
Aquél niño era yo. Me lo decía casi sin atreverse a levantar la cabeza para que no viera sus ojos empañados por las lágrimas. Cogí la hoja del periódico amarillento y arrugado de tantas dobleces y le vi. El viejo abrigo que cubría su cuerpo, una hilachenta bolsa en donde su madre había conseguido ponerle unas pocas pertenencias y un gorro de lana gorda que sólo dejaba ver sus ojos. Y detrás de él, otros niños. Todos con la misma tristeza en su mirada. Abuelo levantó la cabeza y poniendo su mano sobre mi hombro, dijo- El barco estaba a punto de zarpar, sólo sabíamos que en Rusia hacía mucho frío.
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