La vi, agazapada, a la vera de la ventana. La luna se asomaba cauta entre las ramas del olivo y ella se fracturaba con el parpadeo de la luz que atravesaba los cristales. En su perfil se repetía la languidez de mis movimientos. Buscaba vida. Percibí la fragilidad de su presencia y sentí el repentino abandono de mi cuerpo. Mi esencia se fundió en su sosiego, la arropó. Y ya en mí, ella sintió los latidos del alma. Existió. Fuimos. Opacidad y luz. Penumbra y creación. Fui su forma hasta que la noche se hizo oscuridad cerrada. Silencio. Ella fue sustancia, hasta que vacía de mi, regresó a la horizontalidad donde descansan las sombras.
"Con la palabra se ve lo no visto, o incluso lo no visible"-
EMILIO LLEDÓ. El silencio de la escitura
viernes, 30 de diciembre de 2011
viernes, 16 de diciembre de 2011
CREACIÓN
Llueve. Su rostro se vislumbra tras ese claroscuro que van dejando las gotas al deslizarse sobre el cristal y en el que llegan a descubrirse.
Gotas inquietas, zigzagueantes, que se rozan, se agrandan, se multiplican, se expanden, saltan, se vuelven perlas sobre el limbo de las hojas o hilvanan su transparencia entre las asperezas de las ramas. Descienden. En ese espejismo sin asideros ella percibe el sigilo de la belleza. Su huella. Tan efímera en su esplendor como breve su existencia.
Las gotas ralentizan su descenso y acarician su sombra. Se entregan antes de su caída. Antes de explotar sobre el alféizar de su ventana. Antes de que con ellas muera también la palabra que las nombra.
Ella las ve caer. Oye el sonido que surge al estallar la forma, el que fragmenta el silencio. Siente la inquietud que precede a la creación. El alumbramiento. Cuando nace la palabra que atraviesa su alma y perpetúa la fugacidad de la gota. El desgarro del instante.
Fotografía: Javiera Miraglia
sábado, 19 de noviembre de 2011
TU NOCHE NO TIENE DUEÑO
Te vi venir calle abajo. La tenue luz de las farolas insinuaba tu presencia. La estrechez de tu falda y el vaivén de tus caderas poniendo ritmo a la cadencia de tus pasos te anunciaban. La noche se obstinaba en negarme el perfil de tu rostro pero te imaginaba. Eras tan desmedida en tu embestida que arrebatabas al aire sus caricias.
Yo te esperaba. De tu existencia presentía hasta tu aliento. Y tú, bondadosa hembra, me descubrías hambriento. Necesitándote. Tu olfato, tu fino olfato, percibía mi instinto como un lobo a su presa. Olías como nunca nadie mi hambre de madrugadas. Tu cuerpo cubría la luna que, celosa de nuestras noches, se asomaba por la ventana de mi madriguera empeñada en descubrirnos. Y allí sin nombrarte te nombraba. Y tu venías a mí, me ofrecías tu piel, te despojabas de todo lo que la envolvía y me untabas con ella desvestida de vergüenzas, con su olor, con el vaho de tu último gemido, con tus ojos cerrados reteniendo esa fugacidad de lo absoluto. Tu reloj no marcaba tiempos sino placeres. Tu desnudez era eterna en esa oscuridad que la protegía.
Y recorrí tu espalda sin promesas de nada, por que me enseñaste que una sola promesa acababa el instante y que sólo necesitaba llegar hasta el final de tu cuerpo para consumirme palpando sus secretos, para colmarnos de amor sin pronunciarlo. Porque era en el silencio, en el sacrificio del lenguaje que delata lo prohibido, donde se perpetuaba el epílogo de nuestras noches. Y tú te recogías en esa mudez que anunciaba otras noches en las que volvería a nombrarte mujer, sólo mujer, para poder amarte. En esa nocturnidad silente que eterniza a los amantes.
domingo, 13 de noviembre de 2011
SOLEDAD
Soledad
grieta del tiempo
desnudez del silencio
desatino,
fuga de asombro,
desconcierto,
tapia insuperable del hastío
amnesia de los sueños,
vacío
ceguera del destierro
desamparo, desgarro,
ausencia de latidos,
olvido.
viernes, 4 de noviembre de 2011
OLVIDO
Ella habita
en el mordaz aullido del no tiempo
en la impiedad de un espacio
de no muerte, de no vida;
no en el segundo último
que adormece el pensamiento
sino en la asfixia del espíritu
donde a la razón le reza el desatino.
Habita en un espacio ajeno
en un lugar enajenado
en el que la sitúa el desconcierto
en el vacío inconcluso
donde la finitud aún no es infinita
y la lucidez se enmaraña en la locura.
y la lucidez se enmaraña en la locura.
Ella, nunca más ella,
muta desde la horizontalidad
en la que los sueños se eternizan
y la vigilia huye del presente
hacia ese no lugar
donde sólo oye
un angustioso silencio de recuerdos.
martes, 25 de octubre de 2011
DESENCONTRÁNDONOS
![]() |
Ilustración: Mirna Ledesma |
El encuentro fue casual. Caminábamos en direcciones opuestas y de repente, después de mucho tiempo, estábamos frente a frente esforzándonos en identificarnos. Recelosos, con la duda o el temor, de equivocarnos.
Nos hubo pasado tantas veces esa ineludible sensación de confundirnos, de no reconocernos, de saber que ya no éramos; ese angustioso temor de descubrirnos cada mañana sabiendo que íbamos dejando de ser, y ese desgarro en el instante último en que fuimos conscientes de que tú ya no eras tú, y yo ya era otra.
Y ahora de pronto en esta casualidad que nos ha paralizado percibimos esta extraña sensación de dos cuerpos, el tuyo y el mío, con la tentación de acercarse; esta inexplicable atracción que nos brota desde muy adentro y hace que nos reconozcamos en este espacio de pasos detenidos, en este impulso sereno de volver a ser nosotros otra vez, inesperadamente, en este encuentro casual, anhelando que se concrete este titubeante intento de abrazarnos y que se entrecomille esta brevedad.
- Estás guapa -me dices con un hilo de voz tan frágil como nuestra propia historia.
-Me alegro de verte- contesto con temor de que el equívoco surja como antes.
Tiemblo. Tú también.
Ambos percibimos la confusión en la piel. Sólo en la piel.
Porque tú y yo, o uno más que el otro, o los dos con la misma intensidad hoy hemos sentido un pellizco en el alma. Por ese tiempo en que fuimos uno y uno sin esforzarnos por ser dos. Por ese tiempo perdido. Y porque a veces, irremediablemente, es demasiado tarde para sumar diferencias.
viernes, 21 de octubre de 2011
Él, sin comedia, auténtico.
Acto de la presentación de "TransAtlánticos"
Cuando empecé a imaginar este libro, mucho antes inclusive de que pudiera pedirle lo que en realidad necesitaba de él, uno de los autores invitados- y fue el primero, aunque no el único en interesarse por esa faceta concreta del proyecto- me preguntó cual iba a ser el criterio que usaría para seleccionar a los poetas. Reconozco que me sorprendió la pregunta, así que recurrí a una éspontánea boutade que jugaba con mi nombre de la manera en que siempre suelen hacerlo los demás.
"Dantesco", contesté muy ufano, y en el mismo momento de decirlo descubrí que no habría otro sistema u método para mí más fiable que el que finalmente usé para componer un libro, este, que nunca pretendió ser una antología regida por ciertos cánones estéticos predeterminados, sino una recopilación de autores argentinos que hayan vivido o vivan en la modernista, y por momentos también moderna, ciudad de Barcelona.
Un criterio arbitrario, sin duda, pero que además me ha permitido llevar adelante un proyecto que nace de la necesidad de juntar lo que estaba disperso, de dejar constancia de algunas presencias evidentes y de otras que parecen ocultas u olvidadas, y a las que une, más allá de escuelas, teorías o sistemas, un vínculo tan profundo e insoslayable como la lengua. Castellana, sí. Española, también. ¿A quién se le podía ocurrir negar semejante herencia?, aunque naturalmente mixturada, sazonada, enriquecida con los giros, el aliento, las imágenes, el aire inevitable de una tierra precisa.
Y además, uniéndose de forma ineludible al idioma común, una experiencia sin ninguna duda igual de trascendente: la inmigración o el exilio.
Como no soy crítico ni experto en poesía sino sólo un escritor más que se atreve y por momentos hasta disfruta con ella, he querido que estuvieran aquí todos los poetas que reunieran estas condiciones. Una idea tan bienintencionada como fantasiosa, ya que con toda seguridad, además de los pocos que han negado su inclusión, habrá muchos de los cuales ni siquiera conozco su existencia.
"Ten cuidado. No confecciones un listín interminable", me aconsejó un amigo editor.
"Algo parecido a eso es lo que en realidad quiero", le contesté sin pensármelo dos veces.
El resultado es este, con toda seguridad tan lleno de defectos como yo mismo. Pido disculpas por los irreparables, y dejo a otros que tal vez quieran tomar el testigo, la posibilidad de mejorar.
Y después de su discurso, entrecortado a veces por la emoción y otras por la sonrisa que provoca la satisfación de un proyecto tan largamente perseguido y finalmente conseguido, a todos los que apreciamos su generosidad sólo nos queda hacerle extensivo públicamente nuestro agradecimiento en nombre, principalmete, de la divulgación de la palabra .
Beatriz
Prólogo de María Kodama |
Prologar una antología de poesía es una tarea difícil, ya que sería injusto hablar de aquellos que conozco y no sobre cada uno de los elegidos.
Por ese motivo hablaré sobre lo que es la esencia del libro.
¿Qué es escibir un poema?
Para unos, desborde pasional, o frío intelecto, para otros suma de metáforas o de rimas huecas... la eterna discusión de fondo y de forma; para unos pocos la fascinante aventura interior, exigente, dura, maravillosamente lúcida hacia el equilibrio y la armonía.
Escribir un poema es como templar un violín, ahí están las cuerdas, que deben tener la exacta tensión para que el arco, tocándolas o rozándolas apenas, logre la maestría de la ejecución, harto menos ingrata que aquella que se lleva a cabo con la palabra. La palabra, de todos y de nadie, entregándose sólo por un instante a aquellos que unen espíritu y materia, voz e instrumento dedicados a encontrar el centro mismo del hecho poético, donde se confunden, donde se fusionan lo ético y lo estético.
viernes, 7 de octubre de 2011
EL VUELO DE MIS PALABRAS
Hoy un puñado de mis palabras se alejan de mí. Solas, adultas, eligen su destino. Vuelan, se esparcen. Quieren existir. Ser luz, mar, niño, héroe, amante, noche, distancia, esperanza, llanto, sonrisa, emoción ... Vida.
Hoy ya no me pertenecen. Huelen a tinta, a papel, a impresión. Hoy existen en las páginas de un libro. Se hacen visibles, se desnudan.
Están allí dentro y crecerán mientras haya alguien que imagine con ellas.
Están alli, para vosotros.
Beatriz Helbling-
Beatriz Helbling-
Presentación del libro "transAtlánticos". Poetas argentinos de/en Barcelona
El próximo 19 de octubre, a las 19 horas, en la sala Silvina Ocampo del Consulado
General de de la República Argentina en Barcelona (paseo de Gracia, 11) acogerá la
presentación del libro" transAtlánticos"- Poetas argentinos de/en Barcelona", una antología
que recoge textos de cincuenta poetas argentinos que viven o han vivido en Barcelona.
La presentación irá a cargo de Dante Bertini, responsable y director del proyecto,
y de Andrés Mangiarotti cónsul Argentino en Barcelona.
También contará con la presencia de algunos de los poetas que recopila la antología.
La idea, la recopilación y el diseño de transAtlánticos llevan la firma del socio del ACEC
Dante Bertini, ha sido editado por el Consulado General de la República Argentina
en Barcelona y María Kodama ha escrito su prólogo
miércoles, 28 de septiembre de 2011
CALLE DE AGUA
A Rochitas, la calle prometida
Mi calle es un charco enorme, un destiempo de azules diferentes donde navegan a la deriva mis ayeres, mi bata de colegiala, mis pinceles, mi postre de membrillo y mi poema inacabado. Donde vas tú y mi renuncia de ti, la sombra de mi sombra y la luz que encandiló perfiles de mi tiempo. Y tus caricias, a las que mi piel no se desacostumbra.
Huele a distancia esta calle, a sal que herrumbra recuerdos, a adioses imprevistos, a estaciones invertidas, a besos interrumpidos, a vuelos de golondrinas, a asfixias de identidades, a desnudez de pasados. A exilio.
.
Y aún y siempre y una vez y otra y nunca demasiado, sueño que braceo en esa calle de agua, que atravieso su horizontalidad sin vela, sin timón, hacia el sur, hacia la otra orilla, que regreso a la otra calle, a aquella de la que me deshabitaron. Y que la veo y ella reconoce mis pasos en su viejo empedrado. Todavía.
Ilustración: Mabel Linzoain- Villa María - Córdoba
martes, 20 de septiembre de 2011
ANTEPRETÉRITO
Su sombra apareció por el pasillo. Creí verlo caminando por un túnel en el que el sonido de sus pasos, me parecía, iban en dirección contraria. Se alejaba. Miré el reloj que colgaba de la pared y tuve la sensación de que las agujas giraban al revés, desandaban el tiempo. Todo retrocedía. Y me vi, como en un espejo, siendo otra, siendo la que había sido. La que hubiera querido ser. Siempre. Él estaba allí, yo lo veía frente a mí. Pensaba...
[ si te hubieras dado cuenta de que había empezado a no extrañar el beso que me dabas cada mañana cuando me marchaba al trabajo ni echaba de menos tu cara asomada en la ventana presintiendo mi regreso que me iba olvidando de tu mano acomodándome el mechón de pelo que caía sobre mi frente que ya no me detenía en tus olores ay tus olores sabes me resulta increíble el que no recuerde la fragancia de tu perfume mira que me gustaba olerte no sé si aún lo usas pero yo ya no lo percibo si hasta se me fue borrando el color de tus ojos la manera en que me mirabas el tacto de tus dedos recorriendo todos y cada uno de los poros de mi piel no quiero que te sientas culpable sé que tú no te dabas cuenta claro que no porque tus ojos se fueron programando para descubrir una mancha de grasa una cortina desplanchada el programa adecuado de la lavadora las arrugas de la sábana qué pena mira que me gustaba ver la cama deshecha y sentir el olor de una noche y el mantel con restos de miga con copas vacías con restos de nuestras cenas y tu ropa desparramada por el suelo y tu cuerpo relajado entregado y escucharte serena regalándonos tiempo pero no tú no te dabas cuenta y tu tiempo fue restando segundos a nuestras entregas a las caricias a los placeres a nuestro tiempo sí entiéndeme al que nos pertenecía porque nos lo habíamos prometido y tú lo fuiste convirtiendo en un reloj detenido en obligaciones y nos fuimos asfixiando en este destiempo de indiferencias de distancias sin embargo créeme por nuestros hijos te lo juro yo seguiré recordando toda mi vida a esa mujer a la que quise mucho a esa mujer que ya no reconozco y que ahora que la miro y y le confieso que por ella hoy no siento nada casi es un deber agradecérselo porque esta confesión que es dolorosa muy dolorosa me cuesta mucho menos decírselo a una mujer desconocida ]
... y me miraba a los ojos. Con una serena manera de hipnotizar mi confusión. Quise huir, abandonar todo lo que pudiera asomarme a su imagen y a la mía juntos, huir del ahora, del mañana, huir de los días venideros, huir del resto de mi vida, pero esa mirada suya me había paralizado y allí en esa inmovilidad se fue silenciando aquel eco de una voz que traspasaba el túnel por donde yo lo vi caminar con los pasos invertidos. En el espejo de la habitación se reflejaba el asombro en sus ojos y el antepréterito de un tiempo traspasando los cristales. También la imagen de la mujer que él quería.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
INCONMESURABLE BREVEDAD
Atardece. El cielo anuncia noche de luna llena y el flujo de la mar consigue que las olas lleguen hasta la arena con movimientos de minué, lentas, ceremoniosas. El viento mengua su fuerza. Lo siento, me acaricia. Las gaviotas relajan sus alas en vuelos descendentes; en la playa un perro deambula buscando las manos viajeras que a diario acariciaban su orfandad y un niño recoge los asombros que descienden por el hilo con el que remontó su cometa multicolor. En la distancia un velero se desdibuja. Sólo se advierte la verticalidad de los palos donde se repliegan las velas.
Se cierra una sombrilla. Él, torso desnudo y alma encogida, recoge su tenderete y envuelve la mercancía en una manta. La jornada acaba. Las carencias no. Ella ata sus rizos dorados con un pañuelo descolorido como sus rutinas. Muerde una manzana. Un gesto bíblico que la hace hermosa y distante. Se alejan como siempre, tomados de la mano. Empujando juntos el final de otro día. Sobre sus espaldas sombrilla y esperanza.
A lo lejos, imborrable, una línea infinita. Visible pero inalcanzable. El sol se pierde en ese espacio desmesurado. Lo disfraza de rojos y amarillos desorientando a la oscuridad que inexorable se aproxima. El viento avanza, traspasa su horizontalidad y se funde en su misterio.
La marea acaricia mis pies descalzos. Distrae mi regreso. Todo tiende a desvanecerse. A eternizarse en la fugacidad.
Joan Manuel Serrat
jueves, 1 de septiembre de 2011
CONFESIONES DE MI MALETA
La maleta abierta sobre la cama anuncia el regreso. Poco afecta a ordenarla, voy intercalando mis pertenencias sin orden de preferencia. Todo lo que allí llevo tiene el mismo valor. Suelo desechar en cada viaje aquello que no me haya dejado ni un pellizco en mis entrañas, o lo que es lo mismo, pero más correcto, que no me haya hecho latir con más fuerza el corazón.
Adentro ya están las sandalias playeras con restos aún entre sus finas tiras de diminutos granos de arena de la playa en la que quedaron las huellas de mis paseos solitarios. Ellas se obstinan en retrasar el final; los coloridos pañuelos que cubrieron el frío de mi espalda porque me faltaban sus abrazos; la falda blanca con la que solía vestirme de transparencias acaso para calmar la sed de mi piel; la pamela de rafia que solidaria protegía mi rostro de la bravura de un sol implacable y ocultó algunas lágrimas que, tímidamente, llegaron a deslizarse por mi mejilla. Por nada, o tal vez por un montón de cosas. O porque sí, porque necesitaba ese llanto.
Acomodo en un rincón los zapatos rojos de tacón. Los traje por si acaso, por si él llegaba y bailábamos el tango que otro verano hicimos nuestro. Julio Sosa y aquel “Qué falta que me hacés”. Pero mis pies no llegaron a calzarlos. Y yo, esperando, susurré uno de sus versos “...si vieras que ternura que tengo para darte...”.
También llevo, a buen resguardo, aquello que tan sólo habitará para siempre en mi mundo interior, mis instantes. Con cautela pongo un rayo de luna llena que iluminó una noche de insomnio. Imaginando; una libélula que, herida, se posó en mi hombro y allí se quedó regalándome el silencio de sus alas y el despertar de una palabra que se negaba a nacer; el color de los amaneceres que atravesaba la ventana y vestía mi cuerpo de día y utopías; el sonido de la risa de unos niños que desandaba mi tiempo y me trasladaba hasta el placer de mi inocencia; el aroma de este presente que disfrutaré aún cuando todo llegue a convertirse en un recuerdo y el pétalo de una flor que guardé entre las hojas del libro que leía cuando me llegó tu mensaje, el que deshizo la esperanza de un reencuentro.
Afuera sopla una brisa apenas tibia. Cierro la maleta. Mi cuerpo regresa a su punto de partida. También mis esperanzas, mis sueños y mis proyectos. Aquí se queda lo irrecuperable. Lo que no pudo ser. Lo que nunca será.
viernes, 15 de julio de 2011
INDEFENSA

"Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme".
(Génesis, 3,9)
Ha llegado despacio, en cautela, sutilmente. Juro que me había atrincherado tras los muros de lo invencible, que había preparado un brebaje que me ayudase a enfrentarlo. Si hasta oré ante la estampa de no recuerdo quién para ahuyentarlo. Que supuse que sólo era cuestión de fe. De coraje. De escudarse y vencerlo.
Pero nada ha servido.
Invisible, despojado de sombras que lo delatasen, ha llegado. Es un segmento vertical, filoso, hiriente, que traspasa la piel, que la penetra, que aletarga el cuerpo e implacable hace un nido de espinas en el alma.
Está aquí conmigo, dentro de mí. Y y yo indefensa. Me arrincona sin piedad y me atrapa. Ya estoy entre sus garras. Vilmente atrapada.
Ya no pienso. Ya no soy. Enmudezco.
Imagen: Google-
lunes, 27 de junio de 2011
PALABRAS GUARDADAS
Usaron siempre las palabras justas, las imprescindibles .
Disfrutaban dejándose acariciar por las primeras brisas. Caminaban por el valle, cogían nísperos frescos, bebían agua de la fuente, se querían. Se sentaban sobre la hierba y ella leía poemas. En voz alta recitaba palabras ajenas, sonidos que llegaban desde el alma del poeta y soñaban .
El la miraba y sonreía. Ella le devolvía la sonrisa.
Sus silencios eran tan prolongados que les eran suficiente apenas unos pocos gestos para admirarse, para entenderse. Habían aprendido a descubrirse, a sentirse, callados.
Al anochecer cuando llegaba el reposo, las palabras que habían silenciado, las que no necesitaron decirse, las escribían en unas hojas apergaminadas y las guardaban en una caja de madera con olor a pino, a esos pinos que rodeaban su casa, que olían a sus vidas.
Allí fue quedando la huella de sus días. El sigilo de su tiempo compartido.
Y cuando se fue aproximando esa oscuridad que necesita del sonido porque su sombra asusta, cuando presintieron que llegaba el silencio absoluto, abrieron la caja de madera con olor a pino y despertaron las palabras adormecidas, las que habían escrito. Ella las leyó con la misma emoción que había recitado aquellos versos cuando se sentaban en la hierba. Con la voz en alto. Y escucharon los sonidos guardados. Los suyos.
El la miró con la ternura de siempre y pronunció las palabras justas. Las mismas que ella alcanzó a decirle antes del adiós.
Imagen: Google
lunes, 20 de junio de 2011
INDIGNADOS
sábado, 11 de junio de 2011
HABLEMOS...MAÑANA,
Ven.
Acércate y hablemos. Hablemos de ti, de mí, de nuestro tiempo. Del otro tiempo. Aquel en el que nuestro gato se adormecía espiando sin pudor nuestras caricias
Hablemos de nuestros amaneceres, de mi postre de dulce de leche sobre la mesa con el mantel a cuadros, de tu lengua relamiendo las tostadas y de mis labios rozando la dulzura de los tuyos. Hablemos de Cortázar, de su Maga y de la ternura de sus palabras que se adormecían junto a ti sobre la almohada. De los versos de Lorca, de Cernuda, de Machado, que leíamos en en el jardín hasta que el sueño o el deseo de besarnos nos enmudecía
Hablemos de nuestros paseos, del puzzle de utopías, de las lluvias imprevistas y de nuestro único paraguas, sólo uno para dos almas aún húmedas. De la baldosa floja que siempre pisábamos y de mi falda embarrada. Y de tu risa.
De los zapatos negros que compraste con tu primer sueldo, los que te apretaban. Y de tu elegancia con aquel traje gris que estrenaste en ese nuestro primer aniversario.
Y del vals que bailamos. Y de tus pies descalzos en mitad de la noche. Y de mis risas
Hablemos de mi vestido azul que te gustaba por que dejaba translucir mis embestidas.
De mi barriga gestada y de tus dedos intentando descubrir la vida que se anunciaba,
Hablemos de lo que fuimos y lo que hicimos para que no se nos difumine.
Para recordarlo. Siempre .
Y luego... hablemos del ahora, de lo que no nos pasa, de lo que no sentimos y que no ha sido eterno como creíamos porque fuimos tan tontos que lo descuidamos y se ha ido despacio, tan despacio, que apenas si nos hemos dado cuenta.
Hablemos. Hagámoslo ya, antes de que se despierten nuestros niños, antes de que todo nos lastime, antes de que mis ojos y los tuyos se humedezcan.
Y, por favor, no digas más... mañana. Porque en cada anochecer se acrecienta la distancia y se nos anestesia la piel. Y las palabras enmudecen de tristeza. Y se despiertan nuestros niños. Y callamos.
miércoles, 25 de mayo de 2011
EL DESVELO DEL POETA
y en el aire perdidas,
déjame que me pierda entre palabras.
Déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma se pierde.
![]() |
¿Palabras ? Si, de aire
y en el aire perdidas,
déjame que me pierda entre palabras.
Déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma se pierde.
Octavio Paz
Anochecía. La luz que se filtraba a través de la cortina era suficiente para realzar su belleza. Para admirarla en esa quietud; en esa penumbra que la hacía aún mas hermosa. Ella sola. Nacida. Desnuda aún. Deshabitada.
[Hacía calor, pero él sintió frío. Ese frío que se cuela por los poros y avanza hasta contracturar el alma. El frío que precede al desaliento, al temor, a lo inesperado, a las dudas.
Se ahogaba. Abrió la ventana, encendió un cigarrillo y la vio... borrosa, difuminada, deshaciéndose. Yéndose de él. De sus manos. Perdida.
La noche se fue quedando huérfana de luna. Olía a perfumes en sosiego. A savia adormecida.
Se apoyó en el marco de la ventana, mudo. Tan huérfano como la noche. Con su ausencia.]
Se ahogaba. Abrió la ventana, encendió un cigarrillo y la vio... borrosa, difuminada, deshaciéndose. Yéndose de él. De sus manos. Perdida.
La noche se fue quedando huérfana de luna. Olía a perfumes en sosiego. A savia adormecida.
Se apoyó en el marco de la ventana, mudo. Tan huérfano como la noche. Con su ausencia.]
Encendió el candil.
La necesitaba. Y allí estaba, en reposo, esperándolo.
La necesitaba. Y allí estaba, en reposo, esperándolo.
Con su dedo índice él la recorrió para sentirla. Despacio. Trazo a trazo.
Y ella, iluminada, anidó en su mano para latir. Y ser sonido, asombro, vida. Verso.
lunes, 16 de mayo de 2011
ASOMÁNDOME A LOS SUEÑOS
jueves, 28 de abril de 2011
VAIVENES
Aquí estoy. En la orilla de otro mundo, encogida en esta playa, oyendo el eco de la soledad en una solidaria caracola, disfrazándome de alga para empaparme de mar.
Una ola parece reconocerme y se acerca. Es enorme. Coquetea con otras olas. Juega. Me roza y se aleja convertida en espuma. Imagino que es la misma que nos sorprendía y nos servía de excusa para enlazarnos, para apretar nuestros cuerpos.
En algo nos parecemos. Ella se deshace al golpear entre las rocas. Y yo me deshago al estrellarme en los recuerdos.
Como la ola, tú y yo, fuimos inmensos y nos agotamos antes de alcanzar el horizonte. Naufragamos. Fue en vano buscarnos. Nos habíamos consumido, como se consume la arena entre los dedos de la mano hasta desaparecer. Y la marea nos sorprendió en distancias inalcanzables. Tú en tu playa y yo en la mía.
Tan lejanas que nos invadió la ausencia y fue demasiado tarde para rescatar nuestros amaneceres, la humedad de tu sombra sobre la mía y el desliz de tus dedos en mi espalda buceando el infinito.
Tarde el fallido intento de detener el instante en que la ola se disolvía en partículas. La esperanza en desgarro.
Tan tarde para recuperarnos que me ha sorprendido la noche y sueño que otra ola se acerca y te regresa, que me descubres entre las algas, que volvemos a enlazarnos y reconozco el sabor a sal en tu boca.
Y que me convences que amanece.
Fotografía: Dassie Darko
viernes, 8 de abril de 2011
COMO LA VIDA MISMA...
Jugaban al parchís bajo la sombra de la higuera. A veces, Hugo, en un alarde de hombre intrépido trepaba el árbol y cortaba un puñado de higos que antes de entregárselos a Ana los enjuagaba en la fuente que adornaba el patio. Era verano y ellos adolescentes de sangre caliente. Doña Julia, la mamá, solía asomarse a la ventana de vez en cuando para observar ese inocente juego de impulsos incipientes. Ella, su niña, acomodaba su falda amplia sobre el césped y él cubría sus piernas, aún de pantalones cortos, con la chaqueta roja que siempre llevaba en sus hombros desde que vio a Troy Donahue en ” Más allá del amor”. Sólo le faltaba la Vespa, inaccesible para los bolsillos de sus padres, y un sueño por ahora imposible para sus arcas de estudiante.
Eran felices. Hugo aspiraba a ser recompensado desde siempre con un beso que no llegaba. Pero él, respetuoso, esperaba.
Raúl, el vecino de la casa nueva, el que acababa de estrenar la Vespa, observaba a Ana.
Ella se sabía guapa. Ojos azules, cabellos ensortijados color oro, boca de labios provocadores e insinuantes brotes en un cuerpo que anunciaban el despertar de su anatomía .
Él se sabía conquistador. Se notaba en sus gestos. En su mirada. En su dominio de las insinuaciones amatorias que encandilaban a Ana. En su manera elegante de caminar, en sus pasos firmes. No parecía desconocer las reglas para seducir a una mujer. Él dejaba entrever su experiencia. Persuadía.
Ana comenzó a aburrirse con el parchís y dejaron de gustarle los higos recién cortados y enjuagados.
Y una mañana viajó en la Vespa de Raúl. Una aventura. Un juego desconocido. Y él, hombre desbocado, hombre y cuerpo hambriento, venciendo las vergüenzas de Ana, desnudó su cuerpo en la hierba fresca, y ella cerró sus ojos, apretó sus puños, mordió sus labios y se tensaron sus músculos y … sintió el dolor de una partida tramposa. De un juego sucio.
Los días de Ana se volvieron grises y se fueron destiñendo los colores de aquel tablero de juegos inocentes en donde Hugo con paciencia le había enseñado las reglas para ganar pero nunca le advirtió de las trampas de la vida. Acaso porque las desconocía.
Nunca más volvió para ofrecerle higos frescos ni a pedirle el beso que ella también esperaba.
Mamá Julia se sigue asomando a la ventana. Aún cree distinguir, bajo la higuera, la sombra de su cuerpo. Tan sólo la sombra.
Eran felices. Hugo aspiraba a ser recompensado desde siempre con un beso que no llegaba. Pero él, respetuoso, esperaba.
Raúl, el vecino de la casa nueva, el que acababa de estrenar la Vespa, observaba a Ana.
Ella se sabía guapa. Ojos azules, cabellos ensortijados color oro, boca de labios provocadores e insinuantes brotes en un cuerpo que anunciaban el despertar de su anatomía .
Él se sabía conquistador. Se notaba en sus gestos. En su mirada. En su dominio de las insinuaciones amatorias que encandilaban a Ana. En su manera elegante de caminar, en sus pasos firmes. No parecía desconocer las reglas para seducir a una mujer. Él dejaba entrever su experiencia. Persuadía.
Ana comenzó a aburrirse con el parchís y dejaron de gustarle los higos recién cortados y enjuagados.
Y una mañana viajó en la Vespa de Raúl. Una aventura. Un juego desconocido. Y él, hombre desbocado, hombre y cuerpo hambriento, venciendo las vergüenzas de Ana, desnudó su cuerpo en la hierba fresca, y ella cerró sus ojos, apretó sus puños, mordió sus labios y se tensaron sus músculos y … sintió el dolor de una partida tramposa. De un juego sucio.
Los días de Ana se volvieron grises y se fueron destiñendo los colores de aquel tablero de juegos inocentes en donde Hugo con paciencia le había enseñado las reglas para ganar pero nunca le advirtió de las trampas de la vida. Acaso porque las desconocía.
Nunca más volvió para ofrecerle higos frescos ni a pedirle el beso que ella también esperaba.
Mamá Julia se sigue asomando a la ventana. Aún cree distinguir, bajo la higuera, la sombra de su cuerpo. Tan sólo la sombra.
martes, 8 de marzo de 2011
LA ETERNIDAD DEL SILENCIO
No era. No les era necesario detener el tiempo para reconocerse.
Les bastó un instante, la eternidad de un instante, para sentirse.
Una multitud de caricias adormecidas despertaron
y untaron sus cuerpos con savias nuevas
hasta embriagarlos.
Acaso porque la esencia del amor se arropa en silencios,
se engrandece sin sonidos, se hace verdad cuando el secreto lo protege,
ellos se dejaron querer en la ausencia del mundo,
regalando libertad a sus manos para explorarse, descubrirse, amarse.
Mirándose para perpetuarse.
No existió el pasado, ni el futuro.
No hubo un acaso..., ni un tal vez...
Ni calendarios
No necesitaron de la palabra, lo eran. Eran carne, gozo, cuerpos.
Libertad, deseo, serenidad y arrebato.
Creían en la perpetuidad de lo no visible. En la eternidad de la noche
Y que el tiempo es generoso y trasciende cuando es libre. Aunque sólo dure un instante.
Ella y él lo sabían. Siempre serían un momento, un vuelo de colibrí. La fugacidad de lo infinito
Lo oculto.
También es hermosa la sombra de la luna.
miércoles, 23 de febrero de 2011
ESQUELA
Su tiempo se había acunado en ese lugar donde la vida se diluye entre quimeras. Allí en donde la sinrazón desafía con astucia a la infelicidad, en donde se ignora que más allá del libre vuelo de las mariposas existen los hombres que encarcelan la razón y el pensamiento
No, ella no sabía aún nada acerca del desgarro ni de la desesperanza.
Sólo cuando esa oscuridad que la acorralaba le puso una escalera hacia la luz, porque el cielo se desnudaba de estrellas, descendió ansiosa por conocer qué era la vida.
Buscaba corazones para compartir latidos bajo las farolas y amor entre las piedras de las calles. Viajó con su mochila cargada de días inocentes y arrinconó el agotamiento de su asombro en una esquina acariciando las páginas húmedas y amarillentas de un libro que la bondad del viento regaló a su soledad. Y deletreó palabras que estremecieron su alma. Y supo del horror, de la injusticia, del dolor y de la muerte.
En aquel caos que empezaba a descubrir, en el ensordecedor sonido de la miseria humana, no alcanzó a oír el estampido que acalló su ilusión por conocer la cordura.
Algunos temieron, entonces, que ella empezara a pensar. A sentir.
martes, 8 de febrero de 2011
TIERRA
Regreso,
para acunar en tu horizonte esta piel sin orillas,
para saciar esta sed errante y ser sombra reconocible,
huella en tus caminos.
Ellos, que en otras noches eran guías de mis pasos,
vigilias de mis insomnios,
hoy me confunden en otro calendario.
Si acaso, al recorrerte, adviertes mi extravío
haz que tu luz sea mi brújula;
y que la brisa, al rozarme,
arrope mi destiempo con presentes
que enraícen mi desvarío.
Pero... si inevitablemente presientes que me alejo
sepulta para siempre esta añoranza en tus entrañas.
Porque, aunque te sienta mía,
este dolor de lunas partidas, esta llaga de puntos
/cardinales,
/cardinales,
han hecho de mi cuerpo una barca a la deriva
que, indefenso, naufraga en el exilio.
miércoles, 26 de enero de 2011
POSTALES
Miro, escucho, huelo, saboreo, palpo. Busco.
Te busco.
Me busco.
Me busco.
El grifo gotea.
Igual que antes cuando al anochecer oía tus pasos, por el pasillo, aproximándote
y me adormecían los sonidos reconocibles.
y me adormecían los sonidos reconocibles.
En el jardín, las violetas lloran su luto de viernes santo.
Las veo.
Las veo.
Allende los retamos lo vestían de amarillos intensos.
Un gato, que no aquél, lame su pata.
El otro no pudo esperar para acariciar mi mejilla.
El otro no pudo esperar para acariciar mi mejilla.
Se le hizo demasiado largo mi regreso. Como a ti.
La rama del jacarandá asoma en la ventana.
Roza el cristal de la cocina. Agrietado
El tiempo es implacable.
Hay una jarra de agua sobre la mesa. Es de vidrio incoloro.
Mis manos, las del ayer, retienen aún su color verde, transparente, como la vida en esos días. Pero acaso mi mirada haya desteñido los colores.
Huelo el caldo que bulle en los fogones. El vapor se expande y difumina las imágenes
Intento, en vano, que mi olfato reconozca el olor que alimentó mi niñez.
Caprichos del tiempo. De su inevitable empeño en envejecer lo que fue, lo que fui.
Mi cámara, la que llevo dentro, se obstina en retratar el ayer.
He de reemplazarla, me digo. En un intento vital de reconocerme.
Mi madre me oye y musita algo
Ella no me ha entendido. Lo sé.
Y yo...no puedo explicar lo inexplicable.
Te quiero- le digo
Ella me besa en la frente, como antes, como siempre.
No hemos cambiado.
Apago la cámara. Cierro los ojos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)