que las mariposas le hacen cosquillas con sus patitas y que ella reía mucho, mucho, y que las hormigas limpian su dura piel de los restos de comida que suelen dejar los humanos. También que las olas, sus inseparables compañeras, la lavan y la acarician para que se duerma.
Emilio casi ni pestañeaba. La conversación llegaba a su fin. La roca le invitó a que se acostara sobre ella y que le hablara de los hombres. Prometió escucharle en silencio, como hacen los grandes amigos. Luego, callaron. Emilio se quedó dormido y soñó que también él le contaba largas historias a la roca.
Cuando su padre vino a recogerlo notó en el niño un encanto especial. Emilio no podría explicarle su felicidad. La magia de la naturaleza había conseguido el milagro de la comunicación.
Antes de retirarse de la playa, Emilio besó la roca y sonrió.

sábado, 22 de marzo de 2008

EL NIÑO Y EL CONDUCTOR

Aquella tarde, como tantas otras, yo y mi perra paseábamos, mejor dicho Samy y yo que ese era el orden en el que íbamos siempre, pues nunca sabré quien sacaba a pasear a quien. Hacía mucho frío y mi cuerpo enfundado en no sé cuantos kilos de abrigo se desplazaba por unos de los laterales de la avenida Diagonal. Todo parecía normal, nada había cambiado la rutina hasta que mis ojos, que era lo único que sobresalía de la bufanda que envolvía mi cara, observaron el tremendo atasco que se estaba formando con el tráfico que a esa hora punta, aproximadamente las ocho de la tarde, transitaba por la avenida.
En principio nada anunciaba que aquel no era sino un atasco más de los que se solían producir en determinados momentos y seguí con el paseo y con mi perra. Poco a poco, me fui dando cuenta que aquello ya no era una situación normal; la gente empezaba a preocuparse. Los autobuses detenidos iban quedándose vacíos de pasajeros que preferían bajarse y caminar. Me detuve.
Mi perra me miraba como si ella también presintiera algo especial. Frente a mí estaba detenido un autobús de la línea 7, y dentro de él un niño con la mirada asustada y el conductor, que de vez en cuando se giraba y le hablaba, acaso explicándole algo que aliviara su temor por haberse quedado solo. Me acerqué a la ventanilla a la que se asomaba el niño. Me miró a través del cristal y sentí un escalofrío al comprobar que no tendría más de 8 años. No sabía el tiempo que el pequeño llevaba en el autobús, pero sus ojitos denotaban agotamiento. El mismo que parecía sufrir el conductor, que se había inclinado sobre el volante para amortiguar su cansancio. El niño me miró y yo desde fuera le saludé. Me sonrió y entonces en un intento de entretenerlo levanté a Samy y se la mostré. Se puso de pié y volvió a sonreír.
El conductor se dio cuenta y me abrió la puerta, creo que en un intento desesperado de compartir con alguien la incómoda situación que le estaba tocando vivir. Mientras, el niño se fue acercando, quizás atraído por la ternura que le transmitía la perra y, entre sollozos, me dijo que quería ir con su mamá. El conductor, adivinando mi pregunta, me dijo - ya he llamado a su madre- En la mochila del niño leí su nombre y sus señas. Entonces sentí la necesidad de solidarizarme con aquel trabajador del volante que cada día sin querer recoge tantas historias pasajeras, algunas tan especiales como ésta. Le pedí que me dejara sentar junto a Daniel, que así se llamaba el niño, y poco a poco lo fui tranquilizando. Mientras, el conductor escuchaba las noticias y de vez en cuando cogía el teléfono, en un profesional y humano intento de tranquilizar a una madre angustiada. Daniel empezaba a tener sueño, lo arropé entre mis brazos y el conductor le dio un caramelo.
-Debe tener hambre, me dijo- y noté la complicidad que se había creado entre los cuatro, y digo cuatro porque también estaba Samy. Unos golpes en la puerta del autobús nos anunciaron que la pesadilla para Daniel llegaba a su fin.
El rostro de alivio de aquella madre al ver a su hijo, la carita de alegría de éste y, sobre todo, la calidez humana del conductor, de quien ni siquiera atiné a preguntarle su nombre, no se me olvidarán. Bajé del autobús y con mi perra emprendimos el camino de regreso.
Me di vuelta para saludarle y le vi otra vez inclinado sobre el volante como queriendo no sólo borrar el cansancio, sino también la rabia. Todo esto sucedió la tarde en que los terroristas mataron a Ernest Lluch. Y Daniel también vivió la angustia dentro del autobús de la línea 7, el mismo que cada tarde cogía al salir de su clase de música para regresar a su casa.

EL ACCIDENTE


Abrumado con tanta responsabilidad, el animal había huído. Alguien le vio en la escapada. Cabizbajo, la mirada perdida, ensimismado y con paso muy lento caminaba bajo la lluvia. Hacía frío. Se detuvo y bajo un árbol se guareció en un casi desesperado anhelo de protección. Hacía mucho tiempo que nadie lo acariciaba,y allí se quedó. Pero sus ojos no dejaban de mirar hacia aquel punto desde adonde había partido. No podía abandonarla y regresó. Abrió la puerta y allí estaba, como siempre, sentada en la maldita silla. La arrimó hasta la ventana para que pudiera ver el jardín a través de los cristales y le acomodó la melena -¡Al fin has vuelto, Animal!- dijo ella.
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miércoles, 19 de marzo de 2008

El camino sin retorno

La noche había sido interminable. Papá estuvo muy molesto y a cada rato requería mi atención. A través de la persiana entreabierta me entretuve mirando aquel cielo tan negro y las estrellas que brillaban como guirnaldas. De vez en cuando oía el quejido de algún otro enfermo mezclado con el croac-croac de alguna rana que venía desde el patio y que ayudaba a que mi imaginación recreara aquella noche de verano en medio de tanto sufrimiento. Y, mientras el suero iba descendiendo y un aparato me trasmitía los latidos del corazón de papá anunciándome que todo estaba normal dentro de la anormalidad que supone estar en una sala de un hospital, recordaba. Los primeros recuerdos se me amontonaban en el cerebro y me envolvían en una especie de telaraña desde la que no conseguía hilvanar un solo pensamiento. La mezcla de paisajes, personajes, sensaciones, olores y tiempos me crearon un estado de ansiedad. Por un momento pensé que estaba soñando, pues es en los sueños en donde el tiempo y los acontecimientos no transcurren de una manera lógica. La débil voz de papá, pidiéndome que le cogiera la mano, me tranquilizó. Me senté a su lado, apoyé mi cabeza sobre su almohada casi rozando su barbilla. Me pidió que encendiera la luz, la débil luz que se transformaba en una metáfora de su salud y mirándome, con esa manera tan sana de mirar que siempre lo había identificado, me hizo entender que él también estaba recordando y juntos, muy despacio, con la voz casi apagada empezamos a cantar -“Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar, he venido por última vez…”La puerta de la habitación se abrió ,entró la enfermera a cambiar el suero . Ella, junto a mi padre y yo seguimos cantando- “ …he venido a contarte mi mal”…
Papá se fue adormeciendo, la enfermera cerró suavemente la puerta y mis recuerdos comenzaron a ordenarse. Estoy en el patio de mi niñez en alguna otra noche de verano.

sábado, 9 de febrero de 2008


CARTA A UN PAÍS Y SUS GOBERNANTES

Queridísima República Argentina , te he estado visitando durante casi dos meses, desgraciadamente no por motivos turísticos, que ya me hubiera gustado, (me siguen cautivando tus paisajes y tu gente) y a mi regreso me he sentido obligada moralmente a escribirte esta carta.
Tú, entrañable país, sé que no sabrás quien soy. Hace mucho tiempo unos “señores” me dijeron que tenía que irme y ahora son cada vez menos los que me recuerdan. Pero eso sí, los afectos que aún me quedan ¡qué intensos momentos me hacen vivir! Entre esos afectos de los que aquí voy a hablarte están mis padres, humildes, acogedores, argentinos de una clase media que ahora ha pasado a ser parte de los desprotegidos del sistema. Ellos, como tantos otros respetabilísimos ciudadanos, trabajadores de toda una vida, respetuosos de sus leyes y sus compromisos, son el último eslabón de una cadena de injusticias. Tan perversas como lo fueron en su momento las que provocaron secuestrados, torturados y exiliados. Es en ellos donde se nota, querido país, que los gobernantes que te han prometido y te siguen prometiendo un paraíso, sólo te disfrazan ante el mundo. Te han convertido en un caos, en un desorden generalizado. Eres el país del absurdo, y como tal, no hay argumentos válidos para poder sacarte de ése ovillo tan enredado en el que se han convertido todas tus instituciones. Y es por todo ello que me he atrevido a escribirte, aunque tú ya no me recuerdes como te lo he dicho al comienzo. Por la gente que aún quiero, por que eres la tierra donde nací y quiero sentirme orgullosa de ti, aunque hoy tenga un pasaporte español, he aquí mi otra carta dirigida a los que te gobiernan:

EXCELENTÍSIMOS SEÑORES GOBERNANTES.
Sra. Cristina Kischner
Sres. Ministros, Diputados, y demás responsables de la dignidad y bienestar del pueblo.

He pasado los dos últimos meses en ése país que Uds. dirigen, viviendo experiencias que espero para bien de sus ciudadanos no se repitan. Y he aquí mi pregunta, motivo principal de ésta carta ¿saben Uds. cuantos enfermos se mueren en los hospitales por falta de recursos? ¿Tienen información de la falta de asistencia de mutuales como el I.O.S.E.( INSTITUTO OBRA SOCIAL DEL ESTADO , (o del EJÉRCITO que más da) que ha dejado a miles de enfermos desamparados? ¿Enfermos que durante años trabajaron para el estado haciendo sus aportaciones tal como mandaban las leyes y que ahora, como en el caso de mi padre con una enfermedad crónica en su fase final y cuando sólo necesita para tener una muerte digna un aparato para poder suministrarle un alimento, se le niega?
Les informo que a lo largo de los 60 días que he estado allí he enviado 5 expedientes a las oficinas del I.O.S.E con sede en Río Cuarto, expedientes que luego y según nos informaba pasaban a las oficinas de la delegación en Córdoba y lo que en teoría se otorgaba, luego se le denegaba. No hemos recibido ni una las asistencias obligatorias ni ayudas económicas de esta mutual, y me equivoco cuando digo ayuda porque todo lo que mi padre necesita ya está pagado a lo largo de tantos años de aportaciones.
Señores gobernantes, desde la sala del hospital adonde mi padre se muere por que una institución del estado se niega a darle algo (reitero, ya pagado ) que mitigaría su sufrimiento, he tenido la ocasión de ver a la Sra. Presidenta recibiendo a la bellísima modelo Naomí Campbell y no he podido reprimir mis náuseas.
Las leyes y la ética médica, creo entender, establecen que cuando se deja morir a alguien expresamente, por falta de asistencia o privación negligente de alimentación, aún cuando ésta hubiera de suministrarse de manera artificial, se está cometiendo un grave delito contra la vida. ¿Asesinato?
Señores representantes, espero que se hagan eco del contenido de esta carta no sólo para que mi experiencia personal sirva para solucionar éste problema, sino para que muchos enfermos sean tratados como exige la dignidad de las personas. Cuando esto suceda, recién entonces tendré el enorme placer de recomendar que visiten ése, por otros motivos, maravilloso país que es Argentina.

A vuestra entera disposición

(Imagen: Manuscrito bizantino del siglo XII en el que está escrito el Juramento Hipocrático en forma de cruz. Biblioteca Vaticana)

sábado, 1 de diciembre de 2007

El infierno


No, esto es el infierno. Me lo dijo convencido, sin mirarme a los ojos, apenas cruzamos la puerta. Salimos. La mañana de primavera era diáfana. El olor de los jazmines inundaba el patio y los jilgueros que chapoteaban con sus alas en la fuente me hicieron creer en el paraíso. Pero, cuando le vi a la sombra de un olivo, sentado en aquel banco verde, adormecido por la serenidad del paisaje, con la mirada perdida y su blanca cabeza inclinada sobre su pecho, como soportando el peso de una vida, me dije ¡sí, esto es el infierno!.