
Me ví en la foto que colgaba en la pared del salón.
Estaba allí en esa vieja fotografía de mi infancia junto a otros rostros queridos. El de mi hermano Juan, el gordito de la familia; el de Ernesto, el dormilón, y el de la pequeña, dulce y soñadora, Alicia. También estaba, escondido entre las piernas de papá, mi perro Mouki mezquinando su cuerpo a la cámara. Parecìa no querer perpetuarse en un papel, pues recuerdo cómo se resistía a que lo retrataran.
Faltaba mamá.
Lo advertía ahora. Acaso por que en ese momento tenía asumido que ella no podía detenerse ni un minuto en sus quehaceres. Su ir y venir por la casa era algo que entraba en la normalidad. Podía estar recogiendo flores del jardín para que lucieran frescas en el jarrón que adornaba el centro de la mesa. O buscando en el armario la carpeta de punto de cruz que había bordado antes de casarse y con la que siempre cubría esa vieja mesa camilla. Almidonada, blanca, hermosa. ¡De hilo bueno!- decía ella.
En el fondo de la fotografía descubrí la biblioteca de roble que abuela mandaba barnizar cada año y en la que mis manos acariciaban las cubiertas de aquellos libros relucientes, imaginado sus historias. Era mamá la que en las tardes de mis vacaciones escolares, en el patio y bajo las enredaderas me transportaba con sus lecturas hacía mundos desconocidos. Allí empecé a descubrir que existían palabras cuyos significados en la vida distaban de los que figuraban en mis diccionarios.
El amor era mucho más que aquello que lo definía, no era sólo un hermoso y alegre sentimiento. También era llanto. La muerte no era el fin sino el anuncio de un viaje hacia lo desconocido. La soledad desamparaba, pero también acompañaba. Y los silencios... ¡Ah, los silencios! ¡Qué bien explicados! Mamá suspiraba para que yo los entendiera. Para ella el silencio era ese suspiro. Ese grito ahogado de la vida. La herida no sólo era una grieta en la piel, tambien era un pellizco en el corazón .
Todo sobresalía del marco, cobraba vida.
Las toscas manos de mi padre, apoyadas en su rodilla, con grietas de responsabilidades cumplidas. Manos que no acariciaban. Yo no las recuerdo. Si acaso eran sus ojos los que delataban su bondad, su amparo desmedido.
Pero mamá no estaba en la foto.
A un costado distinguí la chimenea encendida. Era la evidencia de su escondida presencia. Sólo ella conseguía encenderla. Sus soplidos eran casi mágicos y el fuego se tornaba de repente bravo, y poco a poco, se tranformaba en brasas rojas. No podía sustraerme de la imagen de esa transformación, el olor de la leña que se quemaba, el rojo intenso y tornasolado de las llamas elevándose y las cenizas que anunciaban el fin de las tertulias nocturnas. Ellas, tan grises, se opacaban anunciando el descanso.
Mamá no estaba.
Y sin embargo yo la imagino en la sala de plancha envuelta entre los vapores de nuestros húmedos y almidonados delantales; entre las camisas con cuellos impecablemente repasados por aquella plancha de carbón; preparando el caldo que calentaba nuestros cuerpos en los crudos días de invierno; remendando calcetines para que aguantaran hasta el próximo sueldo de papá; dejándonos las camas tan bien estiradas para que los pliegues de las sábanas no irritaran nuestra piel.
No, mamá no está en la foto.
Pero hoy en ese papel amarillento y envejecido que cuelga de la pared la he visto. Como la veía entonces. Aunque ya no esté.
Y me he fijado en mi perro Mouki, mezquinando su imagen a la cámara. Tal vez, por que él intuía que los sentimientos profundos sólo se rescatan desde el alma. Allí están guardados. Por siempre.
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