"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

miércoles, 17 de octubre de 2012

MÍO



Mi agradecimiento a Rossina que tuvo 
la gentileza de invitarme a este "Encuentro de los jueves"



Bámbola conocía mis secretos, mis gustos, mis aficiones y mis debilidades. Éramos amigas desde muy niñas. Solíamos sentarnos en el patio de su casa y la tarde  se nos iba casi sin darnos cuenta hasta que su madre nos avisaba que llegaba la hora de la cena. Hablábamos, mucho, y nos gustaba recrearnos en las novelas o cuentos que a esa edad nos deslumbraban. Ella me observaba cuando al entrar en el despacho de su padre, un notario muy ilustrado,  mi mirada deambulaba por las estanterías de la biblioteca que cubrían las paredes de aquel salón. Él también sabía de mi afición por la lectura.
Cumplía por aquel entonces mis doce años y dentro de la modesta economía casera y como hija mayor mis padres hicieron lo imposible por agasajarme con una humilde fiesta.Tías, primas, abuelas, algunas amigas y amigos y compañeras del instituto. Pocas, porque era yo más bien solitaria. Rara, según decía mi madre.
Cada uno de los invitados llegaba con algún regalo envuelto en papel brillante y lazos de colores que yo  abría con ilusión. Un álbum para fotos, un portaretrato, el poster de mi actor favorito, adornos para mi habitación, aros de fantasía, y alguna que otra prenda íntima que mis tías presentían que ya empezaban a serme necesarias.
Bámbola fue la última en darme el suyo. Se acercó,  puso su mano sobre mi hombro, me dio un beso en la mejilla y me lo entregó. Era un sobre, de papel apergaminado, atado con una cinta de raso que enmarcaba los vértices y acababa en un lazo en el centro. Una tarjeta y una dedicatoria: “Con muchísimo cariño y que lo  disfrutes" y un “Feliz cumpleaños” en el borde inferior junto a su firma y a la de su padre. La dedicatoria la había escrito él. Reconocí su letra. Eso para mí ya era un halago. La firma de un hombre sabio. 
Abrí, mas bien rompí aquel sobre, y tuve la sensación de ruborizarme mientras lo descubría. Lo apreté contra mi pecho. Lo abracé. Y aunque el bullicio de la fiesta no había desaparecido, por unos momentos yo me sentí maravillosamente sola, con una sensación de placer hasta entonces desconocida por mí. No había tenido jamás ese sentido de la posesión. El gozo que nacía  de fundirme en algo y acariciarlo. Saberlo mío.
La fiesta continuó entre risas, bailes y miradas. Incipientes miradas y algún que otro beso robado. Los mayores miraban de reojo. Nos cuidaban... decían. Finalizó casi al anochecer. 
Luego, y ya en mi habitación, acomodé uno a uno todos los obsequios.
El de Bámbola había quedado sobre mi mesa de noche despojado de adornos y envoltorios. Solos yo y él.  Un libro y mi asombro.  Mi primer libro nuevo.
Hasta entonces los libros que había leído eran los que, semana tras semana, sacaba de la biblioteca de mi escuela. No eran míos. Una vez leídos  se alejaban de mí  o yo me sentía obligada a dejarlos  hasta que otras manos se acordaran de ellos en aquella mudez de la estantería.
Acaricié la textura de la tapa de tela rugosa, recorrí con mi dedos todas y cada una de las letras de su nombre grabadas con tinta plateada. Pero especialmente quería olerlo. Fui abriendo sus páginas como si de un abanico se tratara. Y olía. Era el olor que yo imaginaba cuando recorría con mi mirada la biblioteca del padre de mi amiga. El olor a papel y a tinta de un libro jamás abierto.   Aspiré hondo, muchas veces. Y abrazada a él el sueño me fue venciendo

 Aún recuerdo su título, su autor, el color de su tapa, la suavidad de sus hojas pero me es imposible reproducir una sola frase del texto. A veces hasta dudo de haberlo leído. Y sin embargo me adormecía y amanecía con él entre mis manos. Tal vez porque en mi memoria quedó la sensación primera,  la de su entrega y mi gozo, y su lectura se ocultó muy dentro de mí como la parte más secreta de esa entrañable relación que establecí con él. Tan secreta y tan íntima como las de  una amada y su amante. Negándome la opción de ser desvelada. Acaso por temor a perder su esencia.
Supe por mi padre, que fue quien me lo contó varios años después cuando ya el exilio me habitaba, que alguien lo había enterrado en algún lugar junto a otros muchos libros que se fueron agregando a lo largo de mi vida. Porque  hubo  una época  en que algunos  llegaron a pensar que las palabras hacían más daño que un disparo en la sien. El lugar lo desconozco porque quien enterró mis libros hoy  ya no existe.
Hoy al escribir esta historia he vuelto a ver a aquella niña  de cabellos ensortijados y ojos asombrados, en una tarde de julio, abrazada a un libro. Suyo. La he visto feliz. Todavía.

Convocatoria los jueves un relato

24 comentarios:

San dijo...

Enterrarian aquel libro, junto con otros libros, pero jamás enterraron el gozo de esa niña, el recuerdo de esa mujer.
Una historia escrita desde el corazón, y es ahí donde llega,traspasando esta pantalla.
Un abrazo y un placer.

silvia zappia dijo...

tuvimos la misma "felicidad clandestina", a decir de Clarice...


beso, beatriz*

Rochies dijo...

Beatriz, es mágicooooo.
Clarice no tendría nada que envidiarte. Te lo dije aquella vez y te lo repito ahora. Cada frase enlazada, con la más alta perfección, transmite la música y la transparencia de tu prosa; única.
Un abrazo gigante, mi querida amiga!!!
PD: Linkea la convocatoria en tu pie de página.

mario gomez garrido dijo...

Hermoso. Me encontó el énfasis con que destacas la parte física del libro, objeto extraño y perfecto, algo que sin duda incumbe a la memoria, al corazón y al pensamiento, pero también a los sentidos. Pensar que en algún sitio podrían estar esos libros...tal vez esperando.

Natàlia Tàrraco dijo...

Malos tiempos los de enterrar libros, pero ellos escapan, viven, renacen en nuestra memoria, o los volvemos a atrapar y ellos nos atrapan. Las sensaciones que me comunicas desde aquel primer libro "tuyo", me dicen que consiguió llevarte muy lejos hasta hoy, su mensaje, su olor, en más libros, en estas letras tan sentidas, se percibe.
Besito.

Carmen Andújar dijo...

Una bonita historia. La cultura para muchos es mala, porque pensamos y entonces no nos pueden manipular, así que mejor los destruyen directamente.
Un abrazo

José Vte. dijo...

Preciosos los recuerdos que emanan de aquel momento mágico que supuso para tí el regalo de tu primer libro. Lo describes con un amor y una entrega que emociona.
Desgraciadamente hay momentos en la historia en los que como bien dices algunos temían más al poder de un libro que al retumbar de una pistola.
Magnífico Beatriz. Bienvenida a los jueves.

Un abrazo

Neogéminis dijo...

No sé si me he emocionado más compartiendo contigo aquella "primera vez" o si ha sido mayor el sentimiento pensando en que en algún lugar estarán aún hoy tus libros, esperándote para reencontrarse.
La vida es una extraña y personal combinación de alegrías y tristezas...hoy nos has regalado una preciosa carga de ellas.

Un abrazo juevero...por cierto: bienvenida al grupo!
=)

Fabián Madrid dijo...

Tierna historia que emociona y hace recordar esa infancia feliz.Un beso

Juan Carlos dijo...

Vale, ya estamos. Tengo mi idea para comentar, pero hay un comentario tan genial que ¿qué decir?
Pues que me sumo al comentario de San.
Tu relato, envuelve, atrapa, trasmite ... lo he vivido.
Besos.

Rochies dijo...

Mon Dieu,
sigue irrediablemente siendo mi favorito. Lo releeo, y no ceso de afirmarlo.
Mario y Beatriz son mis preferidos, como repito siempre, y si lo duda le pregunta a Noya ;) y que él le cuente. Anda diciendo que me debe su relato. Y lo esperaré porque calculo que se las trae. Un abrazo, amiga.

Pepe dijo...

Decía Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. Eso es lo que debieron pensar aquellos que enterraron tus libros creyendo que así acabarían con tus ansias de leer. Me ha emocionado ese encuentro casi enamorado con el primer libro "tuyo", esa descripción física y tangible de su textura, de su olor, de su corporeidad. Cuando las letras fluyen desde el corazón consiguen arañar el alma de quien las lee. Las tuyas, hoy, han conseguido en mí ese efecto. Gracias por eso.
Un abrazo.

Cecy dijo...

Me ha conmovido todo el relato, su aroma, la alegría y complicidad del regalo. Esa marca que ha dejado una huella imborrable, enhorabuena. Porque son esos compañeros tan fieles y que nos acarician palabra a palabra.
Pero no puedo negar que han rodado unas lagrimas al pensar en tus libros escondidos, pero no nos han podido robar los pensamientos, ideas y lo que llevamos dentro.

Un abrazo Juevero.

Maria Liberona dijo...

Aaaayyy !!!
que bella historia me ha encantado

Sindel dijo...

Una historia hermosa que nos lleva a sentir cada una de las emociones que transmite. Los libros pueden ser enterrados y quemados, pero mientras hayan sido leídos por alguien jamás serán olvidados ni sus palabras borradas.
Un abrazo enorme.

Horacio Beascochea dijo...

Bellísimo e intenso relato. El olor de los libros, sus misterios, sus palabras, sus secretos. También el miedo y aquella época macabra en donde enterrábamos las palabras. Pero, como sabés, no vencieron. Seguimos escribiendo, recordando, apostando a la literatura, entre tantas otras cosas.

Beso grande

Valaf dijo...

Un libro sólo se entierra cuando lo hacen con aquel que lo hizo suyo. Son entes mágicos, pues viajan sobre el alma de quienes dieron vida a sus letras. Me ha encantado tu relato.

Un beso

casss dijo...

Es un relato conmovedor de punta a punta. Emociona, transporta, nos detiene en el tiempo, en un tiempo de felicidad, sorpresa y gratitud. Ese hombre sabía el valor de un libro (soy notaria también...)
y captó perfectamente tu esencia, la que te hizo escribir este emocionante relato.

Un fuerte abrazo.

Diana H. dijo...

Claro que recuerdo este relato tuyo. También esa idea sobre el final del relato, donde hablas de los libros "enterrados" me recordó mi paso por la plaza de Berlín, donde está el Monumento a la Quema de Libros de 1933. Esas estanterías vacías como nichos por debajo del cristal. Tu cuento-testimonio suena como un triunfo por encima de eso.
Un abrazo (ya estoy preparándote mail).

maria candel dijo...

El recuerdo del primer libro leído, se asemeja al recuerdo del primer amor,las emociones que un día despertaron en nosotros permanecen guardadas en la memoria,junto a lo que deja huella, junto a lo que no nutre y alimentará por siempre...
Un gran abrazo, Bea

Karu dijo...

Emociona de principio a fin, gracias por compartirlo!
Te dejo un beso grande! :)

ibso dijo...

Un libro leído es como un trozo de ilusión, que perdura, incluso mucho después de que el objeto que la provocó haya desaparecido. Eso nunca se puede enterrar.
Un abrazo

Fina Tizón dijo...

Excelente relato y pulcritud sin paliativos en tu prosa, Beatriz, con lo cual te felicito.
Este tema que nos ofreces hoy, con cariz nostálgico, envuelto en recuerdos de niñez, me emocionó, ¿por qué?, pues porque viví una situación similar a la tuya.
Cuando somos niños y nuestros sueños se encadenan enredados en algo que anhelamos y, de pronto, ese deseo se convierte en realidad y lo podemos abrazar, oler, sentir, es.., es una emoción indescriptible. Ese libro de tu historia fue enterrado quien sabe donde, pero, para tí, el tiempo nunca podrá borrar aquel momento irrepetible de tu cumpleaños abrazada a ese preciado libro con que tu amiga del alma te obsequió.

De nuevo te felicito por ese relato para mí, también, lleno de emotividad.

Un abrazo

FINA

Rochies dijo...

si ud. quiere ya sabe que está invitada. Abrázola y sigo alabándole su escrito. Venga a chusmear donde es la juntada esta vez.