
En la biblioteca había un libro en cuya tapa se leía su título “Interpretación de los sueños” y, para evitar tentaciones, lo giré para ignorar su contenido.
Sigmund no podía deshacer mi ilusión.
Necesitaba un buen baño..., con agua fría, que me quitara el sopor nocturno. Lo hice.
Miré mi cuerpo, desnudo, en el espejo. Estaba resplandesciente. Mis ojos, mi boca, mis brazos, mi piel, mi adolescencia... estaban despertando de aquella sensación de hipnosis.
Algo había cambiado el ritmo de mi corazón. Lo notaba
Bebí un zumo de naranja, un trozo de tarta de chocolate y un café bien cargado. No cometí el error de ayunar. No podía recurrir al ayuno como enmienda de un pecado. No creía en ello.
¡ Yo no había pecado !
¡ Yo no había pecado !
Y aunque mi amiga me había dicho que, según Freud, los sueños representan la realización disfrazada de un deseo ¿ insatisfecho ? por parte del soñador, omití interpretar tal definición.
Miré la cama, desordenada. Era mi cama, revuelta, testigo indiscutible de mi confusión, no el sillón de un psicoanalista.
¡ No, no había sido un sueño !
Miré la cama, desordenada. Era mi cama, revuelta, testigo indiscutible de mi confusión, no el sillón de un psicoanalista.
¡ No, no había sido un sueño !
Si acaso dejó de serlo desde el mismo instante en que estuvo junto a mí y me hizo ¡ inmensamenta feliz ! .
Entonces... ¡ existió !
Entonces... ¡ existió !