"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura

jueves, 1 de septiembre de 2011

CONFESIONES DE MI MALETA

La maleta abierta sobre la cama anuncia el regreso. Poco afecta a ordenarla, voy intercalando mis pertenencias sin orden de preferencia. Todo lo que allí llevo tiene el mismo valor. Suelo desechar en cada viaje aquello que no me haya dejado ni un pellizco en mis entrañas, o lo que es lo mismo, pero más correcto, que no me haya hecho latir con más fuerza el corazón.
Adentro ya están las sandalias playeras con restos aún entre sus finas tiras de diminutos granos de arena de la playa en la que quedaron las huellas de mis paseos solitarios. Ellas se obstinan en retrasar el final; los coloridos pañuelos que cubrieron el frío de mi espalda  porque me faltaban sus abrazos; la falda blanca con la que solía vestirme de transparencias acaso para calmar la sed de mi piel; la pamela de rafia que solidaria protegía mi rostro de la bravura de un sol implacable y ocultó algunas lágrimas que, tímidamente, llegaron a deslizarse por mi mejilla. Por nada, o tal vez por un montón de cosas. O porque sí, porque necesitaba ese llanto.
Acomodo en un rincón los zapatos rojos de tacón. Los traje por si acaso, por si él llegaba y bailábamos el tango que otro verano hicimos nuestro. Julio Sosa y aquel “Qué falta que me hacés”. Pero mis pies no llegaron a calzarlos. Y yo, esperando, susurré   uno de sus versos “...si vieras que ternura que tengo para darte...”.
También llevo, a buen resguardo, aquello que tan sólo habitará para siempre en mi mundo interior, mis instantes. Con cautela pongo un rayo de luna llena que iluminó una noche de insomnio. Imaginando; una libélula que, herida, se posó en mi hombro y allí se quedó regalándome el silencio de sus alas y el despertar de una palabra que se negaba a nacer; el color de los amaneceres que atravesaba  la ventana y vestía  mi cuerpo de día y utopías; el sonido de la risa de unos niños que desandaba mi tiempo y me trasladaba hasta el placer de mi inocencia; el aroma de este presente que disfrutaré aún cuando todo llegue a convertirse en un recuerdo y el pétalo de una flor que guardé entre las hojas del libro que leía cuando me llegó tu mensaje, el que deshizo la esperanza de un reencuentro.
Afuera sopla una brisa apenas tibia. Cierro la maleta. Mi cuerpo regresa a su punto de partida. También mis esperanzas, mis sueños y mis proyectos. Aquí se queda lo irrecuperable. Lo que no pudo ser. Lo que nunca será.

viernes, 15 de julio de 2011

INDEFENSA


"Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme".
 (Génesis, 3,9)














Ha llegado despacio, en cautela, sutilmente. Juro que me había atrincherado tras los muros de lo invencible, que había preparado un brebaje que me ayudase a enfrentarlo. Si hasta oré ante la estampa de no recuerdo quién para ahuyentarlo. Que supuse que sólo era cuestión de fe. De coraje. De escudarse y vencerlo.
Pero nada ha servido.
Invisible, despojado de sombras que lo delatasen, ha llegado. Es un segmento vertical, filoso, hiriente, que traspasa la piel, que la penetra, que aletarga el cuerpo e implacable hace un nido de espinas en el alma.
Está aquí conmigo, dentro de mí. Y y yo indefensa. Me arrincona sin piedad y me atrapa. Ya estoy entre sus garras. Vilmente atrapada.
Ya no pienso. Ya no soy. Enmudezco.



Imagen: Google-







lunes, 27 de junio de 2011

PALABRAS GUARDADAS


Usaron siempre las palabras justas, las imprescindibles .
Disfrutaban dejándose acariciar por las primeras brisas. Caminaban por el valle, cogían nísperos frescos, bebían agua de la fuente, se querían. Se sentaban sobre la hierba y ella leía poemas. En voz alta recitaba palabras ajenas, sonidos que llegaban desde el alma del poeta y soñaban .
El la miraba y sonreía. Ella le devolvía la sonrisa.
Sus silencios eran tan prolongados que les eran suficiente apenas unos pocos gestos para admirarse, para entenderse. Habían aprendido a descubrirse, a sentirse, callados.
Al anochecer cuando llegaba el reposo, las palabras que habían silenciado, las que no necesitaron decirse, las escribían en unas hojas apergaminadas y las guardaban en una caja de madera con olor a pino, a esos pinos que rodeaban su casa, que olían a sus vidas.
Allí fue quedando la huella de sus días. El sigilo de su tiempo compartido.

Y cuando se fue aproximando esa oscuridad que necesita del sonido porque su sombra asusta, cuando presintieron que llegaba el silencio absoluto, abrieron la caja de madera con olor a pino y despertaron las palabras adormecidas, las que habían escrito. Ella las leyó con la misma emoción que había recitado aquellos versos cuando se sentaban en la hierba. Con la voz en alto. Y  escucharon los sonidos guardados. Los suyos.
El la miró con la ternura de siempre y pronunció las palabras justas. Las mismas que ella alcanzó a decirle antes del adiós.

Imagen: Google

lunes, 20 de junio de 2011

INDIGNADOS


Fotografía captada por Pablo Tello, mi hijo, en la marcha del 19-J


"La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño" -Friedrich Nietzsche


       

sábado, 11 de junio de 2011

HABLEMOS...MAÑANA,



Ven.
Acércate y hablemos. Hablemos de ti, de mí, de nuestro tiempo. Del otro tiempo. Aquel en el que nuestro gato se adormecía espiando sin pudor nuestras caricias
Hablemos de nuestros amaneceres, de mi postre de dulce de leche sobre la mesa con el mantel a cuadros, de tu lengua relamiendo las tostadas y de mis labios rozando la dulzura de los tuyos. Hablemos de Cortázar, de su Maga y de la ternura de sus palabras que se adormecían junto a ti sobre la almohada. De los versos de Lorca, de Cernuda, de Machado, que leíamos en en el jardín hasta que el sueño o el deseo de besarnos nos enmudecía
Hablemos de nuestros paseos, del puzzle de utopías, de las lluvias imprevistas y de nuestro único paraguas, sólo uno para dos almas aún húmedas. De la baldosa floja que siempre pisábamos y de mi falda embarrada. Y de tu risa.
De los zapatos negros que compraste con tu primer sueldo, los que te apretaban. Y de tu elegancia con aquel traje gris que estrenaste en ese nuestro primer aniversario.
Y del vals que bailamos. Y de tus pies descalzos en mitad de la noche. Y de mis risas
Hablemos de mi vestido azul que te gustaba por que dejaba translucir mis embestidas.
De mi barriga gestada y de tus dedos intentando descubrir la vida que se anunciaba,
Hablemos de lo que fuimos y lo que hicimos para que no se nos difumine.
Para recordarlo. Siempre .

Y luego... hablemos del ahora, de lo que no nos pasa, de lo que no sentimos y que no ha sido eterno como creíamos porque fuimos tan tontos que lo descuidamos y se ha ido despacio, tan despacio, que apenas si nos hemos dado cuenta.
Hablemos. Hagámoslo ya, antes  de que se despierten nuestros niños, antes de que todo nos lastime, antes  de que mis ojos y los tuyos se humedezcan.
Y, por favor, no digas más... mañana. Porque en cada anochecer se acrecienta la distancia y se  nos anestesia la piel.  Y las palabras enmudecen de tristeza. Y se despiertan nuestros niños. Y callamos.

miércoles, 25 de mayo de 2011

EL DESVELO DEL POETA



¿Palabras ? Si, de aire

y en el aire perdidas,
déjame que me pierda entre palabras.
Déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma se pierde.

Octavio Paz



Anochecía. La luz que se filtraba a través de la cortina era suficiente para realzar su belleza. Para admirarla en esa quietud; en esa penumbra que la hacía aún mas hermosa. Ella sola. Nacida. Desnuda aún. Deshabitada.

[Hacía calor, pero él sintió frío. Ese frío que se cuela por los poros y avanza hasta contracturar el alma. El frío que precede al desaliento, al temor, a lo inesperado, a las dudas.
Se ahogaba. Abrió la ventana, encendió un cigarrillo y la vio... borrosa, difuminada, deshaciéndose. Yéndose de él. De sus manos. Perdida.
La noche se fue quedando huérfana de luna. Olía a perfumes en sosiego. A savia adormecida.
Se apoyó en el marco de la ventana, mudo. Tan huérfano como la noche. Con su ausencia.]


Encendió el candil.
La necesitaba. Y allí estaba, en reposo, esperándolo.
Con su dedo índice él la recorrió para sentirla. Despacio. Trazo a trazo.
Y ella, iluminada,  anidó en su mano para latir. Y ser sonido, asombro, vida. Verso.

lunes, 16 de mayo de 2011

ASOMÁNDOME A LOS SUEÑOS





"  No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, tenebroso y deslumbrante que una ventana tenuemente iluminada por un candil. Lo que la luz del sol nos muestra siempre es menos interesante que cuanto acontece tras unos cristales. En esa oquedad radiante o sombría, la vida sueña, sufre, vive."

-CHARLES BAUDELAIRE-


Desde siempre me atrajeron las ventanas.
Me atrapaba  esa magia oculta que me permitía crear vidas con la imaginación, traspasar sus cristales y fabular con sus moradores, con los vaivenes del tiempo, los insomnios, el llanto arrinconado de un  olvido, las traiciones de alcobas, los desvelos del placer o la agonía del último suspiro.
De niña imaginaba  en su interior a brujas y hadas, a magos y hechiceros, a duendes jugando en sus cortinas, a mis personajes favoritos inventándose una aventura. Creía verlos.
Luego mi fantasía de adolescente me llevó a a inventar leyendas con mercaderes de pasiones ocultas, a fogosos caminantes repostando entre donceles y sábanas bordadas por las manos de una doncella enamorada. Veía lo que yo creaba.
Me asombraban las ventanas abiertas, de corazón grande, centinelas de almas inquietas. Las alegres y coloridas, con atisbos de inocencias celosamente ensamblados en sus molduras. Las enrejadas con  sombras de tiempos pasados. Latían... y  nacían mis personajes y sus escenarios. Mis realidades.
Soñaba. Creaba. Inventaba. Fabulaba.
Hoy, con esta mirada alejada ya de la infancia, sigo necesitando encontrar en la oscuridad de una ventana la palabra que espera mi hoja en blanco.
Necesito verbos y tiempo de otras vidas. Necesito seguir imaginando.