
¡Qué implacable es la brevedad de las estaciones!- dijiste de improviso, dándole el justo valor al tiempo del verbo que usabas.
Yo, recostada en mi vieja tumbona, evité tu mirada y me distraje con el juego de deslices desafiantes de las nubes, con el balanceo de las ramas nuevas que al rozarse acariciaban sus brotes, pezones tiernos de la vida.
Me negaba a querer entenderte.
La tarde era muy calurosa. Quise creer que la pesadez de la siesta me condicionaba para contestarte.
Demasiado- contestaste - mientras secabas tu frente empapada de sudor y apoyabas tu cuerpo en el tronco del jacarandá.
Pero la conversación era intermitente. Cada palabra que pronunciábamos parecía introducirse en una espiral de la que le era muy dificil escapar para formar una frase.
El sonido de tu voz dejaba en el aire la fugacidad de unos puntos suspensivos. Sentí un ligero desasosiego.
Me incorporé, bebí agua fresca de la botella sumergida en un balde de aluminio con hielo. El frío del líquido me despejó. Reaccioné. Supe que esperabas una contestación
¿Acaso no crees que la brevedad de una estación es el prólogo del tiempo que ha de venir?- te dije, intentando convencerme de que todavía nos quedaba verano. Intentando convencerte.
Y te miré. No, tú no lo creías. Tampoco yo, que desesperada me engañaba inventándote un mañana.
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