
Desde siempre había acotado su destino con pasos de ballet. Pasó de puntillas por una infancia vacía de asombros. Bailarina de tutú con vuelos que desconocían el roce de la vida; adolescencia en equilibrio sobre espumas de utopías que se deshilvanaban, de cuerdas que amarraban sutilmente sus giros cuando el aire intentaba orientarla hacia otro escenario. Fragilidad en clave de sol en una partitura con carencias de sonidos.
Sus zapatillas de duras punteras quedaron, una noche, en el atrezzo de una habitación con paredes de color cielo y una ventana abierta a la fantasía. Un cuerpo desafiante consiguió que su etérea figura dibujara una linea horizontal en ese escenario sin luces de bombillas. Sólo una luna curiosa dejó filtrar un rayo para iluminar su ópera prima. En el lago, cisnes ruborizados escondieron su rostro entre las plumas.
Sus zapatillas de duras punteras quedaron, una noche, en el atrezzo de una habitación con paredes de color cielo y una ventana abierta a la fantasía. Un cuerpo desafiante consiguió que su etérea figura dibujara una linea horizontal en ese escenario sin luces de bombillas. Sólo una luna curiosa dejó filtrar un rayo para iluminar su ópera prima. En el lago, cisnes ruborizados escondieron su rostro entre las plumas.