"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

jueves, 30 de diciembre de 2010

EL ÚLTIMO PÉTALO


A Beatriz le gustaba mirar el jardín apenas se despertaba. Cuando aún jugaban las gotas de rocío sobre las hojas, cuando se deslizaban lentamente algunas y otras se precipitaban al vacío esparciendo sus partículas húmedas sobre las ramas que se iban vaciando de verdes, ella corría hacia un costado las finas cortinas que permitían la entrada del amanecer y observaba como el gélido invierno iba desnudando las flores sin piedad.
Escuchaba música clásica mientras repasaba los sueños nocturnos y se abandonaba a ese estado de placidez que sobreviene tras los primeros instantes de la vigilia.
Su madre, en la cocina preparaba el desayuno. Olía a café la casa. Y a jabones frescos de duchas recientes.
Beatriz esperaba su llamada
-Hija, el desayuno está listo- y ella con un perezoso ¡ya voy!, se desplazaba por el pasillo .
La repetición de esta ceremonia no le deparaba ninguna sorpresa, la imagen era siempre la misma. Su madre con la bata azul, el rosario sobre la mesa, la canasta de mimbre con frutas frescas de la época y las viejas tazas de loza china, esperando el café caliente. Y ella, mientras, se distraía observando la originalidad en el grabado de esas tazas, hecho con finos pinceles y tintas rojas que enlazaban damas con pamelas y racimos de flores.
-Regalo de papá - decía su madre, cuando percibía su curiosidad, mientras arrimaba la silla de asiento mullido en la que solía sentarse su padre hacia la cabecera de la mesa y sobre ella  colocaba  la taza vacía en la que él bebió siempre su té de poleo.
Nunca pudo convencer a su madre de que su actitud era innecesaria, que igual lo recordaban.
La gata, a sus pies,  comía las migas del panecillo  untado de manteca que caían al suelo.  Ella la había acostumbrado.
Y rezaba antes de sorber su café.
Una mañana faltaron en el jarrón las flores frescas con las que decoraba la mesa. Era lo único que diferenciaba aquel desayuno al de otros días.
No has puesto flores, mamá- le dijo
Ella no contestó. La miró con una tímida sonrisa, tal vez, así lo creyó Beatriz, porque al final se había convencido que a ella le disgustaban las fragancias de las rosas durante el desayuno.
Recogió la mesa y con pasos cansinos y la curvatura de su espalda dibujando la línea descendente de la vida salió al jardín. Al regresar le acarició su frente, la besó y le dijo:
-Éste es el último pétalo, el que ha sobrevivido al final de la vida del rosal- y lo introdujo entre las páginas del libro que Beatriz leía.
Sabes- continuó- los recuerdos surgen a veces desde la soledad de una silla, desde una taza de café vacía, o de un pétalo de rosa guardado en un libro.

Era la última noche del año.
Beatriz oía las voces de sus hijos que la llamaban para el brindis. Empezaban a sonar las campanadas que daban la bienvenida al nuevo año y sintió la necesidad de asomarse al jardín. En el rosal despertaban nuevos brotes.
Cerró el libro y lo guardó otra vez en la vieja biblioteca. Allí estaba aún el pétalo de aquella rosa y sus recuerdos.
La gata buscaba las migas en el suelo. A su manera también recordaba.

Imagen: google.

Os deseo un futuro en paz


sábado, 18 de diciembre de 2010

CUENTO DE NAVIDAD


 El reino de lo inalcanzable                       

Weñatugú era un reino en el que sus pobladores se distinguian por su pequeña estatura. Los weñatugúes vivían en un prado rodeado de altas montañas a las que nunca pudieron acceder. Sus piernas tan cortas le impedían llegar a las alturas. No conocían la salida del sol ni su ocaso porque su mirada no sobrepasaba ni tan siquiera los montes más bajos del lugar. Sólo se dedicaban a pescar en el río y a labrar la tierra para conseguir sus alimentos. Pero su ilusión fue siempre poder asomarse a aquel mundo que desconocían, suponiendo que allí se encontraba el bienestar, la alegría, la felicidad y entristecían ante la imposibilidad de alcanzarlo.

Una mañana los Reyes de Weñatugú para alegrar a su pueblo reunieron a todos los brujos del lugar anunciándoles la llegada de su nuevo vástago y les pidieron que con sus conjuros hicieran posible que aquel hijo que esperaban tuviera las piernas tan altas como el ciprés más viejo del lugar.

Todos se pusieron a inventar pócimas y celebrar aquelarres y sesiones de magia. Sabían que aquel que lo consiguiera sería gratificado por el rey con el puesto de honor de brujo de la corte. El curandero oficial aconsejó a la reina madre reposo absoluto para que el feto extendiera mejor  sus piernas. Todos colaboraban para la consecución felíz de aquel deseo.

Una noche de luna llena se anunció a los weñatugúes que se aproximaba la llegada del nuevo ser. Los brujos encendieron fogatas inmensas en cada una de las calles del reino y las hadas soplaban para que las llamas se elevaran lo más alto posible. Eso era, según ellos, un buen presagio. Los magos hacían que cintas de diversos colores se tensaran verticalmente en el aire y se dibujaba un largo arco iris en dirección al cielo y los duendes saltaban sin cesar entre las matas en un intento de que el sueño de sus reyes se hiciera realidad.

El niño nació aquella noche, rebosante de salud y con las piernas considerablemente más largas. El festejo por la llegada del príncipe Patilarga duro días y días. Era inmensa la alegría en el reino. Todos confiaban que la vida ahora iría cambiando con la llegada de nuevas generaciones.

El príncipe fue creciendo y conseguía lo que los demás siempre habían anhelado. Llegar hasta lo imposible. Hasta aquello que todos asociaban con la felicidad.

La noche de Navidad el rey y la reina como agradecimiento a los habitantes de Weñatugú le encargaron a su hijo, que era el único que lo podía hacer, que adornara el ciprés más alto del reino para colgar allí todos los regalos. Enormes cajas envueltas en papeles brillantes colgaban de sus ramas.

Esa noche se congregaron los weñatugúes alrededor del árbol felices de la idea que había tenido su Señor. El rey pronunció un discurso en el que  pidió a  sus vasallos que recogieran sus regalo. En los ojos de cada uno de ellos se reflejó de repente el desencanto y la frustración ante lo imposible. Cómo llegar hasta allí si su altura se lo impedía.

También el Rey pidió a su hijo que recogiera las flores del jardín para adornar la mesa, pero el príncipe no podía porque a su cuerpo, aún inclinado, le resultaba imposible llegar hasta el suelo y sus piernas no le permitían, ni tan siquiera, sentarse alrededor de la mesa para reunirse con sus padres y sus hermanos en la cena de Navidad. Tampoco podía besar a su madre, ni recibir una caricia. Las desconocía.
Patilarga enfermó entonces de angustia y los pobladores entristecieron al ver que la salud de su príncipe peligraba.

Entonces el rey leyó una proclama en la que se solicitaba a los brujos, los magos y los duendes que se reunieran en el bosque y otra vez celebraran sus aquelarres, prepararan brebajes y pócimas mágicas para que el príncipe curara y que sus piernas fueran como la de todos los weñatugúes.

Y el príncipe Patilarga volvió a la normalidad, se enamoró de una hermosa plebeya, la más pequeña del reino, y fueron felices y en la plaza central del reino hubo otra vez un abeto pequeño en donde todos pudieron recoger sus regalos.

Los Reyes orgullosos de su pueblo ordenaron al cartero real de Weñatugú que distribuyera por el caserío un escueto mensaje navideño “La felicidad no es potestad de lo imposible, sino de nuestra voluntad para conseguirla "

Paz, salud e imaginación para ser felices . Con cariño para vosotros.
Beatriz
                         

                                        

jueves, 9 de diciembre de 2010

ALABANZA DEL ASOMBRO



Me asombra
el frágil esqueleto de la hormiga
su incansable andadura y su coraje
en la rama  una hebra de rocío
 y la araña tejiendo su equilibrio
del colibrí su tiempo y desespero
del águila la danza de su vuelo
de la existencia
 el llanto que la anuncia
y la mueca
que indolente la adormece
el sueño y el ensueño
el vals de lo prohibido
el amor y el desafío
lo creíble y lo increíble
la hondura del recuerdo
lo fugaz, lo eterno y el instante
la soledad del poeta, su elocuencia,
la desnudez de su alma en cada verso
y el vértice profundo del silencio.
¡Ay!, cómo me asombra de la vida
la audacia del reverso
y el eterno reposo de su sombra.


Imagen :  Asombro de Ruby Yunis, artista visual pintora y dibujante chilena

sábado, 27 de noviembre de 2010

ONIROMANCIA

                                                   El sueño es una escritura y muchas escrituras no son más que sueños-
                                                                                                                                                 Humberto Ecco

Secuencias:

el río pasa y sus aguas se renuevan;

y en la hierba, debajo del árbol que nos oculta, nos arropan hormigas de miel, untuosas, envolventes;
y despiertan los querubines que juegan entre aromas nocturnos, y se asombran...
mientras, el río pasa y se renueva;


y yo sostengo entre mis manos una manzana roja, muy roja, de textura brillante, de las que incitan a morderla; y en la rama más alta del árbol un pájaro agita sus alas de arco iris anunciando al universo ese instante de calma, en el que tú y yo mordemos la manzana y nuestras bocas se acercan
mientras, el río pasa y se renueva;


y llueven anheladas lluvias y sobre la hierba mi cuerpo, alumbrado, se estremece entre las hormigas de miel. Se duermen los querubines, se aquietan las alas del pájaro
y las aguas del río crecen, se desbordan;


y busco los restos de la manzana mordida y las huellas de la serpiente que vi arrastrándose antes de que llegara el diluvio.
Antes de que te marcharas del jardín. Justo antes de despertarme.


Imagen:  google

sábado, 20 de noviembre de 2010

LONTANANZA

                                                          ...si pudiera
    despertar en primavera
    y asombrarme
    cuando se desperezan
    los pétalos de una rosa
    en tu jardín
    estaría aún contigo.
 
    ...si pudiera,
    si fuera posible
    desandar lo transitado
    acaso, en tu rosal,
    tan sólo encontraría
    el frágil esqueleto
    de la distancia.





domingo, 14 de noviembre de 2010

EN OTRO LUGAR, EN OTRO TIEMPO.

Casi sin darme cuenta envejecimos juntos;
los abriles
el gemido que acunaba la distancia
el pertinaz mordizco de lo ausente
y el camino que retuvo, invertida,
mi sombra entre los álamos.
Y aquel olor a lluvia de otras lluvias
y el columpio en el patio
y el ceibo y el naranjo
mis trenzas y tus besos
y los vientos del sur y mi inocencia
el boceto inacabado del regreso
y las hilachas de mi cuerpo,
sin darme apenas cuenta,
ya se han arrinconado en la maleta.
Allí donde encanece este destierro
y las estaciones extrañan su destiempo
yo envejezco.

lunes, 8 de noviembre de 2010

DÍA DE GUARDAR


Es domingo. Día de guardar. En el pueblo los vecinos desfilan, incesantes, hacia la misa de  once. Mantillas negras cubren a señoras empolvadas y viudas de riguroso luto; blancas y vaporosas, de encajes suaves, adornan las melenas de las casaderas. Los hombres recios y lustrosos se agrupan durante el trayecto para charlas informales. Es el día en que se quitan los pecados del mundo. Domingo de confesiones, Padrenuestros,  Ave Marías,  Credos  y... la Paz está con tu espíritu.

María, la hija de Pedro, el herrero, vive en la parte más humilde y alejada del pueblo. Allí donde los pecados son más pecados sólo por que nacen entre el barro y los techos de zinc. Huérfana de madre y  la mayor de cinco hermanas.   Hoy se levanta más temprano para hacer las faenas y luego ser bendecida por Dios. Se viste de blanco. Absoluto. Algodones desgastados de tanta lavandina. Camina rumbo al templo con la cabeza encogida sobre su pecho. Es bella y la mantilla realza su belleza

Desde la puerta de la parroquia el religioso reconoce la armonía de ese cuerpo que se aproxima. Espera su llegada y anuncia a los feligreses el comienzo del sermón. María se arrodilla en la última fila. Advierte las suspicacias y las miradas. Entre sus manos se deslizan uno a uno los misterio del rosario. Los gozosos y los dolorosos. Nunca se confiesa. No quiere que la comunión borre el recuerdo de su pasado. No pide perdón porque con ese recuerdo vive y sueña. ¿Acaso la felicidad es un pecado?, se pregunta.

Terminada la misa, los fieles, de almas ya limpias y santiguados, se reunen en la plaza a comentar los últimos casamientos y bautismos. Que de amores ocultos, ni  de María, nadie se atreve a hablar frente a la casa santa.

En las calles van enmudeciendo los sonidos del domingo. Ella sigue allí, dentro, cabizbaja. Se acerca al altar mayor y reza tres Ave María y un Credo. El Yo pecador se niega a recordarlo.

Es día de recogimientos. El párroco, Juan, aún la observa mientras apaga las velas y saca brillo al oro del cáliz, se acerca y la bendice.

Ella mira sus manos. Las reconoce...


Nota:  la imagen esta tomada de Google-

domingo, 31 de octubre de 2010

QUEBRANTO

.
 ¡Hace tanto tiempo que mis brazos y los tuyos
encogen sus caricias entre los pliegues de las sábanas!
¡Tanto tanto tiempo que tu espalda y la mía coinciden,
si acaso, en desorientadas ondulaciones!
Anoche, sin embargo,
entre los deseos que se agotan en insomnios
llegué a creer que mi cuerpo y el tuyo se enlazaban.
¡Pero cuán larga es la noche mientras se espera el mañana!
.
¿Sigues allí, inmóvil?...
¿O no?
¿O quizás tan sólo te imagino
mientras palpo la textura de la ausencia?
Se oye ya el día
y en tu hemisferio,
paralelo a mi piel que aún provoca,
se despereza tu pijama que, vacío de ti, encoge de abandono.
Una esquirla de luz atraviesa la ventana y corta mi sombra.
.


domingo, 24 de octubre de 2010

ES ELLA,



  pero el espejo enmascara su quebranto. Extiende abrazos transparentes, carmín en la lividez de sus labios y rubor a su desgarro; regala a sus pupilas un cielo que despierta en azules y un collar de brillos hilvanados con rayos de lunas en desvelos. Una ventana se refleja en el cristal y traspasan soles, amaneceres y verdores. Y ella, niña apagada, desnuda de sonrisas, gira su rostro hacia la noche, resistiéndose a descubrir mañanas. Se encarcela.  Enmudece. Enceguece.
El espejo apaga su brillo, desgasta su luz, se opaca, se quiebra y la imagen se multiplica. Se hace infinita su tristeza. Los estaciones se consumen y desesperan las hojas del calendario. También en ellas se desvanece el alba. Agoniza.


domingo, 17 de octubre de 2010

PIZPIRETA Y CHANGUITO



Al atardecer Pizpireta salía con la silla verde de asiento de paja y se sentaba frente al portal de su casa.
Vestía con el metro y medio de tafetta de cuadrillé en celestes difuminados que sus manos habían convertido en una falda vaporosa, con volantes ansiosos de elevarse, de alcanzar algo que tal vez ella no entendía aún pero que su cuerpo empezaba a notar. Tía Elba lo percibía y le había regalado una blusa de fina organza que insinuaba la tensión de sus decencias. Ella se sentía hermosa. Recogía su negra melena en dos trenzas que remataba con lazos rojos y se perfumaba con colonia fresca. Sólo le  disgustaban los zapatos Gomicuer, de suela de goma y presilla al costado, que daban a sus piernas todavía aspecto de colegiala.
Ella imaginaba sus pies calzados con las sandalias, que usaba su prima, de dedos descubiertos y pulserita en el tobillo. ¡Cuándo cumplas los quince!- le decía siempre su madre.
Era costumbre en el pueblo la charla entre vecinas al final de sus faenas. Mujeres perfumadas y adornadas con delantales de colores. Los hombres solían hacer sus conversaciones en la esquina de la calle bajo las amarillentas luces de las farolas. Y los niños jugaban a la ronda inundando la tarde de canciones infantiles
Changuito, el hijo del carbonero, la veía desde la acera de enfrente. Le deslumbraba su frescura. Pizpireta lo intuía.
Él se ponía un pantalón de finas rayas grises que le compró su madre en la tienda del turco.Le cubrian hasta la mediapierna. Su padre le negaba aún la condición de mayor que le hubieran otorgado los pantalones largos. Calzaba zapatillas Pampero de color azul oscuro.  A él le gustaban las blancas pero la negrura del carbón teñia hasta sus preferencias. La camisa la heredó de su hermano mayor.
Se apoyaba  en la descascarada pared de su casa. Una pierna estirada, recta, pisando con firmeza el suelo, asentando su incipiente hombría en la dureza de las baldosas. La otra, la derecha, formando un ángulo obtuso, encojida como preparada para dar un salto al tiempo. Changuito sentía el ardor de la adolescencia. Su pulsión.
Pizpireta, niña mujer, presumía y saltaba la comba. Se enredaban, entre los giros de la cuerda, el final de su inocencia y el descaro de sus muslos descubiertos en cada salto.
El encendía un cigarrillo a escondidas entre las sombras del umbral. El tabaco o su timidez le secaban la garganta.
Al oscurecer las  mujeres de coloridos delantales recogían  sus sillas y los hombres se iban  acercando a sabiendas de que se aproximaba la hora del sueño y del rezo. Las niñas deshacían la ronda mientras cantaban su última canción, "...estaba la blanca paloma, sentada en el verde limón, con el pico cortaba la rama, con la rama cortaba la flor, ¡Ay, ay , ay ...cuándo veré a mi amor!.."
Y cuando la calle se quedó vacía hasta de las sombras Changuito y Pizpireta cruzaron sus miradas y al despedirse se susurraron el primer ¡hola ! que pintó el anochecer de rubores.
El tiempo fue madurando sus cuerpos, despacito, como lo hacen las cerezas en primavera
Hubo muchas momentos  de miradas insinuantes.Y de atrevimientos en espera.
Pizpireta cambió de vestido, Changuito estrenó sus primeros pantalones largo. Ella no llevaba como antes sus zapatos de colegiala y él había recibido de su padre el permiso para vestirse de hombre.
.Pizpireta le dio color a sus labios, destejió sus trenzas y vistió su intimidad de sedas y puntillas. Y Changuito, educado hombre de arrabales se atrevió, en una noche de recatados acercamientos, a murmurarle un ¡te quiero!  y la calle se fue estrechando y se sintieron.
Pizpireta, atrevida y anhelante, ocultó sutilmente su vergüenza y Changuito dejó que sus manos necesitadas de piel encontraran los rincones escondidos de esos anhelos,
Una Dama de Noche, de una sola noche, enredada entre las rejas de una casa vieja, desplegó la blancura de sus pétalos para iluminar el primer estallido de sus cuerpos.

domingo, 10 de octubre de 2010

MUTACIÓN


La función había terminado. En la soledad del escenario él deambulaba. Sus pasos, lentos e indecisos, reflejaban su incertidumbre. Arrastraba su angustia camuflada aún tras su disfraz. El silencio, único poseedor de su verdad, era roto por el imprevisto vuelo rasante de algún murciélago confuso que habitaba la noche entre bambalinas. Miró el salón de butacas. Allí, inmóviles, despojados de su cuerpo, estaban todos los personajes que había interpretado. Ellos espectadores de su última actuación.
Sintió la mirada de todas y cada una de esas máscaras que habían cubierto su rostro, que habían ocultado su vida, arropándolo.
Debía interpretarse a sí mismo. Reconocerse. Se despojó entonces y para siempre del peso de las alas de Madame Butterflay y dejó fluir su transparencia, su verdad. Sintió el desgarro de la mutación. Y lloró. Y se estremeció. Y sonrió.
El telón desplegó lentamente su terciopelo rojo cubriendo una escenografía en donde quedaba para siempre el guión que había enmascarado su cobardía. El atrezzo de su propio engaño.
Las butacas estaban vacías. Sus personajes habían desaparecido.
Las luces se fueron apagando y allí, entre tinieblas, quedaba el fantasma de una anatomía que no le pertenecía.
Al salir vio su nombre en el cartel. No se reconocíó.
Aspiró el aire fresco de aquella madrugada y sintió el abrazo de la vida. De su vida.

jueves, 23 de septiembre de 2010

QUE NO SE APAGUEN SUS VOCES




La gata relamía sus patas, se desperezaba y la miraba. Siempre la miraba. Y Rosa percibía la dulzura de esos ojos verdes espiándola, acompañándo sus momentos.
Tendió la última prenda en el tendedero. El día despertaba radiante. Juan y los niños le dieron un beso antes de partir.
-Siempre con el tiempo justo- dijo, y ellos rieron. Era su frase de todas las mañana a la que agregaba cuando iban traspasando la puerta- ¡Los quiero!-
El colegio de Marc y Julia le quedaba de paso hacia la editorial y él se encargaba de llevarlos.
Dejó en el cuarto de plancha la ropa que había descolgado y miró el reloj. Ya no tenía tiempo de doblarla.
La gata refunfuñaba. Le disgustaba quedarse sola. Precisamente por ello Juan la llamó Soledad .
Cogió el bolso, regresó a la cocina a beber un vaso de zumo, de prisa como siempre, y cuando se dirigía a la puerta de salida se fijó en la hora que marcaba el reloj de pared. Lo hacía también cada día y como cada dia marcaba las siete y cuarenta y cinco. El metro le quedaba muy cerca y en quince minutos llegaba a su trabajo. Sus clases en el Instituto empezaban a las ocho y media. Le gustaba llegar unos minutos antes y repasar el periódico que Don Julio, el kiosquero de la esquina, le dejaba cada día sobre su escritorio.
Despúes de la desaparición de Martín el profesor de psicología, en extrañas ciscunstancias, leía los titulares con la esperanza de encontrar alguna noticia alentadora.
Aquella mañana le tocaba enfocar la clase hacia los poetas de la generación del 27. Poesía y exilio,
Cernuda, Altolaquirre, Lorca... Dejó toda la bibliografía que había traído para desarrollar el tema sobre el escritorio y se entretuvo viendo pasar la vida a través de la ventana. Mientras, los alumnos se entretenían aún en el patio.
Sóno el timbre que anunciaba el comienzo de la jornada. De pie apoyada en el marco de la puerta esperaba que ellos fueran llegando al aula.
Pero su clase no empezó.
Alguien de repente le tapó los ojos y la boca. Creyó que se trataba de una broma de alguno de sus compañeros. Y pronunció varios nombres tratando de descubrirlo.
A pesar de las tinieblas que envolvían el país, había algún momento de evasión.
Inmediatamente sintió que la elevaban del suelo y como conocía perfectamente cada baldosa del Instituto, supo que su cuerpo era sacado por la ventana hacia la calle. Era imposible que profiriera algún grito. Estaba amordazada. No era una broma.
Ni una voz, ni un sonido. Sólo el sordo ruido de su cuerpo que se estrellaba sobre algo que no podía precisar. Y el sonido de una puerta que se cerraba.
Y luego... un motor que se ponía en marcha. Aunque se resistía a pensar en lo peor no pudo dejar de recordar a Martín, su compañero de fatigas en el Sindicato de Profesores de Institutos. Ambos trabajaban para conseguir calidad y reconocimiento en la labor del docente. Intentó convencerse, por puro mecanimo de defensa, de que se trataba de un error y que aquel susto se aclararía muy pronto.
El motor del coche se silenció y su cuerpo, mudo y enceguecido, sintió el roce de unas manos rudas que lo empujaban, a lo que ella supuso, el interior de una casa. Intuyó que ya era de noche y que el trayecto había sido largo.
Ya en el interior, le quitaron primero la venda de los ojos y luego la que amordazaba su boca. Alcanzó a ver a los autores de lo que ella había pensado, en un primer momento, que era un juego de sus compañeros. Al principio le costaba enfocar bien aquellos rostros desconocidos. Estaba en una sala húmeda, oscura, tenebrosa. Balbuceó, inconsciente de la gravedad: -Tengo clase a las ocho y media, mis alumnos me esperan-
-Aquí también te están esperando.- le dijeron y abrieron una puerta. Olía a sangre... creyó ver un cuerpo desfalleciente. No le reconocía, sus ojos amoratados, sus labios sangrantes e inflamados, le faltaba un diente, sin las gafas, desnudo. Pero él estiró sus manos como queriendo acariciarla ... y lo vio. Era Juan. Gritó, pero sus gritos tambíen se ahogaron. Un fuerte golpe y una pregunta, y más golpes y preguntas. Furia e impotencia. Y dolor, mucho dolor en el alma.
Era un idioma desconocido el de aquellas fieras.
No pudo contestar, no sabía que decir. No tenía nada que decir. Y abrieron otra puerta. Allí alcanzó a ver a Marc y Julia. Sus hijos sobre la falda de alguien que los acariciaba, que los besaba en medio de aquel infierno. Y estaba tambíén agazapada, estremecida entre las piernas de aquel monstruo, Soledad. Indefensa. Sintió su maullido y la carcajada de aquel monstruo.
No podía articular palabra alguna ante semejante barbarie. Se desvanecíó.
Despertó en otra sala, terriblemente dolorida. Habían usado su cuerpo para descargar sus instintos de bestias.
Imposible precisar el tiempo que pasó desde aquel día. Ya no hubo tiempo. Ni espacio reconocible. Sólo horror y un único objetivo, destruir su identidad, anularla, enloquecerla. ¡Por nada!, ¡porque sí!. O tal vez por aquello de lo que ellos no eran capaces. Pensar, sentir.
No volvió a ver a su marido, ni a sus hijos, ni a dar clases en el instituto. La dejaron sin mañanas
Quedó pendiente su última clase “ La muerte de Lorca”.
El asesino apretó ocho veces el gatillo. A su gata le quitaron las siete vidas. Una a una, sin piedad.
Rosa no alcanzó a oir el último disparo.
A Soledad no le gustaba quedarse sola .



If it be your will (Leonard Cohen)-voz: Anthony

jueves, 16 de septiembre de 2010

EN SILENCIO

A Diana H. y sus silencios


El poeta insomne
aguarda la brisa
la caricia de entretiempos
que eleve sus silencios
hasta la cima en donde descansa Céfiro.

Furia en equilibrio
viento enamorado
que madura sílabas adormecidas
en el regazo de Flora.

El aura
serena
atraviesa estaciones
abre las puertas de la noche
y con suspiros de abril
empuja la palabra gestada
adormeciendo la angustia del vacío.

Mientras...
El poeta no descansa.
En silencio
espera.
-
Imagen: Google

viernes, 3 de septiembre de 2010

PLENA



Ella venía hacía mí. Buscando mi piel.
Se desplazaba ondulante, espumosa. Venía hacia mí.
Yo la esperaba encogida, como una caracola, vacía, deshabitada de mí. Sólo piel, piel desnuda esperando en la arena.
Deshabitada de pensamientos, de recuerdos, de sonidos que perturbaran el encuentro entre su furia blanca y mi vacuidad.
Ella se acercaba con giros desconfiados, amenazantes, huidizos, pero buscándome. Necesitada de mí.
Yo la esperaba, necesitándola.
Esperaba su tacto envolvente, sus partículas inundando mi geometría plana, buscando mis vértices ocultos. Descubriéndome.
La noche era noche entera. Noche de entrega y de abandonos.
Y me dejé arrastrar por su furia de amante desbocada. Sentí los latidos de su espuma dentro de mi piel ahuecada. Penetrándome
¡Sentía! . ¡Me inundaba!. ¡Me habitaba!
Ella rugía en su dominio. Era poderosa en su saciedad.
Y yo, piel ya colmada, me dejé envolver por sus abrazos entre sábanas de algas.
Plena.
La noche se hizo larga, bondadosa.
Suficientemente bondadosa para crear.
Al alba el mar estaba sereno.
Fotografía: Beatriz ( verano 2010)

lunes, 16 de agosto de 2010

SED


Ella está allí, sola, en el umbral del ajimez. Su cuerpo desvelado, cómplice con el insomnio de la noche, exhibe su frenesí, su erguida desnudez. La orfandad de su gozo tiene ansias de lluvias. Las luciérnagas fogosas iluminan ese desespero y trazan huellas de luces para amantes extraviados. Es infinita su espera, insoportable su sed. Al alba su cuerpo envejece de sequías y las sábanas acarician su decadencia. El paisaje está yermo.

Allí en ese mismo paisaje una hoja sujeta su fragilidad a una rama huérfana de brotes. Erecta aún, desafía la gravedad. La luna, menguando su luz, adormece su pena y una araña solidaria teje sus hilos para evitarle el desgarro. Sedienta de rocíos busca el beso de otra hoja que ya no está. La rama seca la despide. La tierra generosa abre sus surcos y la arropa. La higuera ha muerto.
La hoja y el cuerpo presienten el abandono.
BEATRIZ-
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Nota: esta fotografía es obra de Javiera Miraglia, de su mirada y de su arte. Es parte de una serie limitada. Tanto en forma particular así como también las galerías que pudieran estar interesadas pueden ponerse en contacto a través del facebook, blog o emails esquelense67@yahoo.com.ar, baulvirtual@gmail.com.-

lunes, 26 de julio de 2010

LA BREVEDAD DE LAS ESTACIONES


Regabas unos geranios que aquel verano se negaban a florecer
¡Qué implacable es la brevedad de las estaciones!- dijiste de improviso, dándole el justo valor al tiempo del verbo que usabas.
Yo, recostada en mi vieja tumbona, evité tu mirada y me distraje con el juego de deslices desafiantes de las nubes, con el balanceo de las ramas nuevas que al rozarse acariciaban sus brotes, pezones tiernos de la vida.
Me negaba a querer entenderte.
La tarde era muy calurosa. Quise creer que la pesadez de la siesta me condicionaba para contestarte.
Hace calor – añadí, simplemente para no rendirme al silencio..
Demasiado- contestaste - mientras secabas tu frente empapada de sudor y apoyabas tu cuerpo en el tronco del jacarandá.
Pero la conversación era intermitente. Cada palabra que pronunciábamos parecía introducirse en una espiral de la que le era muy dificil escapar para formar una frase.
El sonido de tu voz dejaba en el aire la fugacidad de unos puntos suspensivos. Sentí un ligero desasosiego.
Me incorporé, bebí agua fresca de la botella sumergida en un balde de aluminio con hielo. El frío del líquido me despejó. Reaccioné. Supe que esperabas una contestación
¿Acaso no crees que la brevedad de una estación es el prólogo del tiempo que ha de venir?- te dije, intentando convencerme de que todavía nos quedaba verano. Intentando convencerte.
Y te miré. No, tú no lo creías. Tampoco yo, que desesperada me engañaba inventándote un mañana.
.

miércoles, 14 de julio de 2010

MELODÍA DE INOCENCIA


La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia.
Edgar Allan Poe (1809-1849) .




Aún recuerdo su imagen. Era un personaje anclado en el centro de la plaza de mi ciudad. Era parte de aquel paisaje. Pequeño de estatura, regordete, caderas anchas y piernas cortas y curvas. De cara redonda, labios muy finos y boca pequeña; imagino huérfana de besos pero abierta en sonrisas sinceras e ingenuas. Sus ojos muy azules, tiernos y curiosos. Descubridores y sorprendidos de las pequeñas cosas. Ojos asombrados del tiempo medido en amaneceres. La inocencia y la ingenuidad se enraizaron en su cuerpo y en su mente desde su primer párpadeo. Creció con el alma limpia. Le recuerdo con su mameluco azul gastado y descolorido, invierno y verano. De pie, siempre erguido sobre aquella garita improvisada con hierros viejos. Él y su silbato eran inseparables. Nunca oí su voz, sólo el sonido de ese silbato con el que imaginaba ordenar el tráfico. Sus brazos eran alas abierta a la ilusión, a la fantasía. Sus manos, pequeñas, agrietadas y quizás vacías de otras manos, eran su más elocuente lenguaje. Su dedo índice señalaba siempre, hacia izquierda y derecha, detrás y delante, puntos cardinales de esa imaginación sin límites, sin condicionantes. Él era la libertad, sin ataduras, sin tabúes, sin miedos. Parecía no necesitar nada más que ese espacio para ser felíz. Le era suficiente lo que en su viejo sombrero de paja, abandonado en la acera, recogía hasta que el sol le ponía puntos suspensivos al día. Entonces él plegaba sus brazos, envolvía su silbato en un amarillento pañuelo, se arrodillaba a la orilla de un banco y se persignaba mirando hacia el cielo. Agradecía la simplicidad del tiempo. La eternidad de sus días.


Muchas veces pregunté a mi madre en dónde descansaba, cuál era su hogar. Ella, con sus manos, me señalaba una frondosa araucaria que adornaba aquella plaza - Allí, me decía, allí con los jilgueros- intentando ocultar a mi niñez las sombras en la vida de aquel personaje, para mí, entrañable y lleno de magia. Entonces lo imaginaba convertido en pájaro acurrucando su inocencia en alguna rama. Alguna vez hasta creí ver que volaba alrededor de la fuente de mi calle, sediento, intentando beber en el cuenco de mis manos. Quizás por que sus fantasías y las mías coincidían.

Se llamaba Pedro. Lo llamaban Pedrito “El Loco”.
Imagen: Google

martes, 6 de julio de 2010

FUE

No lo que pudo ser
es lo que fue.
Y lo que fue está muerto
Octavio Paz-Biografía

http://javieramiraglia.blogspot.com/
Javiera, va por tí, por tu mirada

Fue.
Huella fugaz que se adelanta al recuerdo, hermoso trazo que dibuja la finitud. Tan sólo tres letras enlazadas que se gestan para desenterrar el ayer, que destejen hasta el instante. Grafía con inexistencia de mañanas.
Fue... heroico, simple, hermoso, desgraciado; fue... un héroe, un villano, un padre, un poeta, un amante; fue... loco, complicado, romántico, apasionado.
Fue... tuvo vida.
Fue... hace siglos, hace poco, ayer. Y el tiempo del verbo, viaja desde el pasado, espía la historia, rememora, acompaña la nostalgia y la palabra se silencia.
Pero el poeta no la abandona. Se apodera de su hermosura. Él prolongará su existencia, la impregnará de belleza.
Y ella, huella y humo, sabe que cuando su sonido sea verso, trascenderá. Será poesía.

viernes, 18 de junio de 2010

ATREVIMIENTOS


Esperaba hasta hoy. Esperaba que me asombraces nuevamente con los instantes de arrebato que encogían nuestro tiempo; con el parpadeo de las noches, tuyas y mías, frente al imsomnio de los espejos; con tu regocijo; con las contracturas de tu cuerpo amansándose al alba y las yemas de tus dedos, de puntilla, encontrando las notas más profundas en ese pentagrama en donde están los silencios del desconcierto. Y yo, con la danza de mis manos buscando los compases de tu piel, te aguardaba.
Y mientras... mis pinceles y mis óleos; mis violines madrugadores y mi gata; mi desayuno frio y la tibieza de la ducha; mis libros, mis relatos y mis poemas; la fidelidad del sol que se asoma a mi ventana y mi bicicleta sin ticket de partida estaban alli entristecidos de abandonos. Esperándome
Hoy ya no hay esperas. Hoy mis desenfrenos y mi espacio buscarán otro cuerpo, otra casa que los cobije.
Imagen: Google

viernes, 11 de junio de 2010

PRESAGIO


Anoche soñé que mi mente se vaciaba, que las imágenes se escapaban del sueño. Una tras otra traspasaban los cristales de la ventana de mi habitación, emprendían una extraña retirada y la noche se apoderaba de ellas. Se perdian en su oscuridad. Algo superior impedía que mis párpados se abrieran y en esa inacción involuntaria se sucedían nuevas imágenes. Pero todas huían. Creo haber hecho un esfuerzo para despertar, un intento desesperado de detener la fuga de algo que me pertenecía. De rescatar el contenido de mi sueño. No lo logré. Cuando mis párpados consiguieron vencer el peso que impedía la vigilia noté que un frío sudor empapaba mi cuerpo. Bebí agua, mucha. La necesitaba. Mi garganta estaba seca. Abrí la ventana. La mañana era desapacible. Lluvia y viento de un amanecer del otoño que se aproximaba. En ese amanecer ví el recorrido inverso de mi sueño. Allí, entre las hojas de los álamos que empezaban a caer, estaban las cartas que yo le había escrito, húmedas, desparramadas por el jardín. Y el vuelo de su vestido, mecido por el viento, haciendo equilibrio desde una cuerda amarrada a la rama más fuerte del árbol.
Tampoco pude hacer nada.

miércoles, 2 de junio de 2010

CRUCES



juraría que es él  creo no equivocarme   aunque han pasado tantos años que hay rasgos que me desorientan  pero lo admito  el tiempo es implacable no tenía barba  su cabello  tampoco  era blanco no obstante me sentaré a su lado tal vez me reconozca pero que tonta soy si yo tampoco tengo aquella cabellera negra y con este color de tinte cómo se me ocurre pensar que  él llegaría a reconocerme  pero insisto y  de cualquier manera ocuparé el asiento vacío que está a su lado pasan ya cinco minutos y yo casi pegada a su cuerpo y él que me mira o a mí me lo parece pero ningún gesto me hace pensar que me recuerda y si le pregunto si este autobús me deja cerca del museo Picasso acaso en su contestación yo reconozca su voz o él la mía pero sería en vano su voz ya era distinta cuando en aquella llamada imprevista de hace unos años me contaba que se había casado y que era muy feliz ahora lo siento toser pero no tengo ningún recuerdo de cómo era su tos pero vaya ocurrencia la mía si nunca me interesó como tosía eramos muy jóvenes y por entonces eran sus ojo, sus labios, sus manos en mi cuerpo y las mías rozando su piel lo que no hacía creer que aquello sería para toda la vida vaya ahora me mira juraría que algo de mí le resulta familiar pero sigue callado creo que él también piensa que se ha equivocado  que angustia  mi parada está muy próxima sería insólito habernos encontrado y que éstas incertidumbres nos privaran aunque mas no fuera de un hola que alegría encontrarte alguna vez tenía que suceder nos lo habíamos dicho tantas veces sí habíamos dicho que nunca nos olvidaríamos y que si alguna vez volvíamos a encontrarnos y pasare el tiempo que hubiese pasado nos abrazaríamos como lo hacíamos entonces y a lo mejor hasta nos regalábamos un momento inolvidable y bueno entonces por qué me lo pienso tanto y de una vez me atrevo y me presento hola me llamo ana tu cara me resulta familiar que no que tampoco que eso a él no le gustaba odiaba los formulismo aunque si efectivamente es él acaso se moleste por que no lo he reconocido y ahora en lugar de atreverse a decirme algo va y saca un libro de su portafolios esto me viene de maravillas porque ahora ya no tendré duda reconocería entre cientos cuales eran sus lecturas preferidas y le vuelvo a mirar con curiosidad que caray quiero saber que lee  pero vuelve a mirarme juraría que está esperando asegurarse de que no es un espejismo que me ha encontrado que soy yo la que tanto le quiso y que a ha llegado el momento y me tomará otra vez de la mano y me dirá eres tú  te he reconocido  y al abrazarme sabré que siempre hubo  esperado este momento  pero nada de eso sucede quizás porque sigue siendo tan tímido como entonces y me vuelve a desorientar tampoco es un libro lo que va a leer sólo  son unos folios impresos aunque ahora que lo pienso a él le gustaba muchísimo escribir no lo hacía mal acaso se haya decidido al fin y sean éstos los borradores de la novela que siempre quería publicar lee con entusiasmo me mira ahora con insistencia seguro que no se anima a decirme hola soy juan claro que también era un indeciso  estará pensando y si me confundo aunque noto que tiene ganas como de abrazarme vamos a mí me lo parece me faltan dos paradas y nuestro destino depende de una pregunta él se pone de pie se dirige a la puerta para descender lo hará antes que yo ahora no hay dudas él siempre quería ser el primero en todo el viaje se termina gira la cabeza me mira pero que tonto ha sido no se ha animado a preguntarme eres ana  y yo me quedo  enmudecida y  desde la ventanilla le veo alejarse se detiene y enciende un cigarrillo como lo hacía hace veinte años cada vez que nos despedíamos   y  aún se acuerda que a mí no me gustaba que fumara.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Entre tiempos


¡Cuántos instantes arrincona la melancolía!. Las palabras se silencian antes de pronunciarlas; mis ansias se herrumbran en el trastero sin permiso de salida; la pamela envejece en el armario esperando que otro sol desande estos amaneceres y sobre la mesa está aún mi última carta. Sin envío. Sin destinatario.
Es inacabable esta congoja que adormece los segundos del estío, insolidaria esta angustia que impide que mis pies desnudos calcen las sandalias rojas y salgan al encuentro de la vida antes que los desoriente la noche.
!Qué infinito y oscuro es el tiempo de abril a abril sin primaveras!.

jueves, 13 de mayo de 2010

EPÍLOGO

Foto: http://pacomerloansin.blogspot.com/

Tenía que suceder así, de repente, en un día imprevisto, en un día que no figuraba en nuestro calendario. Cogiste coraje y me leiste en negativo la frase que dormitaba desde siempre en el doblez de la servilleta. En la que tanto creíamos. Era dificil para ti reconocerlo, pero ya ves “los te quiero” y los “para siempre” acaban rebelándose contra la eternidad.
A regañadientes, porque sé que te costaba desprenderte de los momentos que habíamos vivido, me entregaste las fotos del último viaje y las del bar en el que brindábamos por lo que éramos; el libro que aún no habíamos leído; el albornoz blanco que envolvía nuestros cuerpos, aún con frescura tuyas y mías, y tú última caricia, ¡ pobre de ella!, resistiéndose a perderme.
Yo te dejé el segundo más largo detenido en mis labios; el olor de mi último desayuno; el poema que escribí mientras preparaba tu postre preferido; una lágrima desorientada que se quedó adherida en tu dedo índice y el pellejo de mi tristeza. Y en el espejo olvidé mi sombra en fuga y el temblor de mis manos maquillando la angustia.
El tibio aire de aquella mañana de otoño recogió el instante final, el ruido de tus pasos y los míos en giros divergentes. Opuestos.
Sólo el silencio sobrevivió al adiós, y me adueñé de él. Me quedé con ese silencio que siempre acompaña a pasear los recuerdos.
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viernes, 7 de mayo de 2010

LA TERNURA DE LA AUSENCIA

Me ví en la foto que colgaba en la pared del salón.
Estaba allí en esa vieja fotografía de mi infancia junto a otros rostros queridos. El de mi hermano Juan, el gordito de la familia; el de Ernesto, el dormilón, y el de la pequeña, dulce y soñadora, Alicia. También estaba, escondido entre las piernas de papá, mi perro Mouki mezquinando su cuerpo a la cámara. Parecìa no querer perpetuarse en un papel, pues recuerdo cómo se resistía a que lo retrataran.
Faltaba mamá.
Lo advertía ahora. Acaso por que en ese momento tenía asumido que ella no podía detenerse ni un minuto en sus quehaceres. Su ir y venir por la casa era algo que entraba en la normalidad. Podía estar recogiendo flores del jardín para que lucieran frescas en el jarrón que adornaba el centro de la mesa. O buscando en el armario la carpeta de punto de cruz que había bordado antes de casarse y con la que siempre cubría esa vieja mesa camilla. Almidonada, blanca, hermosa. ¡De hilo bueno!- decía ella.
En el fondo de la fotografía descubrí la biblioteca de roble que abuela mandaba barnizar cada año y en la que mis manos acariciaban las cubiertas de aquellos libros relucientes, imaginado sus historias. Era mamá la que en las tardes de mis vacaciones escolares, en el patio y bajo las enredaderas me transportaba con sus lecturas hacía mundos desconocidos. Allí empecé a descubrir que existían palabras cuyos significados en la vida distaban de los que figuraban en mis diccionarios.
El amor era mucho más que aquello que lo definía, no era sólo un hermoso y alegre sentimiento. También era llanto. La muerte no era el fin sino el anuncio de un viaje hacia lo desconocido. La soledad desamparaba, pero también acompañaba. Y los silencios... ¡Ah, los silencios! ¡Qué bien explicados! Mamá suspiraba para que yo los entendiera. Para ella el silencio era ese suspiro. Ese grito ahogado de la vida. La herida no sólo era una grieta en la piel, tambien era un pellizco en el corazón .
Todo sobresalía del marco, cobraba vida.
Las toscas manos de mi padre, apoyadas en su rodilla, con grietas de responsabilidades cumplidas. Manos que no acariciaban. Yo no las recuerdo. Si acaso eran sus ojos los que delataban su bondad, su amparo desmedido.
Pero mamá no estaba en la foto.
A un costado distinguí la chimenea encendida. Era la evidencia de su escondida presencia. Sólo ella conseguía encenderla. Sus soplidos eran casi mágicos y el fuego se tornaba de repente bravo, y poco a poco, se tranformaba en brasas rojas. No podía sustraerme de la imagen de esa transformación, el olor de la leña que se quemaba, el rojo intenso y tornasolado de las llamas elevándose y las cenizas que anunciaban el fin de las tertulias nocturnas. Ellas, tan grises, se opacaban anunciando el descanso.
Mamá no estaba.
Y sin embargo yo la imagino en la sala de plancha envuelta entre los vapores de nuestros húmedos y almidonados delantales; entre las camisas con cuellos impecablemente repasados por aquella plancha de carbón; preparando el caldo que calentaba nuestros cuerpos en los crudos días de invierno; remendando calcetines para que aguantaran hasta el próximo sueldo de papá; dejándonos las camas tan bien estiradas para que los pliegues de las sábanas no irritaran nuestra piel.
No, mamá no está en la foto.
Pero hoy en ese papel amarillento y envejecido que cuelga de la pared la he visto. Como la veía entonces. Aunque ya no esté.
Y me he fijado en mi perro Mouki, mezquinando su imagen a la cámara. Tal vez, por que él intuía que los sentimientos profundos sólo se rescatan desde el alma. Allí están guardados. Por siempre.
Imagen: Google

lunes, 3 de mayo de 2010

FUNCIÓN DE CIRCO

"La libertad de la fantasía no es ninguna huída a la irrealidad; es creación y osadía"
-Eugene Ionèsco-

Os invito a una funcion de circo. Especial. A un audaz desafío a la realidad.
Una invitación para que el alma se sumerja en una terapia contra el tedio en un pequeño mundo ambulante colmado de asombros.
Alguien vestido de rojo, de voluminosa figura con forma de trompo, con naríz prominente y sombrero de fieltro multicolor, nos espera a las puertas de los sueños posibles para deslumbrarnos con la fascinación. Para que nuestras mentes entren en el círculo mágico y lleguen a la epifanía de la creación
¡Atrevámonos a fugarnos por unos instantes de la asfixiante rutina; a cabalgar hacia el infinito en caballos de dorados corceles hasta sentirnos jinetes de otras galaxias; a deslumbrarnos con las titilantes estrellas que desde el cielo llegan y traspasan el vértice de esta carpa fugaz e itinerante; a viajar desde la ingravidez del trapecio a la consecusión de lo imposible!
Artífices de la emoción conseguirán aislarnos de la desazón. Funambulistas que acariciarán utopías en vuelo; magos sacando de sus chisteras palomas de la paz que reparten a destajo, sin destinatarios elegidos; payasos y arlequines de sonrisas blancas que pondrán murallas al hastío; enanos de abrazos largos y equilibristas de desafíos superados. Todos entregados a la tarea de crear ilusiones.
Y cuando la función haya terminado, cuando nuestra imaginación se arrope bajo ese manto oscuro que anuncia la llegada de la noche, el ensueño pleno se entregará al descanso.
Y como cuando eramos niños, acaso mañana despertemos convencidos de que lo mágico existe y que cuesta muy poco acudir con frecuencia a los recursos de la fantasía.
Mientras tanto alejémonos en la medida de lo posible, y si nos lo permiten, de ese otro circo que rodea nuestras vidas y nos devora la esperanza. Ese circo que nos hurta la sonrisa y en donde “fieras hambrientas” abren sus garras tratando de atraparnos ...de adueñarse hasta de nuestros pensamientos.

jueves, 22 de abril de 2010

CREACIÓN


“Aunque queméis el papel, no podréis quemar lo que encierra, porque lo llevo en mi pecho”
Alí ibn Hazm-(994-1063)

Tengo ante mí la hoja en blanco. Esa hoja que inhibe, que anuda el alma desesperada de contar, de encontrar palabras, frases, con las que se van enlazando las historias. La hoja en blanco y yo vacía, con soledad de sensaciones. Con la piel adormecida y los ojos ciegos de imágenes.
¿Acaso han enmudecido las palabras? ¿Esta carencia es carencia de vida? Y si la vida está llena de acciones. Entonces ¿por qué esta mudez si mi corazón sigue palpitando, y sueño, y sonrío, y acaricio? ¡Y amo! . ¿Es esta página sin verbos, quizás, ocaso de mi inspiración?
¡Tan evocadora ella de sueños, de placeres, de encuentros y desencuentros, de miradas en fuga y de fugaces miradas! ¡Tan repleta de mí! Escondida yo entre las líneas de algún relato, empequeñecida para no ser descubierta. Y sin embargo, a veces, con evidencias de señales propias cuando alguna intimidad ahogada salta a borbotones por los ojos de las vocales.
Tengo ante mí la hoja en blanco. Temida e intrépida hoja que adormece mis historias. Que me mezquina desahogos de amantes, el vuelo de los duendes, anocheceres tibios y lunas curiosas. Que se queda con los pasos de mis días. Que se adueña de las letras y las oprime, las detiene antes de parirlas, negándome el nacimiento de la frase.
Pero mis manos, vacías de trazos y solidarias con la angustia de mi hoja silenciada, la transforman en un barquito de papel. Y ya, desprendida de mi, veo como navega en la fuente del Patio de los Naranjos, bondadoso en perfumes de azahares. Aquí, en este pedacito de tierra andaluza sembrado de pétalos y pleno de leyendas, tal vez encalle esta hoja sin timón y halle un recuerdo perdido entre las piedras aún vivas de la Mezquita. O escondidos en el Salón de las columnas encuentre los secretos que inspiraron a Alí Ibn Hazm de Córdoba y me traiga en su proa historias que viven o mueren de amor; estampas de besos de fuego; murmullos de alcobas ardientes. Vidas misteriosas de espias, celestinas y traidores en anocheceres gitanos.
O quizás, en algun vuelo fugaz, el aura misma del poeta me susurre, bondadoso, como empezó a sembrar de palabras su hoja en blanco e hilvanó mágicamente “ El collar de la paloma”.

viernes, 9 de abril de 2010

SIN METÁFORAS

DESPRENDERSE DE UNA REALIDAD NO ES NADA, LO HEROICO ES DESPRENDERSE DE UN SUEÑO”
Rafael Barretti
Tardé en cerrar la puerta. Sabía que al hacerlo el circunstancial de nuestros tiempos compartidos sería para siempre un ¡ jamás !.
Tardé mucho más en arrancar de mi cuerpo lo que enraizó ese jamás. En reconciliarme con el verbo que me dejó sin presente, que huyó con mi pasado.

Removía las borras amargas del café buscando que en el fondo del pocillo apareciera la grafía de otro adjetivo, de un “tal vez”, de un “quizás”. Como una adolescente deshojaba pétalos despiertos cubriendo el sendero que iba desde mi sinrazón hasta el corazón de ingenuos interrogantes. Sólo mi gato se esforzaba en gestos solidarios. Acaso él lo intuía. Como intuye el trueno antes que el relámpago lo anuncie. Por su instintivo mecanismo de defensa. Yo no. Yo negaba. Tal vez por que con la negación el duelo se camufla. Y mi esperanza enfermó de vejez prematura, se quedó aterida como una hoja en la escarcha, yerta en la frialdad de la incertidumbre.
Tanta mudez dejó ese dolor en mi vida, que me resistí a buscar un sustantivo que lo nombrara
Acaso pensaba, tonta de mí, que lo innombrable no existe. Eso creía...que no puede ser...que él no...que es imposible. Lo creí hasta que todo dejó de ser una sombra. Hasta que en sus ojos descubrí lo que sus labios callaban. Existía. Tenía nombre.
Tardé demasiado en cerrar la puerta para siempre. En sentirme extrañamente bien.

Beatriz.

sábado, 27 de marzo de 2010

FUGA


Eligió acomodarse en el horizonte. Transgredir el trayecto de lo razonable, de la verticalidad. Cansado estaba de ser una sombra más en el círculo de las miserias asfaltadas. Desafiando las leyes naturales decidió poner sus ojos a la inversa. El caparazón de una caracola imaginada le sirvió para apoyar su desafío. Quería encuadrar la eternidad en su mirada, encontrar un espacio sin puntos que lo sobresaltaran. Desde ese paradigma le bastaba elevar apenas sus brazos para rozar las tentaciones del paraíso pero escondia sus manos entre los pliegues de su desnudez privándolas del placer. Había huído hasta de los gozos palpables. La luna nueva encogía aún más su interrogante curvatura para dar cobijo a su albedrío. De espaldas a la existencia se alojó allí adonde el tiempo se mide en asombros. La brevedad del parpadeo de los insectos eran los compases de su reloj vital. Fue desde entonces y para siempre un habitante de ese no lugar en donde las fantasías hechan raíces. Un morador de la sinrazón .
“La razón, para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de una locura irónica”.
Erasmo de Rotterdam

jueves, 18 de marzo de 2010

EL PESO DEL ALMA



Al igual que lo hacen las plumas ella también fue dejando que el aire se adueñara de su liviandad. Medía la ingravidez del amanecer y antes de asomarse al mundo menguaba el espesor de su despertar, deshojándose aún en primavera.
Su mirada, ojal de la desesperación, negaba a sus sentidos hasta el placer de observar las deliciosas naranjas en la naturaleza muerta del cuadro colgado en el salón. Sólo creía en la verdad que sus finas manos palpaban angustiadas; en la equívoca percepción de su geometría .
Levitaba entre las diagonales de una vida en donde se cruzaban la impiedad de sus fantasmas y la miopía de lo irracional.
A solas y engañando a su propia soledad se miraba en el espejo. Desde ese espejo de cristales astillados un maniquí descarnado le hacía guiños de complicidad y su cuerpo huía de las imágenes que le devolvían las esquirlas de la luna rota... despojándose hasta del peso de su alma.

jueves, 11 de marzo de 2010

DESENCANTO

Foto: http://pacomerloansin.blogspot.com/

Todo fue distinto desde aquella noche en que algo sombrío comenzó a sobrevolar su Edén. Las imágenes del paisaje se fueron diluyendo, los colores ennegreciendo. Los querubines que la protegían emprendieron raudo vuelo. Pidió consejos a los duendes que resistían el dolor, doctos en conjuros milagrosos, para que esa siniestra sombra que borrraba sutilmente el color de sus días y de su vida desapareciera. Y en sus desvelos, con la tenue luz que aún desprendía la luna, humedecía la vejez de su lecho, las nervaduras quebradas de las hojas de su calendario y su piel marchita de ausencias, con jugos afrodisíacos que espantaban traiciones de almas oscuras.
Desafiando hasta el agotamiento a Érebo, improvisó plegarias, guardó un trébol de cuatro hojas entre las páginas de un libro y rezó sin saber hacerlo a cualquier dios y ante cualquier altar para ahuyentar la opacidad de su paraíso..
Y vestida de negro esperó, por siempre.

domingo, 28 de febrero de 2010

"...Y EL DOLOR DE YA NO SER..."



Aceptamos separarnos. Yo me sentía agotado de acompañarlas y ellas de sostenerme. Sería doloroso el desgarro. Lo sabíamos. Suspiré hondo para no quebrantarme y ellas se tensaron para no decaer.
Por pura nostalgia les pedí que se pusieran las medias de seda negra, caladas, las que ceñían mis muslos, las que los embellecían. Por que los muslos eran míos y tenían caricias grabadas de modulaciones nocturnas que me habían pertenecido. Insistí para convencerlas de que se calzaran, por última vez, los zapatos rojos de tacones de aguja, los más altos y de finas tiras que enlazaban los tobillos y realzaban su estrechez.
-¡Ésos, si ésos que están guardados desde hace años en el fondo del armario!-dije- Los de mi primer baile-.
Estirado en la chaise longue de terciopelo negro, despojado ya de ellas, yo las contemplaba.
Eran aún bellisimas, elegantes, seductoras, lo admitía melancólico.
En la vitrola sonó un tango “y una lágrima asomada yo no pude contener”.
Ellas lo reconocieron, lo habíamos compartido y en el suelo del salón las gambas, solas, sin necesitarme, dibujaron una caminata sincopada. Un giro simple. Y otro con barrida y boleo. Y después un gancho, con quebrada. Y una sentadita. Y el ocho adornado
Y yo cuerpo, “solitario y ya vencido” en desespero por intentarlo. En vano.
El tango había acabado. Ellas fueron quitándose los zapatos rojos y las medias negras caladas. Y descalzas, desnudas ya de mí, empezaron a alejarse. Lentamente.
Y sentí el desgarro, el del “ dolor de ya no ser” cuando el tiempo se mutila.
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miércoles, 24 de febrero de 2010

EL DIAGNÓSTICO



Sus pulsaciones se aceleraban tan pronto atravesaba la puerta. La palidez en su rostro reflejaba esa angustia que se apoderaba de él siempre que tenía que acudir a la cita.
-Siéntese usted, le decía comprensiva, la mujer que lo estaba esperando, al verlo llegar casi desfalleciente
Él era consciente de su estado, notaba el temblor en sus manos, el frío sudor en la frente. Cuando el rostro de ella se acercaba hasta su pecho oía sus latidos desmesurados. Eran incontrolables sus reacciones físicas.
-Habrá que mirar más a fondo este corazón – le dijo
Entonces él notó que su garganta se secaba y pidió un vaso de agua. Las palabras salían de su boca entrecortadas.
Tuvo miedo de formular la pregunta de rigor. En el silencio de aquella blanca sala se oyó su balbuceante.
-¿Es grave?-
-Puede que sea crónico - contestó ella con una sonrisa para aliviar la tensión, mientras su mano palpaba aún el torso desnudo.
Él sintió un pinchazo en lo más hondo de su pecho y, como le enseñaban en las clases de yoga, aspiró aire hasta que el diafragma aguantara para luego soltarlo lentamente. Alguien le había dicho que cuando el tiempo se reduce hay que aprender a administrarlo.
Salió de la sala. No quería mirar el sobre con el diagnóstico. No estaba preparado. Miró hacia el cielo como si lo fuese a ver por última vez.
Se sentó en un banco de un parque cercano. El día era hermoso. Los niños correteaban por los jardines, los más viejos leían relajados las noticias en algún periódico. Pero lo suyo no era noticia, Lo suyo estaba en el sobre que aún temía leer.
-Siempre quise llegar a viejo-pensó- y sentir la serenidad de seguir enamorado, ilusionado, vivir con esperanzas, pero ahora...
Con pasos lentos y con los ojos ávidos de imágenes fue acercándose a su casa..
Abrió la puerta despacio, ya no había prisas. Cumplió con el rito de besar en la frente a su mujer y arrojó el sobre en la mesa. Tampoco lo abrió.
El miedo a conocer la verdad se lo impedía. Siempre careció de atrevimientos.
Se sentó en el sillón a la orilla de la ventana desde donde lo asombraba el resurgir de la vida a cada instante. Colibríes libando en los rincones ocultos de los lirios, mariposas ensayando la multiplicación de sus alas, plumas que volaban en el aire, plumas de jilgueros revoltosos escondidos entre las ramas de los árboles. Cogió el libro que estaba leyendo e intentó concentrarse en la lectura. Era una simple novela de amor, de ese sentimiento que desconcierta con sus complejidades, y poco a poco se fue adormeciendo.
Cuando despertó, el sobre estaba sobre su mesa de lectura, abierto, junto al libro
Llamó a Ana, su mujer. Nadie le contestó. La casa había enmudecido. Como lo estaban sus días desde hacía mucho tiempo. Vacíos. Sin palabras. Sólo manifiestas inseguridades.
Un desconcertante estado de confusión le invadió al leer:
”... se observan latidos desorientados en un corazón que necesita desperezarse de soledades crónicas. Le sugiero que las visitas a mi consulta las haga con más frecuencias para acostumbrarnos, usted, a mis imprevisibles diagnósticos, y yo a sus palpitaciones”. La novela había llegado al final.
Abrió la ventana. Aspiró aire fresco, lo necesitaba. Afuera el colibrí seguía seducido por la flor
Cerró el libro y leyó finalmente la valoración de su malestar.
Tembloroso, aún, levantó el teléfono para solicitar una nueva consulta.

miércoles, 17 de febrero de 2010

DESESPERO


Ese día de espera y esperanzas adornaba la mesa de la sala con un mantel rojo y un jarrón de loza blanca, saltado en los bordes por los roces del tiempo, que llenaba con jazmines y ramas de helechos húmedos de rocíos. Cubría las ventanas de su habitación con cortinas de fina batista bordada, las perfumaba con lavandas frescas.
En el almacén del pueblo la esperaban temprano a sabiendas que ella llegaría con su canasta de mimbre para llenarla de frutos secos, de té con sabores distintos, de untosas mieles. En el almacén del pueblo rumoreaban sobre su espera.
La casa olía a tierra regada, a sábanas frescas, a piel descubierta. Una página en blanco sobre su escritorio y su inconcluso poema también esperaban. Esperaban la última frase, el último verso, el que surgiera después del encuentro. De cada espera saciada brotaba una palabra, de cada despedida nuevas metáforas. Pero las letras se negaron a enlazarse para definir ese velado desespero sobre su hoja en blanco y en su poema hubo siempre un verso inacabado...inconfesable.
Imagen: Google