"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

lunes, 8 de noviembre de 2010

DÍA DE GUARDAR


Es domingo. Día de guardar. En el pueblo los vecinos desfilan, incesantes, hacia la misa de  once. Mantillas negras cubren a señoras empolvadas y viudas de riguroso luto; blancas y vaporosas, de encajes suaves, adornan las melenas de las casaderas. Los hombres recios y lustrosos se agrupan durante el trayecto para charlas informales. Es el día en que se quitan los pecados del mundo. Domingo de confesiones, Padrenuestros,  Ave Marías,  Credos  y... la Paz está con tu espíritu.

María, la hija de Pedro, el herrero, vive en la parte más humilde y alejada del pueblo. Allí donde los pecados son más pecados sólo por que nacen entre el barro y los techos de zinc. Huérfana de madre y  la mayor de cinco hermanas.   Hoy se levanta más temprano para hacer las faenas y luego ser bendecida por Dios. Se viste de blanco. Absoluto. Algodones desgastados de tanta lavandina. Camina rumbo al templo con la cabeza encogida sobre su pecho. Es bella y la mantilla realza su belleza

Desde la puerta de la parroquia el religioso reconoce la armonía de ese cuerpo que se aproxima. Espera su llegada y anuncia a los feligreses el comienzo del sermón. María se arrodilla en la última fila. Advierte las suspicacias y las miradas. Entre sus manos se deslizan uno a uno los misterio del rosario. Los gozosos y los dolorosos. Nunca se confiesa. No quiere que la comunión borre el recuerdo de su pasado. No pide perdón porque con ese recuerdo vive y sueña. ¿Acaso la felicidad es un pecado?, se pregunta.

Terminada la misa, los fieles, de almas ya limpias y santiguados, se reunen en la plaza a comentar los últimos casamientos y bautismos. Que de amores ocultos, ni  de María, nadie se atreve a hablar frente a la casa santa.

En las calles van enmudeciendo los sonidos del domingo. Ella sigue allí, dentro, cabizbaja. Se acerca al altar mayor y reza tres Ave María y un Credo. El Yo pecador se niega a recordarlo.

Es día de recogimientos. El párroco, Juan, aún la observa mientras apaga las velas y saca brillo al oro del cáliz, se acerca y la bendice.

Ella mira sus manos. Las reconoce...


Nota:  la imagen esta tomada de Google-

12 comentarios:

Carlos dijo...

Hay amores más dolorosos que otros, los amores prohibidos se llevan como una llaga en el alma. Laceran, mutilan el ánimo, dejan cicatrices que nunca cerrarán del todo, y lo peor es que nunca llegarán a buen puerto.

Bello relato, sugestivo, inquietante, doloroso.

Un beso grande.

Vicente dijo...

No sabes cuántos recuerdos he revivido de mi lejano pueblo, que ahora presume de ser ciudad, leyendo tu escrito. Mi madre iba a misa todos los días al templo de los dominicos. Mi sentido de observación infantil ya me decía "cosas" que el tiempo fue confirmando. Pero no te escribo sino para decirte que el encuentro casual con tu blog me ha deparado la alegría de sentirme en primavera, como en este hemisferio, en tus páginas maduradas con cariño y esfuerzo.
Quiero permitirme hacer seguimiento de tu blog para tenerlo más cerca.
Abrazos.

mi nombre es alma dijo...

No poder amar publicamente a quien se quiere, eso si es un pecado.

Raquel Barbieri dijo...

Beatriz,

Conmovedora esta historia... qué cierto es que los pecados "son" más pecaminosos cuando provienen de un barrio o familia pobre. El ser humano (en general) es hipócrita; en realidad se va haciendo hipócrita dentro de su medio ambiente.

Me encanta la descripción del algodón de su atuendo lavado tantas veces con lavandina, indicador de que esa indumentaria impecable quizás sea la única que María tiene para ir a misa los domingos y reencontrarse con las manos de Juan, para quien desea estar bella.

Y está bien ese amor.

Gracias por el relato con tantas imágenes sensoriales,

Un abrazo :)

J.Carlos dijo...

La categoría de pecado es muy aleatoria, desde luego amar nunca lo ha sido, sea a quien sea.
Muy sugerente tu relato, lleno de realismo.
Abrazos

Beatriz dijo...

Gracias Carlos por tus elogios.
Escribo porque me emociona la vida, no por que me sienta escritora.
Siento mucho respeto por aquellos que sí lo son. Iré aprendiendo de ellos.


Las heridas cuando son por dentro duelen mucho más y además cuesta que cicatricen.
Un abrazo

Beatriz dijo...

Vicente,
Nos seguimos ambos.
Será un placer leerte.

Hay historias que quedan encajadas en nuestra niñez y desde allí las rescatamos. A lo mejor es que de niños tenemos los ojos más abiertos para descubrir cosas con las que luego el alma se asombra.
Un saludo

Beatriz dijo...

Si Alma coincido contigo.
Atreverse a su transaparencia aún con lo prohibido.
Un abrazo-

Beatriz dijo...

Querida Raquel
Precisamente he dado cuerpo a esta historia pensando en la hipocresía. Podría haber estado situada en cualquier otro ambiente por que es un defecto de esta sociedad que desgraciadamente abunda.
A mí me gusta ver y oler a los personajes cuando escribo.La lavandina es la metáfora de la blancura del alma de María, de su convicción de que el amor, su amor, no es pecado.
Muchos besos-

Beatriz dijo...

J.Carlos,
Como siempre tan bondadoso en tus elogios y con tanto sentido común en las apreciaciones que tienes de la vida.
Me gusta tenerte entre mi gente-

Francisco Ortiz dijo...

Una narración con mucha calidad, muy bien sostenida en esas frases cortas y seguras que hacen avanzar muy bien el relato, que, como los mejores, solo se sugiere.

Beatriz dijo...

Gracias Francisco,
Me animas a continuar...aprendiendo.
un saludo