
Papá se había levantado muy temprano para ir a trabajar. Su primer trabajo. Su humillación gratificada. Yo tenía entonces ocho años, mi hermano cuatro. En nuestra inocencia no cabía aún la palabra exilio. Y aunque ellos trataban de ocultarnos su trascendencia, eran inevitables las carencias en aquella infancia. Carencias de afectos arrancados y de privaciones.
No obstante, mi hermano y yo, estábamos contentos aquel día. Nuestro padre trabajaría en un parque de atraciones. Para nosotros era una divertida aventura. Éramos muy niños para advertir lo que significaba para su autoestima,
Desayunamos, sin palabras. Algo les preocupaba.
¿Y ahora que hago?- dijo mi padre, cuando se preparaba para salir. Tenía que coger el metro hasta el parque de atracciones para cumplir con su primer día de trabajo.
Mamá, nerviosa, revolvía todos los bolsillos, abría y cerraba cajones, buscaba...,buscaba algo, algo que no encontró.
Y él, cabizbajo, salió entonces de casa sin darme el beso.
Cuando regresó por la noche, cansado, dejó su jornal sobre la mesa. Acarició el rostro de mamá. Lo recuerdo emocionado. Después de la cena me acompañó a mi habitación y me dió dos besos.
Y él, cabizbajo, salió entonces de casa sin darme el beso.
Cuando regresó por la noche, cansado, dejó su jornal sobre la mesa. Acarició el rostro de mamá. Lo recuerdo emocionado. Después de la cena me acompañó a mi habitación y me dió dos besos.
-Por que te debo el de esta mañana- me dijo. Algo muy especial le había demostrado que la vida no se detiene cuando los demás lo deciden.
El tiempo no podía estancarse en la nostalgia. Recuperar la dignidad era la única manera de demostrar que no nos habían vencido. El esfuerzo de la integración iba lentamente recompensándonos. Papá ya trabajaba en la editorial. Mamá daba clases de piano en una academia. Mi hermano y yo habíamos empezado las clases en una escuela del barrio. Surgieron nuevas amistades. Íbamos teniendo historia en otro país. Renovando afectos, lenguaje, emociones. Identificándonos.
Un domingo decidimos dar un paseo. Cogimos el autobús. Era temprano. Iba casi vacío.
Al subir mi padre miró sorprendido al conductor. Era el expendedor de billetes que, una lejana mañana de carencias, vió en el rostro de un hombre desconocido la angustia por sobrevivir. Aquel que le había cobrado cinco pesetas por un billete de autobús que valía seis. La escasa diferencia entre la desesperación y la solidaridad simbolizada en una peseta.
Una mirada de asombro y la memoria retrocedió. Se reconocieron.
Sus miradas me demostraban que la bondad aparece en cualquier lugar en donde la vida palpita día a día. A pesar de la existencia de aquellos otros que siembran el terror y cercenan nuestras libertades, nuestro derecho a vivir en paz.
Durante el trayecto papá, sentado en el primer asiento, fue contándole aventuras y desventuras de nuestra vida. Yo, con curiosidad de niña ya adolescente, observaba como se entrelazaban aquellas dos miradas. Miradas que me demostraban que la bondad aparece en cualquier lugar en donde la vida palpita día a día. A pesar de la existencia de aquellos otros que siembran el terror y cercenan nuestras libertades, nuestro derecho a vivir en paz.
El tiempo no podía estancarse en la nostalgia. Recuperar la dignidad era la única manera de demostrar que no nos habían vencido. El esfuerzo de la integración iba lentamente recompensándonos. Papá ya trabajaba en la editorial. Mamá daba clases de piano en una academia. Mi hermano y yo habíamos empezado las clases en una escuela del barrio. Surgieron nuevas amistades. Íbamos teniendo historia en otro país. Renovando afectos, lenguaje, emociones. Identificándonos.
Un domingo decidimos dar un paseo. Cogimos el autobús. Era temprano. Iba casi vacío.
Al subir mi padre miró sorprendido al conductor. Era el expendedor de billetes que, una lejana mañana de carencias, vió en el rostro de un hombre desconocido la angustia por sobrevivir. Aquel que le había cobrado cinco pesetas por un billete de autobús que valía seis. La escasa diferencia entre la desesperación y la solidaridad simbolizada en una peseta.
Una mirada de asombro y la memoria retrocedió. Se reconocieron.
Sus miradas me demostraban que la bondad aparece en cualquier lugar en donde la vida palpita día a día. A pesar de la existencia de aquellos otros que siembran el terror y cercenan nuestras libertades, nuestro derecho a vivir en paz.
Durante el trayecto papá, sentado en el primer asiento, fue contándole aventuras y desventuras de nuestra vida. Yo, con curiosidad de niña ya adolescente, observaba como se entrelazaban aquellas dos miradas. Miradas que me demostraban que la bondad aparece en cualquier lugar en donde la vida palpita día a día. A pesar de la existencia de aquellos otros que siembran el terror y cercenan nuestras libertades, nuestro derecho a vivir en paz.