
"Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme".
(Génesis, 3,9)
Ha llegado despacio, en cautela, sutilmente. Juro que me había atrincherado tras los muros de lo invencible, que había preparado un brebaje que me ayudase a enfrentarlo. Si hasta oré ante la estampa de no recuerdo quién para ahuyentarlo. Que supuse que sólo era cuestión de fe. De coraje. De escudarse y vencerlo.
Pero nada ha servido.
Invisible, despojado de sombras que lo delatasen, ha llegado. Es un segmento vertical, filoso, hiriente, que traspasa la piel, que la penetra, que aletarga el cuerpo e implacable hace un nido de espinas en el alma.
Está aquí conmigo, dentro de mí. Y y yo indefensa. Me arrincona sin piedad y me atrapa. Ya estoy entre sus garras. Vilmente atrapada.
Ya no pienso. Ya no soy. Enmudezco.
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