
“Aunque queméis el papel, no podréis quemar lo que encierra, porque lo llevo en mi pecho”
Alí ibn Hazm-(994-1063)
Tengo ante mí la hoja en blanco. Esa hoja que inhibe, que anuda el alma desesperada de contar, de encontrar palabras, frases, con las que se van enlazando las historias. La hoja en blanco y yo vacía, con soledad de sensaciones. Con la piel adormecida y los ojos ciegos de imágenes.
¿Acaso han enmudecido las palabras? ¿Esta carencia es carencia de vida? Y si la vida está llena de acciones. Entonces ¿por qué esta mudez si mi corazón sigue palpitando, y sueño, y sonrío, y acaricio? ¡Y amo! . ¿Es esta página sin verbos, quizás, ocaso de mi inspiración?
¡Tan evocadora ella de sueños, de placeres, de encuentros y desencuentros, de miradas en fuga y de fugaces miradas! ¡Tan repleta de mí! Escondida yo entre las líneas de algún relato, empequeñecida para no ser descubierta. Y sin embargo, a veces, con evidencias de señales propias cuando alguna intimidad ahogada salta a borbotones por los ojos de las vocales.
Tengo ante mí la hoja en blanco. Temida e intrépida hoja que adormece mis historias. Que me mezquina desahogos de amantes, el vuelo de los duendes, anocheceres tibios y lunas curiosas. Que se queda con los pasos de mis días. Que se adueña de las letras y las oprime, las detiene antes de parirlas, negándome el nacimiento de la frase.
Tengo ante mí la hoja en blanco. Temida e intrépida hoja que adormece mis historias. Que me mezquina desahogos de amantes, el vuelo de los duendes, anocheceres tibios y lunas curiosas. Que se queda con los pasos de mis días. Que se adueña de las letras y las oprime, las detiene antes de parirlas, negándome el nacimiento de la frase.
Pero mis manos, vacías de trazos y solidarias con la angustia de mi hoja silenciada, la transforman en un barquito de papel. Y ya, desprendida de mi, veo como navega en la fuente del Patio de los Naranjos, bondadoso en perfumes de azahares. Aquí, en este pedacito de tierra andaluza sembrado de pétalos y pleno de leyendas, tal vez encalle esta hoja sin timón y halle un recuerdo perdido entre las piedras aún vivas de la Mezquita. O escondidos en el Salón de las columnas encuentre los secretos que inspiraron a Alí Ibn Hazm de Córdoba y me traiga en su proa historias que viven o mueren de amor; estampas de besos de fuego; murmullos de alcobas ardientes. Vidas misteriosas de espias, celestinas y traidores en anocheceres gitanos.
O quizás, en algun vuelo fugaz, el aura misma del poeta me susurre, bondadoso, como empezó a sembrar de palabras su hoja en blanco e hilvanó mágicamente “ El collar de la paloma”.