
La gata de mi amiga es preciosa. La fotografié este verano, durante mis vacaciones. Era una de esas mañanas en las que, después de “nuestras labores”, nos encontramos vecinas/amigas alrededor de la piscina. Allí solemos reunirmos para nuestras sesiones de “terapias veraniegas”. Hacemos, lo que le hemos dado en llamar, coloquios de filosofía estival. Hablamos de nuestros hijos, de nuestros maridos, de la última novedad de la tele, de sexo, cine, gastronomía, del libro que hemos leído, de lo que ocurre en el mundo ... y de nosotras mismas. ¡Cuánto nos llegamos a reir en nuestras tertulias!. Organizamos fiestas infantiles, cenas informales, “la noche de la tortilla”, “la fiesta de la cerveza”, “la noche de las máscaras”, etc... En definitiva tratamos que esa gran familia de verano en la que nos hemos convertido sea lo más felíz posible y mientras transcurre la cálida estación intentamos olvidarnos de los problemas que habitualmente nos preocupan el resto del año.
Pero la gata de mi amiga esa mañana estaba rara, maullaba continuamente, estaba arisca a las caricias, y cuando la fotografié no puso su mejor cara. Creo que le molestó que retratara su mal humor. Durante el resto de la mañana permaneció encogida contra el marco de la puerta, atenta, vigilante, en una extraña actidud de defensa. Lo comentamos, pero no pasó de ser una pequeña anécdota más en una mañana de verano
Al atardecer mi amiga, la dueña de la gata, recibía el diagnóstico de una revisión que por rutina se había hecho hacía unos días. Una revisión de aquellas que todas las mujeres nos solemos hacer cada cierto tiempo. La gata la miraba, con una mirada especial, mientras ella abría aquel sobre. Con sus patas arañaba la madera del marco. Estaba desconocida.
Y en tan sólo unos segundos, los que ella tardó en abrir el sobre, en el rostro de mi amiga se desdibujaba la sonrisa. También la nuestra, las de quienes compartíamos con ella el inesperado anuncio.
Pero la gata de mi amiga, que es de quien les estaba hablando, como cualquier animal, no entiende de estas cosas. Fue sólo una casualidad lo que hizo que esa mañana no tuviera ganas de jugar, ni de saltar, ni siquiera de comer su diaria ración de alimento. ¿O tal vez no?
De cualquier manera, estoy segura que Gala, que así se llama la felina, pondrá su cara más alegre en la próxima foto. Y mi amiga volverá a sonreir, y nosotros con ella.
Cuando todo pase, que pasará, (estoy convencida de ello), volveré a fotografiar a Gala...y también a mi amiga. Felices otra vez.
Fotografía: Beatriz