
La gata relamía sus patas, se desperezaba y la miraba. Siempre la miraba. Y Rosa percibía la dulzura de esos ojos verdes espiándola, acompañándo sus momentos.
Tendió la última prenda en el tendedero. El día despertaba radiante. Juan y los niños le dieron un beso antes de partir.
-Siempre con el tiempo justo- dijo, y ellos rieron. Era su frase de todas las mañana a la que agregaba cuando iban traspasando la puerta- ¡Los quiero!-
El colegio de Marc y Julia le quedaba de paso hacia la editorial y él se encargaba de llevarlos.
Dejó en el cuarto de plancha la ropa que había descolgado y miró el reloj. Ya no tenía tiempo de doblarla.
La gata refunfuñaba. Le disgustaba quedarse sola. Precisamente por ello Juan la llamó Soledad .
Cogió el bolso, regresó a la cocina a beber un vaso de zumo, de prisa como siempre, y cuando se dirigía a la puerta de salida se fijó en la hora que marcaba el reloj de pared. Lo hacía también cada día y como cada dia marcaba las siete y cuarenta y cinco. El metro le quedaba muy cerca y en quince minutos llegaba a su trabajo. Sus clases en el Instituto empezaban a las ocho y media. Le gustaba llegar unos minutos antes y repasar el periódico que Don Julio, el kiosquero de la esquina, le dejaba cada día sobre su escritorio.
Despúes de la desaparición de Martín el profesor de psicología, en extrañas ciscunstancias, leía los titulares con la esperanza de encontrar alguna noticia alentadora.
Aquella mañana le tocaba enfocar la clase hacia los poetas de la generación del 27. Poesía y exilio,
Cernuda, Altolaquirre, Lorca... Dejó toda la bibliografía que había traído para desarrollar el tema sobre el escritorio y se entretuvo viendo pasar la vida a través de la ventana. Mientras, los alumnos se entretenían aún en el patio.
Sóno el timbre que anunciaba el comienzo de la jornada. De pie apoyada en el marco de la puerta esperaba que ellos fueran llegando al aula.
Pero su clase no empezó.
Alguien de repente le tapó los ojos y la boca. Creyó que se trataba de una broma de alguno de sus compañeros. Y pronunció varios nombres tratando de descubrirlo.
A pesar de las tinieblas que envolvían el país, había algún momento de evasión.
Inmediatamente sintió que la elevaban del suelo y como conocía perfectamente cada baldosa del Instituto, supo que su cuerpo era sacado por la ventana hacia la calle. Era imposible que profiriera algún grito. Estaba amordazada. No era una broma.
Ni una voz, ni un sonido. Sólo el sordo ruido de su cuerpo que se estrellaba sobre algo que no podía precisar. Y el sonido de una puerta que se cerraba.
Y luego... un motor que se ponía en marcha. Aunque se resistía a pensar en lo peor no pudo dejar de recordar a Martín, su compañero de fatigas en el Sindicato de Profesores de Institutos. Ambos trabajaban para conseguir calidad y reconocimiento en la labor del docente. Intentó convencerse, por puro mecanimo de defensa, de que se trataba de un error y que aquel susto se aclararía muy pronto.
El motor del coche se silenció y su cuerpo, mudo y enceguecido, sintió el roce de unas manos rudas que lo empujaban, a lo que ella supuso, el interior de una casa. Intuyó que ya era de noche y que el trayecto había sido largo.
Ya en el interior, le quitaron primero la venda de los ojos y luego la que amordazaba su boca. Alcanzó a ver a los autores de lo que ella había pensado, en un primer momento, que era un juego de sus compañeros. Al principio le costaba enfocar bien aquellos rostros desconocidos. Estaba en una sala húmeda, oscura, tenebrosa. Balbuceó, inconsciente de la gravedad: -Tengo clase a las ocho y media, mis alumnos me esperan-
-Aquí también te están esperando.- le dijeron y abrieron una puerta. Olía a sangre... creyó ver un cuerpo desfalleciente. No le reconocía, sus ojos amoratados, sus labios sangrantes e inflamados, le faltaba un diente, sin las gafas, desnudo. Pero él estiró sus manos como queriendo acariciarla ... y lo vio. Era Juan. Gritó, pero sus gritos tambíen se ahogaron. Un fuerte golpe y una pregunta, y más golpes y preguntas. Furia e impotencia. Y dolor, mucho dolor en el alma.
Era un idioma desconocido el de aquellas fieras.
No pudo contestar, no sabía que decir. No tenía nada que decir. Y abrieron otra puerta. Allí alcanzó a ver a Marc y Julia. Sus hijos sobre la falda de alguien que los acariciaba, que los besaba en medio de aquel infierno. Y estaba tambíén agazapada, estremecida entre las piernas de aquel monstruo, Soledad. Indefensa. Sintió su maullido y la carcajada de aquel monstruo.
No podía articular palabra alguna ante semejante barbarie. Se desvanecíó.
Despertó en otra sala, terriblemente dolorida. Habían usado su cuerpo para descargar sus instintos de bestias.
Imposible precisar el tiempo que pasó desde aquel día. Ya no hubo tiempo. Ni espacio reconocible. Sólo horror y un único objetivo, destruir su identidad, anularla, enloquecerla. ¡Por nada!, ¡porque sí!. O tal vez por aquello de lo que ellos no eran capaces. Pensar, sentir.
No volvió a ver a su marido, ni a sus hijos, ni a dar clases en el instituto. La dejaron sin mañanas
Quedó pendiente su última clase “ La muerte de Lorca”.
El asesino apretó ocho veces el gatillo. A su gata le quitaron las siete vidas. Una a una, sin piedad.
Rosa no alcanzó a oir el último disparo.
A Soledad no le gustaba quedarse sola .
If it be your will (Leonard Cohen)-voz: Anthony