
Especialista en aferrarse a las ilusiones. Una noche descubrió, desde la ventana de su habitación, que a la vía láctea se le escapaba una lágrima y raudo, antes que la estela desapareciera formuló un deseo. Sucedió en el último segundo de la última noche de un año que acababa. Cerró los ojos, apretó fuerte los puños para que el deseo no se escapara y elevando su rostro hacia el infinito, en un grito que atravesó el espacio lanzo cuatro palabras, ¡quiero un día más!.
No lo pedía como esperanza de vida. Si acaso, si fuera necesario, como epílogo de la misma.
Aquella noche intentó dormir esperando que se cumpliera la mayor y más importante de sus ilusiones. Mientras duraba el desvelo se preguntó que haría con veinticuatro horas más, para qué las necesitaba. Su imaginación abarcaba desde lo más simple hasta lo inimaginable. En un primer momento se ocupó en descartar lo cotidiano, amar, comer, reir, trabajar... Luego mientras entornaba los ojos pensó que ese tiempo regalado lo ocuparía en algo inalcanzable hasta ahora. Escalar una montaña, desde siempre le había atraído; atravesar a nado un gran río era otra asignatura pendiente; volar como los pájaros con sólo abrir sus brazos debería ser algo maravilloso; cabalgar sobre una luna nueva y dar la vuelta al mundo, algo fascinante para atreverse. Pero él se sabía cobarde ante los grandes desafíos.
La noche iba extendiendo su manto oscuro anunciando el paso del tiempo pero el reloj que colgaba en la pared estaba detenido justo en el mismo segundo en que formuló su deseo. Él, en una sensación de insomnio no percibido, intentaba descifrar el puzzle de aquello que más anhelaba.
Repasó todo lo que había hecho en su vida para no repetirlo.
Se recordó de niño haciendo volar una cometa y soñando que con sus manos cambiaba el color del cielo cuando aquel artilugio de caña y papeles de colores lo rozaba. Se sucedían intermitentes flashes de su niñez, pantalones raídos, olores a pizarra y a tizas que pintaban amaneceres, carreras de obstáculos que fue superando con la experiencia, llantos y risas por logros y fracasos.
El reloj seguía detenido y sus ojos caprichosamente imsomnes impedían que el sueño interrumpiera su deambular por el pasado.
Se vio en su adolescencia ¿que le había quedado por hacer ?. Se había deslumbrado ante al amor primero, tuvo el traje de gala que tanto anhelaba para su primer baile, vibró ante la piel desnuda,
le amaron, también conoció el desamor, recordó la amistad de aquel que hoy es ausencia, el olor del patio en el que supo del sabor de un beso, la satisfacción de su graduación, la emoción contenida de sus padres.
¿Qué era entonces aquello que quería conseguir en las horas que el tiempo le concediera ?
Por primera vez desde que formulara el deseo, casi al descuido, vio entre nebulosas que las manecillas del reloj se habían detenido justo a las doce de la noche.Tuvo la sensación del deseo hecho realidad.
Sin embargo, a través de la ventana, creyó percibir que esa noche era ahora más absoluta. La luna se había recogido. Los segundos se sucedían. Inexorables. Sintió un ligero escalofrío.
En un ligero estado de confusión apuró sus pensamientos intentado que se le ocurriera algo original.
Las horas que el creía concedidas se iban diluyendo y tan sólo el recuerdo de aquello ya vivido había llegado a borbotones a su memoria.
Entre nebulosas vio que las agujas del reloj seguían su marcha por el círculo del tiempo. Avanzaban hacia el futuro. Colgado en aquella pared su engranaje latía, marcando los pasos de la vida.
El fabricante de ilusiones luchando contra el transcurrir de los segundos, deseó entonces desesperadamente recuperar lo cotidiano, amar, reir, caminar, emocionarse...¡VIVIR!
Una línea recta e irreversible comenzaba a dibujarse en la pantalla de su electrocardiograma. Era el primer segundo del primer día de un nuevo año.
"Cuando llega el tiempo en que se podría, ha pasado el tiempo en que se pudo".
Marie von Ebner-Eschenbach (1830-1916) Novelista austríaca.