
Eligió acomodarse en el horizonte. Transgredir el trayecto de lo razonable, de la verticalidad. Cansado estaba de ser una sombra más en el círculo de las miserias asfaltadas. Desafiando las leyes naturales decidió poner sus ojos a la inversa. El caparazón de una caracola imaginada le sirvió para apoyar su desafío. Quería encuadrar la eternidad en su mirada, encontrar un espacio sin puntos que lo sobresaltaran. Desde ese paradigma le bastaba elevar apenas sus brazos para rozar las tentaciones del paraíso pero escondia sus manos entre los pliegues de su desnudez privándolas del placer. Había huído hasta de los gozos palpables. La luna nueva encogía aún más su interrogante curvatura para dar cobijo a su albedrío. De espaldas a la existencia se alojó allí adonde el tiempo se mide en asombros. La brevedad del parpadeo de los insectos eran los compases de su reloj vital. Fue desde entonces y para siempre un habitante de ese no lugar en donde las fantasías hechan raíces. Un morador de la sinrazón .
“La razón, para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de una locura irónica”.
Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam