
Sus pulsaciones se aceleraban tan pronto atravesaba la puerta. La palidez en su rostro reflejaba esa angustia que se apoderaba de él siempre que tenía que acudir a la cita.
-Siéntese usted, le decía comprensiva, la mujer que lo estaba esperando, al verlo llegar casi desfalleciente
Él era consciente de su estado, notaba el temblor en sus manos, el frío sudor en la frente. Cuando el rostro de ella se acercaba hasta su pecho oía sus latidos desmesurados. Eran incontrolables sus reacciones físicas.
-Habrá que mirar más a fondo este corazón – le dijo
Entonces él notó que su garganta se secaba y pidió un vaso de agua. Las palabras salían de su boca entrecortadas.
Tuvo miedo de formular la pregunta de rigor. En el silencio de aquella blanca sala se oyó su balbuceante.
-¿Es grave?-
-Puede que sea crónico - contestó ella con una sonrisa para aliviar la tensión, mientras su mano palpaba aún el torso desnudo.
Él sintió un pinchazo en lo más hondo de su pecho y, como le enseñaban en las clases de yoga, aspiró aire hasta que el diafragma aguantara para luego soltarlo lentamente. Alguien le había dicho que cuando el tiempo se reduce hay que aprender a administrarlo.
Salió de la sala. No quería mirar el sobre con el diagnóstico. No estaba preparado. Miró hacia el cielo como si lo fuese a ver por última vez.
Se sentó en un banco de un parque cercano. El día era hermoso. Los niños correteaban por los jardines, los más viejos leían relajados las noticias en algún periódico. Pero lo suyo no era noticia, Lo suyo estaba en el sobre que aún temía leer.
-Siempre quise llegar a viejo-pensó- y sentir la serenidad de seguir enamorado, ilusionado, vivir con esperanzas, pero ahora...
Con pasos lentos y con los ojos ávidos de imágenes fue acercándose a su casa..
Abrió la puerta despacio, ya no había prisas. Cumplió con el rito de besar en la frente a su mujer y arrojó el sobre en la mesa. Tampoco lo abrió.
El miedo a conocer la verdad se lo impedía. Siempre careció de atrevimientos.
Se sentó en el sillón a la orilla de la ventana desde donde lo asombraba el resurgir de la vida a cada instante. Colibríes libando en los rincones ocultos de los lirios, mariposas ensayando la multiplicación de sus alas, plumas que volaban en el aire, plumas de jilgueros revoltosos escondidos entre las ramas de los árboles. Cogió el libro que estaba leyendo e intentó concentrarse en la lectura. Era una simple novela de amor, de ese sentimiento que desconcierta con sus complejidades, y poco a poco se fue adormeciendo.
Cuando despertó, el sobre estaba sobre su mesa de lectura, abierto, junto al libro
Llamó a Ana, su mujer. Nadie le contestó. La casa había enmudecido. Como lo estaban sus días desde hacía mucho tiempo. Vacíos. Sin palabras. Sólo manifiestas inseguridades.
Un desconcertante estado de confusión le invadió al leer:
”... se observan latidos desorientados en un corazón que necesita desperezarse de soledades crónicas. Le sugiero que las visitas a mi consulta las haga con más frecuencias para acostumbrarnos, usted, a mis imprevisibles diagnósticos, y yo a sus palpitaciones”. La novela había llegado al final.
Abrió la ventana. Aspiró aire fresco, lo necesitaba. Afuera el colibrí seguía seducido por la flor
Cerró el libro y leyó finalmente la valoración de su malestar.
Tembloroso, aún, levantó el teléfono para solicitar una nueva consulta.